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Actas : Prosa Abril 18, 2016


El portaaviones
Jorge Carrascco

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Para Miriam

Estaba en Santiago de paso cuando ocurrió el golpe de Estado. Mi cédula de identidad estaba vencida, así que fui a tramitar una nueva. Con mi cédula de identidad renovada y mi bolso de lona colgado en bandolera, me fui a Valparaíso y de allí a Isla Negra. Quería ver a Pablo Neruda antes de pasar por mi pueblo y volver a Argentina. No me quería morir sin conocer al poeta. Matilde, su mujer, me atendió detrás del portón de entrada.
_ ¿Qué quiere? – dijo. Tenía el rostro estragado, los ojos enrojecidos y grandes ojeras.
_ Quiero ver a don Pablo – dije yo.
_ ¿No sabe que está enfermo? – dijo ella.
_ Soy un poeta del sur – expliqué -. De Carahue. Un pueblo que conoce don Pablo. Ahora vivo en Argentina.
_ Váyase – ordenó ella -. Pablo no puede ver a nadie. Necesita descansar.
Yo me rasqué el cuello. No supe qué decirle.
Matilde miró al cielo. ¿Cuántos le habrán dicho algo parecido? Una ráfaga de aire removió su pelo. Dobló su muñeca izquierda y vio la hora.
_ Falta poco para el toque de queda – dijo en tono de reproche -. Será mejor que pase. Los milicos se lo pueden llevar detenido.
Cerró el portoncito y después me dio la espalda. Caminamos por un sendero de grava y piedra de río. Nos siguió una perra pequeña. Panda, le llamó Matilde. Entramos al cuarto de estar. Allí pude ver los nombres de los amigos de Neruda, todos muertos, escritos con letra nerviosa en las vigas del cielo raso. También vi una serie de objetos sobre estantes de madera: veleros de diversos tamaños, botellas multicolores, mascarones de proa colgando de las paredes. La chimenea estaba encendida. Yo me senté en un sillón, delante de una mesita ratona con forma de timón. Olía a madera quemada.
_ Espere aquí – dijo ella -. Veré si está durmiendo. Si no lo está, le preguntaré si quiere su visita. ¿Cómo se llama?
_ Cares – le dije -. Rigoberto Cares. No creo que me conozca. Dígale que nací en Carahue. Eso le será más familiar.
Yo me quedé mirando las colecciones de botellas y caracolas sobre los estantes de madera. Matilde se perdió por un pasillo y volvió minutos después.
_ Está durmiendo – dijo.
_ Sólo lo quiero ver – insistí.
_ Bueno, venga – dijo fastidiada - . Pero no lo moleste. Déjelo dormir tranquilo. ¿Me lo promete?
_ Claro – dije yo.
Me llevó por un pasillo oscuro. En las paredes colgaban máscaras, insectarios y partes de armaduras. Salimos al patio y subimos por una escalera externa. Matilde abrió una puerta y me hizo pasar. Pablo Neruda yacía en la cama. Dormía de espaldas, con las manos entrecruzadas sobre la barriga.
_ Siéntese aquí – susurró Matilde -. Si se aburre, vea este libro de la Segunda Guerra Mundial. Tiene lindas ilustraciones. Se lo trajo un profesor de Historia Naval. Es mexicano, pero da clases en Estados Unidos.
Me senté. Antes de irse Matilde recordó algo.
_ Escuche – me dijo -. Ni una palabra sobre el golpe militar. Le puede hacer mal. ¿Me entiende?
_ No se preocupe – dije yo.
Matilde salió y cerró la puerta.
La habitación del poeta no era muy grande. Tenía, eso sí, un enorme ventanal que daba al mar. Allí se escuchaba claramente el machaque de las olas sobre la playa y contra las rocas. El poeta dormía en el centro de una cama grande, de respaldo metálico, cubierto con una colcha mapuche, flanqueado por dos mesitas de luz. En una de ellas había una lámpara artesanal, de pantalla anaranjada. En la otra mesita, un cuaderno con una lapicera entre sus hojas. Pensé que eran los últimos poemas que había escrito y tuve ganas de abrirlo.
Examiné su rostro. Bajo su cabeza calva y ovalada se estiraban sus cejas formando una perfecta curva, su nariz aguileña y su cuello oculto detrás de su doble papada. Sus ojos, extrañamente risueños, se esforzaban en desmentir la mueca de decepción que expresaban sus labios. Puse atención en su respiración; no se oía. Aunque no soy creyente, di gracias a Dios por estar allí.
Pegué un salto cuando se movió en la cama y comenzó a gritar:
_ ¡Los están fusilando! ¡Los están fusilando!
Estiró el brazo para sacarse las frazadas de encima. Yo me puse de pie. Dejé caer mis manos sobre sus hombros y lo contuve. Respiraba agitado.
_ ¡Los están fusilando! ¡Los están fusilando! – repetía.
_ ¿A quiénes, don Pablo? – pregunté.
Él abrió los ojos. Me miró un instante. Forcejeó un momento más, resoplando. Luego se relajó y volvió el rostro hacia la pared para seguir en su letargo.
Matilde llegó de inmediato. Puso una palma sobre su frente. Neruda abrió los ojos. Pero no volvió a hablar. Yo me senté.
_ Está ardiendo – dijo sin mirarme -. Desde que se enteró del golpe militar no deja de decir lo mismo.
Matilde se sentó en el borde de la cama y se mantuvo unos minutos a su lado. Le pasó una y otra vez la mano por la frente. Con la punta del pañuelo le secó las comisuras de la boca y el sudor de las mejillas y de los pliegues de la papada. Después le cogió una mano y se la sobó con ternura. Sus ojos se humedecieron.
Yo sentí que sobraba. Pensé que ya era tiempo de irme. Se lo dije a Matilde. Ella me miró y luego desvió la mirada hacia su reloj.
_ Usted ya no se puede ir – dijo poniéndose de pie, antes de salir de la habitación -. Comenzó el toque de queda. Tendrá que pasar la noche aquí. Ahora llamaré al médico.

