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Actas : Prosa


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La rosa de Francia
Gabriela Etcheverry


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Y de repente, al doblar hacia la última calle frente al mar, apareció el letrero: La Rosa de Francia. La mente no se deja engañar por coincidencias y con o sin el permiso de su poseedor o poseedora produce visiones intactas que ha mantenido guardadas no importa si por días o siglos. El corazón y los pies de María, que minutos antes marchaban al mismo ritmo, se descompaginaron por completo. Tenía que sentarse en alguna parte. Estaba segura que los transeúntes veían en su pecho el agitado subir y bajar de los latidos en la delgada tela de la blusa color amarillo pálido. Unas cuadras más allá estaba la plaza. Allí se sentaría a tranquilizarse, a tratar de encontrarle sentido a ese letrero que se había erigido como un fantasma ante sus ojos. Con el dorso de los dedos se presionó las mejillas. Ya no le ardían tanto, pero la mente no encontraba reposo. En tropel galopaban por su cabeza frases sueltas, especialmente las de la última tarde que había pasado con Carlos en esa misma plaza, justo dos años y tres meses atrás, tomados de la mano, conversando y riendo, haciendo planes para el futuro entre besos y susurros.

“Ni alcohol ni mujeres de la vida” habían sido las condiciones que le impuso ella cuando él le habló de matrimonio. “Te lo prometo, no tengo más camino que tú”, le había respondido en tono solemne, aferrándose a su brazo con una fuerza inusitada. María no tenía dudas de que cumpliría su promesa. “Iba bajando en torrentes por la vida, como río desbocado, cuando tuve la suerte de que me atajara tu abrazo”, le había escrito después Carlos en una de las tantas cartas que ella guardaba entre sus más preciados tesoros. “Los pedruscos y las hojas muertas resbalan, pero el lodo se va pegando y no quiero vivir así”. Nunca más le había sentido olor a trago en sus últimas visitas y lo otro... bueno, para eso habría que esperar hasta que estuvieran casados. Ella había sido criada en una familia católica donde no se concebía un matrimonio feliz que no empezara con la castidad de la novia. Rara vez salía el tema pero ella sabía que él tenía una “amiga” con la que satisfacía sus urgencias de macho. Era un orgullo entre las jóvenes del prostíbulo elegir ellas a un amante al que no cobraban por sus servicios.

Carlos era alegre y dicharachero. Se las daba de poeta y payador y aunque jamás había escrito una línea había aprendido a tocar la guitarra y a improvisar, intercalando algunas frases de su cosecha en las canciones que le pedían que cantara en fiestas o en su grupo de amigos. Habían vuelto a la plaza después de cenar en el restaurante habitual, de donde siempre salían más convencidos que la vez anterior de que la naturaleza de Carlos se prestaba de maravillas para ese tipo de negocio. Podría ser cocinero, administrador y hasta mesero, llegado el caso. María dejaría su empleo en el norte y no le sería difícil encontrar trabajo en la ciudad. Los computadores eran cosa nueva en ese entonces y ella sabía todos los trucos de una buena programadora. De ahí en adelante les esperaba el amor en todas sus formas, los hijos, la vida tranquila y feliz. Ya llevaban casi tres años de noviazgo. Sentados cerca del banco donde ella trataba ahora de aplacar su agitación hacían planes de enamorados jugueteando, besándose con mayor o menor pasión según la ausencia o presencia de transeúntes, proponiendo y descartando nombres para el restaurante que tendrían frente al mar. “La Rosa de Francia”, dijo Carlos al rato “y no admito réplica”. Sacó una libretita del bolsillo y mientras le describía la joya a María trazaba líneas: “lo que nadie se explica es cómo logró captar el artista los colores y hasta la luz de la rosa de los vitrales de una antigua catedral gótica y la misma expresión de frescura del rostro de la virgen que se confunde con el centro de la flor. Tu pureza María y mi espíritu aventurero, por eso la veneraban los piratas, veían en ella el camino hacia el espíritu”. Le hubiera gustado agregar “que es precisamente lo que yo busco en ti”, pero eso podía darle entrada a María a preguntarle cosas de las que no estaba dispuesto a hablar. Y así quedó sellado el nombre del restaurante que, según él, simbolizaba lo mejor de los dos.

