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Actas : Prosa Noviembre 5, 2020


El fin del tábano
Jorge Carrasco

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Modificar no es modificar un solo hecho; es anular
sus consecuencias, que tienden a ser infinitas.
J.L. Borges, La otra muerte.

Cuando salió del baño, secándose con la toalla los costados de su torso fofo, sopló el silbato. El Negro Cipriano abrió la puerta y asomó la cabeza. Le pidió un vaso de coñac. Lo trajo en una bandeja de plata que dejó sobre la mesa de luz y salió. Se vistió sin apuro, sopesando en su mente las consecuencias de sus actos. Se sentía mentalmente amplio, liberado del sudor y de la roña de su tiempo. Limpio de corazón y ebrio de grandeza. Así se sintió siempre, incluso cuando hombreaba bolsas de trigo en el puerto de Buenos Aires o caía derrotado en las guerras civiles de su pequeño país. Un adelantado, alguien que vivía un paso más allá del triste y mediocre presente de su tiempo.
Sabía eso. Era un intuitivo. Aquí, en medio del desierto deshabitado, comenzará la liberación o la tragedia argentina del siglo veinte. Así lo sentía. Las grandes decisiones nacen en el vacío anterior a la duda. Y en la lejanía: espacial y espiritual. Por eso había citado allí a ese puñado de ugolinos ajenos y distantes. La palabra es su arma. No: el eco de la palabra. El suceso multiplicado infinitamente por la estridencia del verbo.
El Negro Cipriano le dijo que los invitados ya departían en el salón. Que esperen, pensó, creído de que había pronunciado esas palabras, quizás porque pensaba que una palabra no dicha se oxida como un arma en la inocencia de su funda. El Negro Cipriano aún se mantenía delante de él esperando una respuesta. Debió hacerle un gesto con la mano para que se retirara.
Se tendió de espaldas en la cama, tomó un sorbo de coñac y aspiró el humo del habano. Expulsó el humo y siguió su recorrido. ¿Qué sería del éxito sin esos minúsculos momentos de plenitud? Se sentía cansado luego de trotar una hora en la cancha de paleta y ahora agradecía ese cansancio. Cerró los ojos. El bullicio de las aves exóticas le llegaba claro, relajante, en esas soledades lamidas por el río Negro, mientras el gobierno del país se venía abajo. Su hija, la única, la esperada, merodeaba por ahí, entre los tamariscos, cerca de la laguna. Por ella (tenía los ojos almendrados) la estancia se llamaba La China. Esas tierras no valían nada. Se las había comprado a López Cabanillas a un precio irrisorio, que a su vez las había recibido de Rodolfo Freyre a un precio más irrisorio aún. Al final del cambalache, el estruendo impune de los fusiles de Julio Argentino Roca.
Se puso de pie en la penumbra y miró por el ventanal la vastedad del desierto. Tierras de conquista, pensó. Oscurecidas por el sucio acto de la apropiación venal. Dos leones de mayólica custodiaban la entrada de su hacienda y en las paredes de la casona el friso reproducía imágenes de La Divina Comedia. Cerca de allí, en la margen sur del río, un grupo de casitas de adobe, con techo a dos aguas o palo a pique, se arracimaba en torno a una escuela. Nacía un pueblo. Creyó probable que, en un futuro imparcial y épico, con él ya muerto, los descendientes de esos hombres rústicos le dieran al caserío su nombre. Aún creía en la gratitud de la gente.
Se acercaba el otoño en la Patagonia. Los álamos perdían sus hojas en la limpieza de la tarde y algunas iban a dar al techo de la glorieta flotante en medio de la laguna. Al día siguiente debía volver a Buenos Aires a retomar el ajetreo del periódico más influyente de la Argentina. Ahora era mejor olvidar. Liberación. Tragedia. ¿Es que puede haber liberación sin tragedia?
Comparó el silencio abismal con el bullicio de las rotativas. Pensó que el silencio y el ruido tenían un latido común. En su periódico, el escándalo de los titulares copiaba el caos del universo. Como el crimen y el origen de la vida. Se sentía tranquilo, pero no en paz. La paz pertenece a los mediocres.
Lo esperaban. Ya sentía el hastío de la reunión. Extrañaba echarse un partido de póker con los empleados del diario. O hacer una de esas diabluras imperiales (así las llamaba él): tirar unos billetes a la rebatiña para ver a los redactores de rodillas ante la mirada azorada de un intelectual. Pensó en una cita de Shaw: el dinero no es nada; pero mucho dinero, eso ya es otra cosa. Sonrió satisfecho, con algo de desafío.
