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Actas : Prosa Julio 5, 2018


Ercilla y el gato de Martín Fierro
Jorge Carrasco

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Cuando manejo en la ruta, veo siempre la escena espantosa de perros o gatos aplastados por las ruedas de los vehículos. Mientras conduzco, la imagen del cuerpo de un perro atropellado aturde mi conciencia. El golpe es más duro cuando los veo vivos, flacos, desorientados, experimentando el espanto del sufrimiento sin esperanza, antes de su muerte inminente. ¿Qué puedo hacer por ellos? ¿Los subo a mi automóvil y me los llevo a casa? En casa tengo cuatro perros y dos gatas que alguna vez fueron callejeros. Aun así – me digo -, sé que puedo y sobre todo debo hacer algo por ellos.

El abandono de animales es una de las peores cobardías. Mi pregunta siempre fue: ¿cómo puede existir gente que transgreda o desobedezca de la manera más vil los códigos del afecto más desinteresado? ¿Podemos permitir tamaña crueldad? ¿Tenemos derecho de ejercer tamaña crueldad? Me formulé estas preguntas desde pequeño, cuando veía a mi padre matar animales para alimentarnos, y me las hago ahora, décadas después, impulsado quizás por esa memoria.

La tradición judeo-cristiana-islámica sustenta durante siglos nuestro relativismo moral. La zoantropía, la ausencia de deber hacia los seres no humanos, es una de las barbaridades de occidente, según Schopenhauer. Su origen lo ve en el judaísmo. Me resultaría penoso respirar en un país que vive bajo el precepto religioso de que los perros son seres impuros. Mis perros no son mascotas (ese término horrible que asocio inconscientemente con marioneta apenas lo escucho): son compañeros de ruta. Me paso más tiempo con ellos que con cualquier ser humano. Cuidado con creernos divinos, cuidado con tomar al pie de la letra esta especie de celestial título de propiedad burgués, sin admitir nuestra responsabilidad de habitante en este mundo compartido:

Génesis 1:28-29

28: y los bendijo con estas palabras:
«Sean fructíferos y multiplíquense;
llenen la tierra y sométanla;
dominen a los peces del mar y a las aves del cielo,
y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo».
29: También les dijo: «Yo les doy de la tierra
todas las plantas que producen semilla
y todos los árboles que dan fruto con semilla;
todo esto les servirá de alimento”.

Esta indiferencia, esta separación tajante del mundo cultural y salvaje domesticado – al modo de Sarmiento - lo pude constatar en mi casa. Nuestro hogar, muy modesto y humilde, se dividía en lo que se vivía en el interior de las paredes de madera recubiertas de hollín y lo que ocurría en el patio. En el patio vivían cerdos, gallinas, patos, gansos o cualquier animal que nos sirviera de alimento. La vida humana y la vida animal en un plano de significación y de valores opuestos. Todo nuestro aparato cultural dirigido a cuidarnos, a extender nuestras vidas lo máximo en el tiempo, y, por contrapartida, toda esta parafernalia dirigida a desvalorizar la vida de los animales, ignorar su sufrimiento, cosificarlos para usarlos en nuestro beneficio y no hacerlos sujetos de nuestro remordimiento.

Una estrofa del canto VII de La Araucana, que relata la huida de los españoles del fuerte de Penco, me detuvo un instante:

Ya por el monte arriba caminaban,
volviendo atrás los rostros afligidos
a las casas y tierras que dejaban,
oyendo de gallinas mil graznidos;
los gatos con voz hórrida maullaban,
perros daban tristísimos aullidos:
Progne con la turbada Filomena
mostraban en sus cantos grave pena.

El hablante, en estas líneas, se conduele de ese obligado abandono, ordenado por el gobernador Francisco de Villagra ante un inminente ataque devastador de los araucanos. Incluir en la acción esta imagen trágica da cuenta de un sentimiento de compasión. El soldado Alonso de Ercilla se despoja de su virilidad de hombre de armas en plena etapa de descubrimiento, conquista y colonización y deja entrar en su canto al poeta conmovido, tocado por el dolor de otros seres. Este vate renacentista me mostró, en esos versos tristísimos, esa permanente relación afectiva entre animales y humanos rota por el abandono.

Cuando Martín Fierro vuelve a su hogar, tras los tres años de estadía forzada en el fortín, encuentra su rancho destruido, su familia ausente (su mujer se fue con un “gavilán” y sus hijos con destino desconocido), pero también llamaron mi atención estos versos del canto VI:

Solo se oiban los aullidos
De un gato que se salvó,
El pobre se guareció
Cerca, en una viscachera —
Venía como si supiera
Que estaba de güelta yo.

¿Por qué el hablante desvía su visión de la acción y la posa en un pobre gato abandonado que tras tres años de ausencia aún espera a su dueño y le demuestra fidelidad? Hay allí compasión, dolor por la fractura de ese mundo en que animales y humanos vivían en comunidad. Nos quiere dar a entender que el poder arbitrario de la autoridad socava también sentimientos, destruye el mundo emotivo del gaucho y de los desheredados, y es un reflejo del contexto histórico en el que el poder estatal impone un modelo social, económico y cultural que excluye ese entramado de relaciones primitivas propias del atraso.

Imagino la escena actual de alguien que detiene su auto (o a veces ni siquiera lo detiene), a un costado de una autopista, abre la puerta y empuja a su mascota a vivir el suplicio aterrador del abandono. ¿Volverá su mirada culpable, como lo hizo el poeta cuando relataba la huida de los españoles de Concepción? Sabemos también que si algún día vuelve al lugar y su mascota sobrevive al abandono, esa mascota aún lo estará esperando, sin resentimientos, como el gato de Martín Fierro en momentos en que su antiguo dueño jura venganza ante la mentira y la indiferencia de la autoridad.

Ya Jenófanes de Colofón, hace 2500 años, nos advirtió del peligro del antroporfismo, de la voluntad humana de hacer a los dioses parecidos a los hombres: "Si los bueyes, caballos y leones tuvieran manos y supieran dibujar y hacer lo propio de los hombres, los caballos plasmarían sus divinidades en forma de caballos y los bueyes en forma de bueyes". Abandonar esta supremacía irracional e irresponsable es un mandato moral de nuestro tiempo. El filósofo estadounidense Tom Regan, en “The Case for Animal Rights” (1983), afirma que todos los seres tienen “valor intrínseco”(inherent value) y que por lo mismo son poseedores de derechos morales. Más allá de toda postura religiosa, esta posición es el principio del nuevo camino. Despojados de divinidad, adelante.



Jorge Carrasco

Escritor de la diáspora chilena (Carahue, 1964). Desde 1985 reside en la provincia de Río Negro, Patagonia Argentina. Es profesor de lengua y literatura y ejerce su profesión en colegios secundarios de la provincia. Tiene publicados los poemarios Permanencia de aves y La huella, su andar, y mantiene inéditas las novelas El nido de la lluvia y Sombras en el agua, así como el libro de cuentos Último carbón de invierno. En poesía espera edición el libro Primera última palabra. En Argentina ha obtenido premios regionales y nacionales. Además, publica con regularidad en diarios del interior del país artículos relacionados con la vida y la obra de Pablo Neruda.




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