2

Cuarenta minutos después Neruda abrió los ojos. Miró las paredes de la habitación. Reparó en mí. Aún estábamos solos.
_ ¿Quién es usted? – preguntó.
Le dije mi nombre. No significó nada para su rostro. Cuando le informé que era de Carahue, levantó las cejas y recitó:
_ Se perdieron aquellos días
y en el fondo de mi memoria
llueve la lluvia de Carahue.
_ Poema Itinerarios - dije yo -. Libro: Estravagario.
El poeta sonrió. Miró hacia el cielo raso. Parecía esperar algo, quizás la lluvia de Carahue sobre el techo. Me gustó no haberlo defraudado.
_ ¿Qué hace acá, joven? – preguntó -. Tiene un acento extraño.
_ Vine a renovar mi documento – dije yo -. Vivo en Argentina y necesito el documento para radicarme. Me di un tiempo para conocerlo.
_ Estoy enfermo – dijo Neruda -. No va a pasar un momento agradable aquí.
_ No es molestia – dije -. El que se tiene que disculpar soy yo.
Entonces me acordé del libro que había comprado en una librería de Santiago. Lo saqué de mi bolso. Las uvas y el viento. Le pedí que me lo autografiara. Antes de firmarlo, lo hojeó y se fijó en la calidad de la impresión. No dijo nada. Escribió: Para mi amigo de Carahue, antes del fin.
_ Gracias, don Pablo – dije mientras recibía el libro autografiado y lo guardaba en el bolso.
El poeta levantó los párpados, en un gesto que me pareció de fastidio. Hizo un movimiento con una de sus manos. Me pidió que me acercara. Adelanté mi torso.
_ Necesito una radio – dijo en voz baja -. Quiero saber qué pasa. Matilde se llevó la radio y el televisor. Las radios de Mendoza están informando en onda corta. Mi amigo el presidente está muerto. No sé qué ha pasado con mis otros camaradas. ¿No tiene un aparato en su bolso?
_ No – dije -. No acostumbro llevar radio portátil.
El poeta hizo un gesto de decepción.
_ Pero usted sabrá lo que está pasando – dijo -. Están torturando y matando a mis amigos. ¿Qué se dice por ahí?
_ Lo lamento, don Pablo – dije -. No sé más de lo que sabe usted.
_ Usted no puede saber lo que sé yo – repuso Neruda ofuscado.
_ Tiene razón – dije yo -. Tiene toda la razón.
Hizo un gesto para que alejara mi cabeza de su lado y se acomodó en medio de la cama. Después, para evadirse del silencio molesto que siguió al diálogo, quiso que le corriera las cortinas del ventanal. Aún había claridad en el exterior. Abrió las frazadas y se levantó lanzando un leve quejido. «Ayúdeme», dijo. Apoyado en mi hombro, arrastró los pies y se puso junto a la ventana. Estaba débil y tembloroso. Me pidió que la abriera. Deseando que no apareciera Matilde, le obedecí. Mientras la brisa marina le desordenaba los cabellos, señaló con su índice el mar.
_ Es hermoso – dijo -. Es un gran portaaviones, el mejor de todos.
Yo no veía nada. Pero comprendí.
_ Sí, es enorme – concedí -. Es grande y bonito.
_ Es el Akagi – confirmó él sonriendo -. Allí está el almirante Nagumo, el héroe de Pearl Harbor. ¿Lo puede ver?
_ Sí – dije yo -. Lo veo clarito. Está observando la lejanía con sus binoculares. El barco está lleno de aviones.
Asintió sonriendo. Se quedó un momento en silencio mirando la inmensidad del océano. Su piel brillaba de sudor. Recuerdo que pensé: Como Chéjov, antes de morir también en su delirio veía marinos japoneses. Su rostro se torció en una mueca de dolor.
_ Será mejor que se acueste, don Pablo.
Aceptó. Puso su mano en mi hombro y caminó hacia la cama.
_ Me siento como Tomonaga – dijo mientras se tumbaba en la cama -. Voy en mi torpedero. ¿Sabe quién fue Joichi Tomonaga?
