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Actas : Prosa Abril 10, 2016


Los cuervos
Gabriela Etcheverry

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Hay hombres que dicen que las mujeres no piensan con la cabeza sino con el sexo. Un amigo mío incluso había desarrollado una extensa teoría al respecto que él llamaba “el pensamiento de concha”. En mi caso, siempre he tenido la cabeza conectada a las piernas, lo que no es lo mismo que meditar mientras se camina como hacen otras personas. Cuando mis piernas no podían mostrarme una ruta con claridad o se fastidiaban de mi ceguera o tozudez de tomar senderos errados me tiraban de bruces al suelo. Por eso las tengo llenas de cicatrices y costrones; siempre fiel a sí misma proclama cada marca su historia. De niña, mis piernas corrían para darme placer cuando las cosas iban bien y para librarme cuando iban mal. En la adolescencia fueron los anhelos insatisfechos que me quemaban el alma y el cuerpo los que las hicieron correr, incluso volar en arranques de euforia o para sacudirme del agobio que pugnaba por hundirme. Y cuando se cansaron de correr me enseñaron a caminar. Así recorrí los campos de la madurez, a veces enmarañados, otras floridos. Dejé atrás a mi primer novio porque se quejaba de que siempre andaba un paso adelante de él y, claro, cómo le iba a explicar que la decisión la habían tomado mis piernas. Fueron ellas las que me enseñaron las glorias del amor abriéndose de par en par a la pasión del amado o aprisionando con fuerza la calidez de su cuerpo.

Hace unos años me tocó desarmar la casa, el hogar que me había tomado décadas alhajar. Volaban platos, tazas y cucharas, colchones, cuadros y escritorios, todo al mejor postor o a quién eligieran mis deseos. La biblioteca especializada de mi esposo la ofrecí a la calle desierta. En el mundo de hoy, de páginas incorpóreas, a nadie más que a él le habría interesado. Dejé mi casa vacía sin mirar atrás y me eché a caminar, confiada en que mis piernas me irían mostrando paisajes de una nueva libertad. Vi el misterio de las pampas argentinas de que me habían hablado cuentos y novelas, vi el potente y henchido brazo del Paraná arrastrando ramas que la tormenta en otras tierras había separado de sus raíces. ¿Cómo habrán quedado esos árboles lejanos después de haber perdido sus brazos? Pensando que quizá ellos mismos habrían sido arrancados del suelo sin que la corriente los llevara a conocer otros parajes, agradecí esa peculiar manera que tienen de comunicarse en susurros. Más que un hombre, en los últimos años mi amado se había convertido en la acacia frondosa de la plaza San Martín de la que se prendaron mis ojos. Percibía su copa liviana y fresca por encima de mi cabeza y el cálido vibrar de sus ramas cerca de mi cuerpo. No, no todo estaba perdido, donde hubiera árboles mi corazón estaría a salvo.

Convencida de que las circunstancias habían ganado, mis piernas me trajeron a esta residencia de personas mayores. A decir verdad, la lista de posibilidades era bastante corta y por las fotos que había visto tuve la certeza de que aquí pasaría mis últimos días. Que la habitación fuera chica o grande, fea o bonita me daba lo mismo, lo único que me importaba era una ventana con vista a esos pinos y arces que se elevaban justo a este lado del edificio. No fue fácil. Cuando ya estaba a punto de rogar, me acordé que casi siempre es el dinero, no los ruegos, el que lleva la voz cantante y sonante y al final obtuve lo que quería. Los retratos encima del escritorio y esos pocos libros fueron lo único que traje. No quise contaminar los mejores años de mi vida acarreando hasta aquí las bellezas de espacios perdidos.