Despreciaba no menos al vulgo que a la aristocracia. No otra era su misión: civilizarlos. Quizás era un resabio de su paso por el seminario de los jesuitas, en Uruguay, en esos tiempos revueltos en que su madre lo quiso hacer cura. Llegaban extranjeros de todo el mundo y había que meterles la cultura rioplatense. Él también era un extranjero y tenía que enseñarles a los argentinos la argentinidad. El chauvinismo de un ciudadano del mundo.
Liberación. Tragedia. Quizás todo, ante la mirada de una deidad socarrona, no era más que una estúpida parodia. Eran tiempos de acción, pero la acción nunca llega inmaculada. Ya vendrían las reflexiones. En las páginas de su diario la acción se rebajaba con el pensamiento, como el pecado se rebaja con una dosis de generosidad. Crímenes de alcantarilla y George Bernard Shaw.
El populacho alborotado pedía respuestas y el gobierno no las daba. Adivinar en la masa su capricho y hacerlo realidad. En medio, él, el ciudadano de su tiempo: el líder. Quisieron un gobierno radical y él les dio un gobierno radical. Ahora exigían la salida del Peludo y él se ponía al frente. Así de simple. ¿Qué consecuencias anidaban detrás de ese acto? No lo sabía. No le importaba saber. Fue el único en unir la neurastenia del vulgo y el canguelo de la oligarquía. Por eso estaban allí, en el salón del sótano, a la espera de su veredicto. Como el vulgo romano, en el coliseo, ávido de sangre delante de su emperador.
Sopló el silbato. Se ponía el saco de cashimire inglés cuando el Negro Cipriano asomó su cabeza.
_ ¿Están todos los invitados, Cipriano?
_ Sí, señor, todos.
_ ¿También Hipólito? ¿Se hará cargo de sus culpas?
El mulato sonrió con sus ojitos maliciosos. Le tenía un cariño especial al Negro Cipriano. Con él se fugó a los quince años para unirse a las tropas de Aparicio Saravia. Nunca más se separaron. Ahora era su guardaespaldas.
_ Eso sólo lo sabe usted, señor.
_ Podés irte.
_ Permiso, señor.
Enfrente, sobre unos estantes de madera inglesa, se alineaban libros de Horacio y de Víctor Hugo. Su madre le enseñó el inglés, el francés y el latín.
Oderint dum metuan, pensó cuando se quedó solo. Oderint dum metuan.
_ Que me odien, pero que me teman – tradujo oralmente, sonriendo.
Salió de la habitación. Caminó por un corredor amplio. Se asomó a una de las ventanas y observó otra vez la laguna con la glorieta y luego la vastedad del desierto detrás del verde trasplantado. Adornaban las paredes cuadros, máscaras orientales y lanzas con moharras doradas. En un rincón dormitaba una mesa de ajedrez de taracea, redonda y muy pintoresca. En ella pensaba reeditar algún día el duelo mundial de Alekhine versus Capablanca.
Bajó al sótano por una escalera de mármol. Minutos después de sentarse, dijo a los agobiados concurrentes:
_ Bienvenidos. Argentina los convoca.
Una mentira, claro. Su personalidad, tan amplia y disímil como la nación misma, los reunía. Sentados en sillas forradas en cuero de búfalo - con los respaldos luciendo la N y la B bordadas en oro - había cerca de treinta hombres. Terratenientes, obispos y militares se aglomeraban allí, en torno a una monumental mesa ovalada de estilo isabelino. Antenora, pensó. Y se imaginó, con horror, que la enorme mesa era un gran pedazo de hielo, del que emergían, desnudos, los torsos de los traidores a la patria, dándose tarascones unos contra otros, como en el noveno círculo de la Divina Comedia.
Dos cocineros empezaron de inmediato a servir raciones de faisán y vinos exóticos traídos de lejanas geografías. Comieron y bebieron hasta hartarse. Unas horas después él, el maldito Tábano de la opinión pública, les repartió puros con sus iniciales, importados de La Habana. El humo y la cordial camaradería se apoderaron del salón.
Ya amanecía cuando, en un tono solemne, jugando con la expectativa pusilánime de los visitantes, pidió silencio.
_ El pueblo les dio la espalda en las elecciones parlamentarias – agregó como quien, con el fusil montado y el dedo en el gatillo, está a punto de dar el tiro de gracia a un traidor - . Ya no les queda apoyo popular. Están divididos. Es nuestra oportunidad de actuar.
Los concurrentes aceptaron con alivio la decisión y aplaudieron. Menos uno – un hombre delgado, barbudo, de rostro alargado e inexpresivo, que había estado toda la noche observando a los comensales sin abrir la boca.
_ ¡Viva la Argentina! – gritaron.
El hombre barbudo se paró y sacó un revólver. En un acto destinado a anular el golpe de Estado del seis de septiembre y gran parte de la historia política argentina del siglo XX, descargó dos tiros sobre el pecho de Natalio Botana.
_ ¡Evviva l’anarchia¡ - exclamó sin mirar al resto de los asistentes, antes de ser ultimado por el Negro Cipriano.

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