_ No – dije. No me gustó no saberlo.
Acomodé la almohada debajo de su cuello. Él dobló la sábana sobre la colcha artesanal y se tapó hasta el pecho. Aguardó un momento, como recuperando energía. En su rostro se notaba el esfuerzo por ser razonable en su delirio.
_ Joichi Tomonaga – explicó -. Un aviador japonés. Salió en misión del Akagi con su avión roto. Perdía combustible. Debía atacar a un portaaviones norteamericano. No quiso quedarse, aunque sabía que no iba a tener combustible para volver. Murió cuando torpedeó al Georgetown.
Yo no supe qué decir. Neruda no desviaba la mirada del ventanal. Recordé que en uno de sus libros hablaba de ataúdes a vela. Deseé que en ese momento no los estuviera viendo. Cerró los ojos y comenzó a dormitar.
_ Está todo ahí – dijo minutos después apuntando con su mano el libro grande de tapa dura.
Mi mirada siguió la indicación. Arriba de una cómoda pequeña había dos libros. Los tomé y leí sus títulos. Influencia del poder naval en la historia, de Alfred Thayer Mahan, y Decadencia de la supremacía naval japonesa, de Ramiro Cepeda.
_ El de tapa azul – dijo y señaló el libro de Ramiro Cepeda -. La lucha por el control del océano Pacífico en la Segunda Guerra Mundial. La armada yanqui y la armada imperial. El comandante Nagumo contra el comandante Fletcher.
_ Claro – dije yo, desorientado y paternal a la vez.
_ Lea para que no se aburra – dijo él.
_ Prefiero leer sus versos – dije yo.
_ No me avergüence, joven – dijo él -. ¿Acaso no sabe que ningún poeta puede tolerar la lectura de sus versos en su presencia? Para nosotros, los poetas, cada verso que escribimos es un ser imperfecto, un delito mal ejecutado. Cuando alguien lee nuestros poemas queremos estar a mil kilómetros de distancia.
Yo lancé una carcajada corta, inadecuada, estúpida. Neruda tragó saliva. Pestañeó unos minutos y cerró los ojos.
Afuera el sol se estaba escondiendo. Me paré. Al percatarme de que Neruda seguía durmiendo tomé el cuaderno que estaba sobre la mesa de luz. Comencé a leerlo. No, no eran poemas. Eran sus Memorias. Leí la última parte. Se refería a la muerte del presidente Allende.
Temblando, dejé el cuaderno en la mesita de luz.
Matilde llegó poco después. Me trajo un café y dos sándwiches de palta y cecina. Avergonzado, apuré unas palabras de agradecimiento. Se llevó el cuaderno de las Memorias.
_ Hágame un favor – dijo en voz baja -. Tengo que tramitar un salvoconducto en la comisaría de El Quisco. Mañana lo tenemos que llevar a una clínica de la capital. Cuídemelo.
_ No se preocupe – dije yo -. Es un honor para mí.
Me quedé sentado una o dos horas más junto al poeta. Durmió un sueño intranquilo, quebrado a veces por un «¡Los están fusilando!, ¡los están fusilando!». Yo me comí los sándwiches y me tomé el café. En ningún momento quise encender la luz.
Dos o tres horas después llegó Matilde. Me dijo que me fuera a descansar. Ella lo cuidaría de noche. Me destinó a la habitación de las visitas, ubicada en un altillo del fondo de la casa. Antes de irme le pedí el libro de la Segunda Guerra para leerlo en la cama. No se haga problema, llévelo, dijo. Me fui a la habitación. Recuerdo que esa noche, escuchando el estruendo del mar, tumbado en la cama, no pude dormir. Me pasé leyendo el libro del profesor mexicano que daba clases en Estados Unidos. Me concentré en la batalla de Midway, la que había mencionado el poeta, y sólo entonces comencé a descifrar el mensaje que, en su desvarío, me quería comunicar.