Salía a caminar a diario por los alrededores para no perder la costumbre y, al principio, como una forma de mantenerme aparte, que se supiera que esa no era realmente mi vida, como si a alguien le hubiera importado. Todavía me quedaba la vana ilusión de que yo no era como ellos. Poco a poco aprendí a diferenciar entre lo que a simple vista me había parecido un atado de viejos que vivían al compás de las horas de comida, principalmente la cena, entre ansiosos y aliviados de ver concluida al menos una espera, la más inmediata. Había de todo y no era fácil abrirse camino a través de las primeras impresiones. Me parecía que los que estaban mejor de salud entraban al comedor echando miradas furtivas al asiento vacío del ocupante de ayer, saboreando la ambigua y secreta victoria de no haber sido ellos los que habían dejado ese puesto vacante. Los más afectados por dolencias físicas o mentales se mostraban asustados o tímidos y no quitaban los ojos del plato durante toda la cena. Yo acarreaba un libro conmigo, por si tuviera que esconderme, fingir interés en una trama archiconocida, pero no siempre era posible. Así me fui enterando que las debilidades del espíritu eran pocas comparadas con las fortalezas medidas en valentía, bondad y compasión. Había robles añosos que gustosos se hubieran convertido en la leña de un último fuego. Me afectaba la silenciosa frustración de los que todavía sentían fluir en su cuerpo savia joven que algún desperfecto impedía que llegara a sustentar sus ramas. Salvo unos pocos residentes que se mantenían aparte de todo, la mayoría encaminaban sus pasos a la sala de estar donde a media tarde ofrecían jugo y galletitas. La primera vez que fui me crucé con miradas expectantes. No era que objetaran mi presencia sino el haber usurpado el sitio de uno de los “antiguos”, un hombre siempre vestido de terno y corbata que daba la impresión de estar listo para irse a trabajar a su oficina. Hojeaba revistas y periódicos de negocios con la inquietud marcada en la cara. Día tras día en el mismo asiento, un par de mujeres tejiendo, un par de hombres jugando interminables partidas de damas mientras otros seguían el juego de cerca sin ningún atisbo de querer participar; otros permanecían sentados, casi inmóviles, al parecer perdidos en sus pensamientos. Aprendí a respetar tanto las ilusiones de los que habían sido traídos por familiares agobiados por el peso de los cuidados, aduciendo un arreglo temporal, como los esfuerzos de los que se aferraban a su vida anterior chapoteando a tientas en busca de cualquier objeto que pudieran rescatar del naufragio. Amistades no faltaban, incluso se habían formado nuevas parejas donde al menos uno de ellos no tenía memoria de su vida anterior. A una mujer que vivía pegada a la puerta de calle la dejé salir un día fingiendo que no sabía que se perdía. Una mañana al aire, perdida o encontrada, con el sol sobre su cabeza y los ruidos de la calle en sus oídos, era mil veces mejor que ese diario apegarse a una puerta cerrada.

Ese era mi mundo visible. El otro, y para mí el verdadero, empezaba en ese sendero que se ve desde aquí, con árboles raleados que se van haciendo más tupidos hasta formar un minúsculo bosquecillo. Era ahí donde mis piernas me llevaban a la vida. A veces los árboles cercanos se llenaban de cuervos. Escuchaba sus graznidos desde la habitación y me fascinaba mirar cómo iban llegando. Casi siempre los primeros venían de a dos, a saltitos o volando tramos cortos a ras del suelo. Se posaban un instante en el árbol, desaparecían y volvían a juntarse con otros recién llegados hasta que todo el árbol se poblaba de graznidos. Se me encogió el corazón cuando descubrí la relación (real o imaginada) entre su presencia y el asiento vacío en el comedor, pero al poco tiempo me acostumbré a verlos como parte de la vida y de los árboles. Rara vez duraban más de un día esas aglomeraciones inusitadas. Sentada en un banco leía un poco de la revista o el libro que había llevado conmigo, pero eran los susurros de los árboles, el movimiento de sus ramas cuando los tocaba el viento o una ligera brisa lo que me entretenía. Seguía los cambios de apariencia, de aroma y de color con las estaciones del año. Mis piernas corrían en círculo junto con las hojas que el viento arremolinaba en el otoño. Escogía las más hermosas y las ponía a secar en mis libros. Se me iluminaba el rostro de alegría al ver los primeros brotes de primavera que se abrirían en hojas nuevas. En el verano me embriagaban los juegos del sol a través de las hojas. Volvía a mi habitación con las mejillas coloridas y el espíritu calmo y agradecido.