Se despidieron contentos y quedaron de verse dos horas más tarde en el terminal de buses. La despedida sería dulce esta vez sabiendo que en pocos meses estarían juntos para siempre. María había sacado pasaje para el bus de las nueve y, como ya era costumbre, además de Carlos irían a dejarla al terminal sus padres y hermanas. Todos aguantaban con resignación las bromas, ya demasiado repetidas, que el padre le hacía a la pareja sobre el inminente casamiento. Jamás la hija les había confiado sus temores. Total, lo del trago era cosa del pasado y después del matrimonio él no tendría necesidad de visitar a su “amiga” del prostíbulo.

De repente las ideas dieron un vuelco brusco en la cabeza de María y se sintió invadida por una oleada de energía que la obligó a levantarse del asiento. “No debí haber venido a esta ciudad”, dijo en voz alta, empezando a desandar los pasos que la habían llevado hasta la plaza. Tenía que verlo, tenía que saber por qué Carlos le había hecho lo que le hizo. En ese momento supo que a eso había vuelto después de más dos años. Tenía que saber. Se había engañado a sí misma y a los demás en la creencia que venía a anunciar personalmente que se iba a casar, que ahora sí estaba segura de haber encontrado a un buen hombre. Caminó rápidamente las cuadras que la separaban de La Rosa de Francia y ahí lo vio, de pie frente a ella, apenas un titubeo, como si por fin hubiera llegado el momento de interpretar una escena mil veces ensayada. La condujo a una mesa y desapareció al interior, lo que ella le agradeció. Le era difícil disimular el temblor de su cuerpo. Ya más calmada echó una mirada a su alrededor. No había indicios de un negocio floreciente, nada más que una de las mesas estaba ocupada y por un hombre solitario.

Después de poner frente a ella una botella de agua mineral y dos vasos, Carlos acercó una silla y se sentó un tantito detrás de ella a su lado, rozándole el brazo, pero ninguno de los dos habló.

—No creas que no traté —dijo al fin. Solo Dios sabe los esfuerzos que hice.

—Te creo —dijo ella—, pero por lo que más quieras dime qué te hice yo para merecer esa horrible humillación delante de mi familia.

—De todos los errores que he cometido en mi vida, el peor fue creer que esa mujer, tú sabes de quién estoy hablando, me dejaría ir sin escándalo. Cuando te fuiste a tu casa ese día, a prepararte para el viaje, ella me esperaba a la vuelta de la esquina para llevarme al local y no estaba sola. La acompañaba la Perla a la que nadie le ganaba en altanería. Les dije que tenía que estar en el terminal a las nueve. Otro error garrafal. Debí haber sospechado algo por la forma en que se miraron. “Tienes tiempo de sobra para irnos a dejar a la casa”, me dijo la Perla. Pensé que lo mejor era resignarse y dejarme arrastrar por la corriente, que así me dejarían tranquilo. Hice lo posible por rehusar la “invitación” a entrar sabiendo de antemano que estaba derrotado. Me dejaron en el corredor donde nunca había tenido que sentarme porque siempre pasaba directo a la pieza. En ningún momento me dejaron solo. Aparecían a saludarme mujeres que conocía de vista nada más y cada una me hacía tomar con ella un trago más fuerte que el anterior. Cerca de las nueve, la Lulú, la alta con la peluca rubia que pasó a tu lado, me agarró de un brazo y le hizo una seña a la Perla que me tomara del otro y así me llevaron al terminal. Se pintarrajearon especialmente para la ocasión y me pasearon por todos lados, riendo y hablando a voz en cuello para asegurarse que ustedes me vieran con ellas mientras lo único que yo le pedía a Dios era que me tragara la tierra.

María se levantó y corrió la silla hasta quedar justo al frente de Carlos. Quería mirarlo directamente. Él bajó la vista y empezó a llorar, lo que la confundió al principio aumentando su desazón. Al cabo de un rato, ella se puso de pie y salió sin despedirse. Ya no le cabía duda que las lágrimas brotaban demasiado libremente de esos ojos vidriosos por el alcohol.






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La cita Trunca. ed. Jorge EtcheverryOttawa: Editorial Poetas Antiimperialistas de América. Oct 29, 2009
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