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Actas : Prosa Septiembre 14, 2016


Brown Inlet Park Ottawa-Conversa con café-La escritura de Mari
Jorge Etcheverry Arcaya

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Brown Inlet Park Ottawa

Las fotos no son ni buenas ni malas: comunes, lo que está bastante bien es lo que se ve del prado, el laguito o laguna y después las casas, su parte trasera, que da al lago, con sus terrazas, bastante más amplias que como se ven sus fachadas que dan a la calle, que bordea esa laguna, pero a varios metros más arriba—no soy muy bueno para las descripciones, ni en este medio ni en el visual. Lo que he hecho respecto a esto último es más bien desarrollar un estilo que me permite obviar mis dificultades. Estoy muy viejo para aprender técnicas de dibujo o pintura. Es obvio que ambas fotos corresponden al mismo paisaje, desde perspectivas relativamente diferentes, y la luz no es la misma. Pero puedo afirmar—ya que yo mismo tomé las fotos, aunque esta afirmación esté lejos de ser una perogrullada, como se verá después.
He dicho “desde perspectivas relativamente diferentes”—pero esto se expresa desde la asunción de que lo que cambia es el objeto, en este caso ese paisaje, y el sujeto, el fotógrafo que toma la foto, sigue tal cual. Pero hay que imaginarse si también cambiara el sujeto de esta acción. Entonces yo ya no estaría en la misma parte, no sería el mismo Creo que esto pasa en algunas circunstancias, frente a algunos paisajes—en este caso se trata de paisajes tomados con cámara, no pinturas—las coordenadas totales, el contexto y el ámbito en que yo estoy como observador también cambia. Y pareciera que eso es lo que ha pasado en este caso.


Conversa con café

El poeta desaparece de repente no solo de los conciliábulos de café, donde todavía algunos se juntan a hurtadillas para conversar y discutir de persona a persona en medio de las caras inmovilizadas en las pantallas, que cierran un círculo de ojos encandilados o fijos en ese espacio a la postre inexistente creado por otros similares a ellos—hombres al fin—que alimentan al mundo virtual de imágenes y discursos repetitivos y sanamente, sabiamente circulares—perdiendo así la imagen y el referente del mundo real—así llamado
Que es uno de los tema de conversación entre ellos cuando se juntan, junto a muchos otros que sería una lata enumerar
Además de la distracción proporcionada por esos rostros y cuerpos—digamos en general femeninos—que también se centran en sus pantallas, pero que debían un poco su atención—también a hurtadillas—para verificar con el ángulo del ojo que ellas también forman parte del espectáculo
En un mundo en que todos los Servicios de Inteligencia desdeñan estos conciliábulos para centrar su atención en ese orbe derivado que de alguna manera pronosticó Chardin (no nos olvidemos de la noósfera)
Han llegado a la conclusión de que cualquier discurso tiene precedentes, gemelos y descendencia y que todo en general forma parte de ese consenso que se instituye
Y que quizás oculte otra cosa distinta y multiforme que acecha
Sobre la cual no nos explayaremos porque no sabemos qué es.


La escritura de Mari

Mari yacía en el centro de la montaña que es el centro de lo que existe arriba, abajo alrededor, esa montaña era su morada desde siempre desde que existe eso que existe cuando cerramos los ojos, cuando los abrimos
Mari dormía en el centro de esa montaña que es el centro de eso que se viste de negro cada noche y se cubre de luz blanca o amarilla todas las mañanas. Pero el sueño de Mari era y es más vigilia que la que asoma en la mente y los ojos de nosotros, sus creaturas, cuando estamos despiertos, que la vela de las sorguiñas sus acólitas y damas cuya mente se enciende después de bailar frente a las montañas en que Mari habita, que son todas la montaña en que duerme Mari, la de los sorguines, que son sus congéneres, parejas y siervos. Pero Mari no siempre duerme y sueña. A veces despierta y vuela y su vigilia es un sueño más profundo que el sueño de la muerte y su vuelo es pesado como la tierra oscura y húmeda a penas seca donde brotan los bosques que son la falda y la túnica de Mari que sueña en su montaña que son todas las montañas y su sueño somos nosotros sus creaturas. El sueño de Mari lo velan sorguiñas y sorguines que ayudan a Mari a hilar y sostener el tejido de lo que existe y sus tres capas, la del vellón fino y claro sobre nuestras cabezas, la del vello oscuro y denso sobre el que caminamos y el cabello delgado que se teje y desteje en los senderos que son nuestra vida desde que brotamos desde el vientre de nuestras madres hasta que desaparecemos en el vientre de la tierra oscura por la que caminamos
Mari velaba en el seno de esa montaña que cambia de lugar y que es todas las montañas. El color de su vestimenta es el color de lo que brota de la tierra. El color de su cabello que peina incesante es el de la luz que fecunda y hace brotar todo lo verde desde la humedad. A su diestra discurre su progénito Atagorri el bueno, envuelto también en luz y a su siniestra bulle Mikelatz el malo, engendro de sombras, ambos hijos, ambos amados y albergados y criados en su seno por igual como la noche y el día se suceden sobre los mismos campos, al invierno sigue el verano y a la vida la muerte en la vida de los hombres


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