El domingo pasado nos pidieron que nos quedáramos después de la cena, que la gerencia tenía que darnos información importante. Junto con dirigirnos la palabra hicieron circular una fotografía a colores, plastificada. Con alusiones veladas nos dieron a entender la conveniencia de eliminar la posible amenaza que significaba ese bosquecillo, donde jóvenes drogadictos desesperados de dinero podrían esconderse para atacar a ancianos débiles e indefensos como nosotros. ¿No era mejor reemplazar esos árboles ominosos por un edificio lujoso? Y apuntaron a la foto en un azul cielo. Los que quisiéramos podríamos postular a una unidad más grande y, por supuesto, nueva y hermosa.

Los sueños siempre han sido los mejores aliados de mis piernas, mostrándome el camino a seguir incluso en mis peores impases, siempre y cuando acierte a recordarlos. Esa noche pasé de uno a otro y desperté cansada, con las manos vacías tratando de asir los rostros de personas amadas que ya no estaban conmigo y que estaba segura me habían visitado durante la noche. Desayuné en la habitación y me fui temprano a mi lugar preferido. Sentí el susurrar de las ramas moviéndose con la brisa, vi el tornasol cambiante de las hojas, sentí con mayor fuerza que nunca el respirar de la tierra en fragancias que venían de profundas raíces. Después me puse a leer decidida a regresar temprano para no perder el almuerzo. Miré la hora, doblé mi chaleco al brazo y me paré con las cosas en la mano pero no pude dar ni un solo paso. Mi pierna izquierda se negó a cooperar con la derecha y me mandó un ramalazo de dolor que me sacudió hasta la cabeza. Me senté de nuevo y después de varios intentos logré caminar, al principio con pasos inseguros. Ya en la tarde todo volvió a la normalidad y el incidente pasó a segundo plano, pero al día siguiente y por cinco días consecutivos se volvió a repetir con ligeras variaciones. Decidida a no darle importancia seguí con mi rutina de paseos diarios hasta hoy cuando la pierna derecha, sin duda confabulada con la izquierda, me impidió llegar a la ducha. Me bastó un par de horas de reflexión en el silencio de mi habitación para entender y aceptar el mensaje. Me invadió una calma que me había eludido la semana entera y fue entonces cuando tomé el teléfono y te llamé. Mis piernas querían que me fuera antes que mis árboles y deseaban hacerme entender que habría sido imposible privar a los cuervos de su encuentro. Lo único que te pido es que no se te ocurra llamar al cura, que el cielo me tiene sin cuidado. ¿De qué me sirve un cuerpo joven inmaterial que no me deje sentir el calor del cuerpo de mi hombre?, ¿de qué me sirven unas piernas que no sientan la irresistible tentación de volar, correr y abrirse contentas al deseo del amado?

*****

Gabriela Etcheverry es escritora, traductora literaria y promotora cultural, doctorada en literatura. Dirige la revista literaria electrónica Qantati. En 2007 publicó su novela Latitudes en español y en 2011 en francés. Añañuca apareció en 2010 y las versiones francés-español e italiano-español, en formato electrónico en 2011. El árbol del pan y otros cuentos salió en 2011 y al año siguiente Antares publicó esta colección en inglés y francés. Uno de sus cuentos ganó el primer premio en el concurso nacional Nuestra Palabra 2008 (Toronto). Cofundadora de Qantati Junior, editorial dedicada a obras para niños y de la Red Cultural Hispánica.

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