El 15 de julio de 1972, Dorila Chumacero, natural de Paramonga y conocida entre la policía huachana como la Tía Cuchara o la mujer del Loco Tenedor, dio a luz a su primer y único hijo. Para esa labor escogió un rincón muy cerca de la ventana con la intención de escuchar lo mejor posible los éxitos del grupo local, Los Orientales de Paramonga, que en ese mismo momento causaba furor en el Cine Teatro de la localidad.
Los había estado esperando, a su hijo y a la fiesta, desde el recientemente inaugurado Día del campesino. Durante las últimas semanas, había estado hablando de ambos sucesos con entusiasmo mientras se disputaba los jornales con los cañeros del lugar. Hubiera preferido sin embargo que el niño arribara el día del Sagrado Corazón, cuando unas monjitas francesas benedictinas repartían galletas en la plaza central. Hubiera escogido de buena gana el día se San Esteban, santo favorito del cura de Paramonga, a quien algunos atribuían la paternidad de la criatura. La coincidencia de ambos eventos la había tomado por sorpresa, pero sin amilanarse había abierto al máximo las hojas de la pequeña ventana de madera y se había sentado sobre unas cajas de papel Suave.
El primer tema, Melaza, fue la señal. Con la misma tranquilidad con que había barrido el patio que daba al pasaje Maracaná, donde vivía, reunió las tres almohadas que tenía la casa y las colocó sobre una camilla plegable. La cadencia de la guitarra invadía los 38 mil acres de la hacienda recientemente tomada por el gobierno. Después de varias semanas de himnos a favor y en contra de la Revolución de las Fuerzas Armadas, el punteo de la guitarra se le antojaba de una dulzura tal que amenguaba las constantes contracciones. Con buen ánimo, entonaba la melodía y de vez en cuando le agregaba alguna letra de su propia cosecha, hasta que las dilataciones se hicieron más frecuentes.
Con tal de una sola pieza, de un quiebre al compás de “Chiquilla en onda”, su tema preferido, hubiera entregado su colección completa de huacos y cerámica. Hubiera entregado inclusive un hermoso jarrón silbato encontrado años atrás en la playa, junto a la momia de un guerrero con el cráneo trepanado. Pero la prontitud del parto le había subido un poco la temperatura y eso comenzó a preocuparla. Había visto a otras mujeres morir después de dar a luz, víctimas de alguna infección. Por ello decidió concentrarse exclusivamente en su solitaria labor. Comenzaba a sonar Lobos al escape, la canción emblemática del grupo, cuando llegó a la carrera un joven a quien todos conocían como el Padre José. De inmediato quiso tenderla sobre el piso y ponerla de costado, pero ella se resistió.
“Dame caña”, le dijo. “Dame caña”.
“No tengo”.
“Yo tengo, busca en la cocina”.
Era el primer día de la quema de caña. La zafra había estado dura por el viento que cambiaba rápidamente de dirección. Dorila había esperado que pase el humo blanco, nocivo para el feto, y antes de que llegaran los tractores se había lanzado con un grupo de muchachos a la recolección. Apenas había juntado una docena de troncos cuando vio a lo lejos la tropa mecanizada. Era una columna de tractores que se acercaba a un velocidad constante. El primero se veía nuevo y reluciente, pero los demás todavía se podía leer las iniciales W.R. del antiguo dueño de la hacienda. Con el producto de su cosecha había vuelto a casa, pelado la caña en pequeños trocitos y dejado todo remojando en el lugar que la encontró el Padre José.
Buscó el bastón más quemado y al morderlo comprobó que su dulzura se había repotenciado con el fuego. En ese momento arreciaron los dolores que la pusieron por un momento de cuclillas, sin poder moverse al compás del Machetes a la caña que tenía como fondo musical. Bajo, tumba y timbal anunciaban luego La danza del mono mientras ella tocaba con la punta de sus dedos el cráneo de la criatura que empujaba desde dentro.
“Abre que llegó”, gritó la partera, empujando la puerta con violencia. “Me avisaron en plena misa de la Camucha”.
“Ya lo toco, lo estoy tocando”.
“Claro pero no ha roto todavía”, respondió la partera y pinchó una malla delgada que cubría la cabeza del feto.
“Espera, que la voy a recostar”.
“Zafa, hombre, que parada se defiende mejor”, interrumpió la partera.
Una avalancha precedió al desmayo del Padre José.
Cuando la criatura finalmente fue expulsada, Los Orientales se lanzaban a un frenético Chinito bailarín.
“Te dejo el honor, para que te vayas acostumbrando”, comentó la partera, alcanzando una navaja de peluquero a Dorila. Las dos se miraron por un momento y la música pareció incrementar su contundencia. Sin duda los curiosos habían terminado por forzar las puertas del Cine Teatro Paramonga abriéndolas de par en par y dejando escapar la bulla de la percusión.
No había terminado la canción y ya Dorila cortaba el cordón umbilical, no con la navaja de peluquero sino con el mismo cuchillo con que había una vez intentado matar al suboficial Molina. Por su parte, completamente recuperado y saboreando el resto de la caña, el Padre José tomaba apuntes de la operación.
“¿Y cómo se va a llamar?”, preguntó a la partera.
“Chinito bailarín”, dijo ella.
“No”, sentenció de pronto Dorila. “Se llamará William Carlos”...”William Carlos”, repitió, tumbada sobre un colchón, amamantando al niño por primera vez. Los Orientales para ese momento, con las puertas del concierto totalmente destrozadas, pasaban a su último tema: “Te gusta como el azúcar”.
“Lo vas a salar con ese nombre, mejor ponle Chinito Velasquín”, protestó la partera mientras se lavaba las manos ensangrentadas.
Dorila recordaba la foto de un tal William Russel en el Casino de Paramonga, donde su madre había popularizado la versión huachana del ceviche de pato por algunos años. La recordaba mucho más que la del Chino Velasco y las fotos de los otros militares que en ese momento colgaban de la pared del Casino.
“En el barrio no hay mas que Wilies”, protestó nuevamente la partera.
“Pili, Bili, Wili. Es por la Grace, vieja. ¿No te habías dado cuenta?”, respondió Padre José. Dorila cerró los ojos y recordó claramente la imagen en la pared del Casino de Paramonga.
“La foto tenía una fecha…mil ochocientos sesenta… Y estaba escrito W.R. Grace”, comentó Dorila, recuperada del dolor y con más sed de caña.
“El traficante de armas y candelabros que sale en la foto con lentecillos redondos y la mirada perdida”, agregó el Padre José.
“Por lo menos no se parecerá al Loco del Tenedor, al suboficial Molina”, susurró para sí misma la partera.
Pese a todo, el segundo nombre, Carlos, sí le hizo honor al padre. El niño no fue registrado sino hasta el veintiocho de julio de 1972. El Padre José y la matrona, después arguyeron en la municipalidad de Pativilca que fue por darle unos días a Molina para que se presente, cosa que nunca ocurrió. “Pero que lindo que haya quedado para el día del Perú”, pudo justificar la matrona frente al secretario municipal.
Ese año, por milagrosa coincidencia, muchos niños nacieron en fiestas patrias. En el caso del hijo de Dorila, la fiesta cívica del 28 de julio fue preferida, con resistencia del Padre José, a la celebración religiosa del 16 de Julio, día de la Virgen del Carmen. José sin embargo, obtuvo su venganza al invertir y a la vez hispanizar el nombre del niño, quedando asentado en los registros públicos como el infante Carlos Guillermo Chumacero, el segundo fundador de Lima.