3

Me levanté de la cama cuando aún era de noche. Fui al patio, crucé unos arcos de piedra, seguido de Panda, y me acerqué al campanario de maderos atravesados pensando en el poeta y en la batalla de Midway. Me estiré y toqué la cuerda de una campana. Sonó levemente. Después me senté en un pedazo de roca y encendí un cigarrillo. La niebla envolvía la casa y tocaba los bordes espumosos del mar.
Al amanecer, temblando de frío, advertí movimientos en el interior de la casa. Volví a la habitación de las visitas. Fui al baño. Luego preparé mis cosas para irme al sur y volver a Argentina a través del paso Pino Hachado. A las ocho se levantaba el toque de queda. Tomé el libro de tapa dura y me interné en la habitación del poeta. Aún se encontraba tendido en la cama. Dejé el libro encima de la silla que había ocupado la tarde anterior. El poeta estaba despierto.
_ Acá está el libro – dije y le tomé una de sus manos. Estaba fría. Se la solté.
_ ¿Leyó algo? – preguntó Neruda -. ¿Supo lo que le pasó al portaaviones del comandante Nagumo?
_ Sí – respondí.
En efecto, el Akagi, portaaviones del comandante Nagumo, cargaba una flota de aviones para atacar el atolón de Midway. Los aviones japoneses salieron durante la noche para sorprender a las defensas norteamericanas de la isla y los portaaviones del comandante Fletcher. Pero el comandante Fletecher estaba al tanto de todo y les tendió una trampa. Los aviones norteamericanos contraatacaron y hundieron el Akagi, que se había quedado sin defensa aérea, y tres portaaviones más. Luego vino una imagen que me quedó grabada para siempre. Comenzaron a llegar los aviones para aterrizar en el Akagi, pero no había pista, no estaba el portaaviones. Y el combustible que tenían no les permitía llegar a tierra firme. Al no poder aterrizar, los pilotos daban vueltas y vueltas como una perinola y cuando ya no les quedaba combustible caían al mar. Eso fue lo que sucedió.
_ Me siento como el Akagi – dijo Neruda-. ¿Me entiende?
_ Claro – dije yo ahora, pero la verdad no entendía muy bien adónde quería llegar.
_ Mis versos encendieron los corazones de miles de hombres – dijo en un arranque de lucidez -. Despertó en ellos el afán de justicia, la solidaridad entre los hombres. Pero el presidente está muerto. Y yo también me voy a morir. Los dejamos solos. Otros tendrán que terminar la batalla.
_ No diga eso, don Pablo. Usted no se va a morir.
_ No hay nada que hacer – replicó Neruda -. El cáncer avanza. Ahora ellos, mis camaradas, están esperando una respuesta. Buscan a quien los guíe. Los veo revolotear como aviones desesperados sobre mi cabeza. Pero yo ya me estoy hundiendo. Ellos también se lanzarán al vacío. No hay nada que hacer.
_ No diga eso, don Pablo – dije yo -. El portaaviones son sus versos. A ese lugar volveremos siempre.
Neruda no me respondió. Cerró los ojos un momento y los abrió. Para darle ánimo, yo agregué:
_ ¿Se acuerda de Lindbergh?
El poeta levantó su ceja izquierda. Asintió.
_ Cruzó el Atlántico en su monoplano llevando un alicates y una llave ajustable. No le tuvo miedo al vacío y la distancia. Usted ya cruzó el océano varias veces, don Pablo. Con sus versos.
Neruda sonrió.
_ Yo no soy Lindbergh – dijo mirando el cielo raso -. Ahora soy Joichi Tomonaga. Ya no tengo combustible para volver.
