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Actas : Prosa Enero 8, 2017


Los herederos II-El consorcio de Dios
Jorge Etcheverry

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Los luctuosos sucesos afortunadamente habían pasado a segunda plana. Una reacomodación de facciones en uno de los países rectores del medio oriente, con las consiguientes masacres y atentados suicidas ocupaba el lugar preferencial tanto en las noticias como en las preocupaciones de los centros de poder. El público en general no sabe la cantidad de medios que se alistan entre bastidores, la cantidad de atención, de horas hombre, de recursos económicos, humanos y materiales. Ni siquiera yo estoy segura de las ramificaciones que esto va a tener aquí mismo, entre nosotros, en las oficinas públicas e instalaciones privadas de todos los departamentos de alguna manera involucrados, indirectamente de nosotros mismos. Pero la doctora Alvarado trataba de que estos pensamiento, mejor ocurrencias no se dejaran ver en expresión, en el cambio de su paso que se hacía más rápido cuando estaba preocupada por algo, pensando en algo. Salió de su oficina y caminó por el pasillo, de un suave gris y cuyo piso amortiguaba sus cortos pasos livianos de mujer chica. La calle estaba gris, lluviosa, un tenue olor a desinfectantes, a procesamiento de desechos que se filtraba desde las plantas subterráneas, no tan agudo como el de las cloacas parisinas de hace unos años, que se dejaba notar cuando uno pasaba cerca de las tapas de concreto redondas en los bulevares soleados y frecuentados por los innumerables tours venidos de todo el mundo, custodiados por esos hombres jóvenes, algunos de ellos, que trataban de no hacerse notar pero siempre identificables para el ojo atento y quizás experimentado, que a veces parecían casi hermanos, pero en general había más bien una vaga familiaridad, cuando ella, como una turista de mediana edad, flaca y chica mantenía la mirada fija inventariando el comportamiento, el aspecto de esos clones, ese ojo experimentado que era ella, la doctora Alvarado, ahora indispensable para las altas esferas no mencionables, por su capacidad experta en clones y por su rumoreada influencia sobre éstos, cuya indeterminable pero real organización clandestina había quedado de manifiesto hace un tiempo. Iba saliendo por esa puerta poco llamativa para el transeúnte cuando sus oídos parecieron taparse y se sintió suspendida en el aire y después nada.
“Parece que está volviendo. El pulso se le está normalizando”, el más joven se quedó esperando la respuesta del otro, más viejo y sin mascarilla ni delantal, de terno gris y gafas oscuras. No negras, pero lo suficientemente oscuras como para que el observador inquisitivo no pudiera ver la expresión de los ojos, un par de vagas oquedades más oscuras en el rostro cetrino y anguloso, de pómulos salientes y edad indescifrable. Pero el hombre más viejo le estaba indicando que saliera, que lo esperara en el pasillo, en un ademán sorprendentemente ágil para su cuerpo rechoncho, de un hombre maduro de los que uno ve todos los días, a toda hora. La doctora Alvarado mantuvo los ojos entrecerrados para fingir que todavía no estaba volviendo. Pero se sentía como que se estuviera deslizando por un tobogán, o montada sobre un caballo en un carrusel que girara a toda velocidad pero manteniéndose inmóvil. Sentía ganas de vomitar que le subían implacablemente desde la boca del estómago a la garganta. Pero trató de mantener su cara impávida, pese a las contracciones que le aparecían al borde los labios cuando estaba nerviosa. El hombre la examinó unos instantes. Luego de unos segundos se sentó, dándole la espalda, con un suspiro de resignación, en una silla metálica que daba a una ventana cubierta con una rejilla, por la que trataba de ver el gris paisaje de techos y muros, resignándose a una espera que—quizás—suponía larga.
El atentado—o autoatentado como lo calificaban ya a algunas horas las redes virtuales antisistema o prootro sistema, o sistemas, más recónditos y amenazantes que las primeras, que como arañas se refugian en las teorías conspirativas. Las técnicas de reconstrucción tisular no estaban cubiertas por los seguros de salud fiscales pero facultativos y laboratoristas, clínicas privadas a que 1+1 se había acercado por interpósito solo estaban muy felices de poder contribuir más o menos fuera de la mirada pública a la pronta rehabilitación de la doctora Alvarado, por el prestigio científico de nombre o su posición en una trama o encrucijada institucional más conjetura que real, pero para muchos, incluso cercanos a las ruedecillas de los mecanismos del poder, ominosa en su poder potencial aunque a veces muy concreto

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