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Actas : Prosa Mayo 5, 2018


La india yagana
Gabriela Etcheverry

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Camino por la orilla del mar del Estrecho de Magallanes y mientras me arreglo el capuchón que me protege del frío siento el calorcito de la ternura en el corazón: le importo lo suficiente a alguien, a mi marido en este caso, como para que haya insistido en que trajera el abrigo. Esos vientos magallánicos... y a mi cabeza asoma la imagen en blanco y negro de un atractivo aventurero canadiense de unos dieciocho años trabajando en la Patagonia, caballo y bombacha de gaucho. El viento me empuja a pesar mío y dejo que la mente divague por su cuenta trayendo y llevándose imágenes —los primeros navegantes que cruzaron el Estrecho y tocaron arenas similares a las que aplastan mis botas. ¿Cómo los habrán recibido los habitantes del lugar? Le prometí a Sophie un texto para lo del homenaje 2018 del Registro Creativo a las mujeres indígenas asesinadas o desaparecidas. Ni comienzo ni fin parece tener el llamado camino de las lágrimas en Canadá y la urgencia de los familiares se hace cada vez más apremiante a medida que se van diluyendo las esperanzas de encontrarlas vivas. La misma trayectoria y el mismo reguero de lágrimas encuentro en mi búsqueda en el polo opuesto. La niña-mujer enmudecida que describe Chatwin... “The girl sat against the white wall, suckling her baby, devouring visitors with mica-shining eyes” (In Patagonia, p. 70) me hace pensar en la india yagana a la que le sigo el rastro, con la diferencia que el bebé que amamanta es mi padre... No se escucha hablar a ninguna de las pocas mujeres indígenas que aparecen en el libro. A la desaparición del habla le siguió la desaparición de la tribu y por último la de toda la raza. “Not an Indian in sight. Sometimes you see a hawkish profile that seems to be a Tehuelche, i.e., old Patagonian, but the colonizers did a very thorough job...” (p. xix).
Es difícil creerle a un padre que te defrauda en todo. Por eso no le prestamos mucha atención a su historia de la india yagana que lo tomó a su cargo en Punta Arenas después de la invalidez de la madre. Perdió ese pasado (madre biológica y adoptiva) a los cinco años cuando los padres salesianos lo llevaron al seminario para “educarlo”. Hilvanando retazos rescatables, me doy cuenta de que a su manera él buscó toda la vida a esa mujer que le salvó la vida y me consta que su búsqueda se volvió obsesión al final de sus días. A su esposa (mi madre) le dio por sobrenombre Guacolda, india mapuche; a su amante la llamaba Ñusta, la virgen del sol del imperio incaico. Más de la mitad de las máscaras que hizo como escultor eran de indias y en todas ellas había algún rasgo de los yaganes. Y es en el museo de los salesianos donde encontré huellas de lo que él no podría haber encontrado porque de los yaganes, hombres o mujeres, no quedan más que maquetas de cartón y la historia de lo que los colonizadores pagaban por una o por las dos orejas, por un seno, por un testículo, al mismo tiempo que quemaban bosques despejando tierras para la cría de ovejas. Me informan además que los descendientes de la familia que se adueñó de todas las tierras de Punta Arenas no quieren ver que su nombre siga ligado al exterminio de los primeros habitantes y están pechando por hacerlos desaparecer hasta de los museos.


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