En ese momento apareció Matilde. La acompañaban una enfermera y el chofer particular de la casa. Retiraron las frazadas del cuerpo del poeta y lo vistieron. Después me pidieron que ayudara a conducirlo hasta la ambulancia que esperaba afuera. Neruda caminó apoyado en mi hombro y en un brazo de Matilde. Antes de subirlo al vehículo, Panda, su perra, se acercó a lamerle las manos. Neruda le acarició la cabeza. Después Matilde entró a la casa y volvió con una frazada en sus manos.
Con mi bolso cruzado sobre la espalda, me asomé a la parte trasera de la ambulancia. El cuerpo de Neruda yacía tendido en una camilla.
_ Ha sido un gusto conocerlo, don Pablo.
_ El gusto ha sido mío – dijo el poeta -. Ojalá nos volvamos a ver. Su visita ha despertado en mí viejos recuerdos. Ahora, gracias a usted, me siento menos solo.
Le di la mano y me despedí. Caminé por el sendero de arena hasta la salida. Afuera había un Fiat 125 blanco con su motor en marcha.
Matilde volvió y se subió a la ambulancia, al lado del poeta. El chofer de la ambulancia hizo andar el motor. Matilde se despidió de mí y cerró la puerta. Cuídese, me dijo. Después vi cómo se alejaban la ambulancia y el taxi entre las últimas manchas de niebla.
Cuando los vehículos desaparecieron, me acordé del toque de queda y del golpe de Estado. Caminé hasta una hostería cercana. Ocupé una mesa del fondo, junto al ventanal, escuchando una marcha militar que tocaba una radio vieja sobre el mostrador. Miré hacia todos lados. No había nadie.
Una mujer gorda, despeinada bajó el volumen de la radio y se acercó arrastrando unas ojotas:
_ ¿Qué se va a servir?
_ Una cazuela de mariscos. Tráigame también una jarra de vino.
_ No es hora de almorzar – dijo la mujer.
_ Me gusta almorzar temprano – dije yo.
Mientras esperaba la comida, saqué el libro de Neruda. Lo abrí, leí la dedicatoria y puse una palma de mi mano sobre las páginas abiertas. Recordé las palabras del poeta: Otros tendrán que terminar la batalla. No, ya no cruzaré otra vez la cordillera, me dije. Aunque el amor que tuve se cansó de esperarme y mis amigos no están y mis parientes me ven como un extraño, volveré a Carahue. El poeta Ovidio, en su destierro en Tomos, país de los getas, pidió en vano al emperador Augusto que lo perdonara o lo destinara a un lugar más cercano a Roma. El confín del mundo o el otro lado de la cordillera es lo mismo. Todos los exilios son iguales.
Antes de leer un poema, miré la extensión marina. Dos gaviotas revoloteaban a lo lejos, sobre las aguas. Parecían diminutos aeroplanos en medio de la niebla buscando un lugar donde aterrizar.

*****

Jorge Carrasco vive en Villa Regina, nació en Carahue, Chile, en 1964 y en 1985 tuvo que emigrar a Argentina por la profunda crisis económica que desató el proceso del dictador Pinochet. Es profesor de Lengua y Literatura en el CEM 70 y el CET 18 y tiene publicados tres libros de poemas (Permanencia de aves, La huella, su andar y Mar muerto). En narrativa publicó una novela (Sombras en el agua) y mantiene inéditas otras dos (El nido de la lluvia y Los piojos de Rimbaud); en cuento, editó dos libros (Maldito lunes y Último carbón de invierno). En su haber, Carrasco cuenta con varios premios literarios.

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