Con todo cuidado la mujer unta el índice en el líquido de un frasquito diminuto que sostiene en la mano y se pasa el aceite a lo largo del enorme tajo todavía rojo que sube desde el ceño hasta la misma raíz del pelo. Allí se quedó un rato de pie, llorando sin llorar; es decir, sin ruido, los ojos fijos en el espejo sin que un músculo de la cara se moviera mientras le resbalaba una lágrima interminable por cada mejilla.
—¿Qué te pasó, Carmen? —le pregunté espantada.
De nada me hubiera servido seguir preguntando. La mirada se había ido a algún lugar que ella sola podía ver más allá del azogue. Casi siempre cuando iba a cuidar a sus hijas la encontraba cantando suavecito, ya sea frente al espejo o haciendo los quehaceres de casa, saboreando cada una de las palabras antes de soltarlas:
Sublime añoranza guarda el alma mía
y trae la tristeza en mi soledad,
pienso en el futuro ya sin esperanza,
porque en la distancia tú me olvidarás.
Si en tu cabecita llevas todavía
algo de la dicha de nuestro querer,
piensa que yo lejos debo sufrir tanto
sin ningún consuelo en mi padecer.
Su marido era pariente lejano nuestro y se había conseguido un buen empleo en la ciudad donde vivíamos. Este ascenso significaba para él la ansiada oportunidad de ganar lo suficiente como para independizarse. Desde que se casaron habían vivido en la casa de los padres de Carmen.
—Hasta que reciba el primer sueldo —le prometió a mi mamá. Mientras tanto, las hijas se quedarían con la abuela en la capital.
—El corazón es grande, Gerardo, pero las comodidades son escasas, como puedes ver —le contestó la mamá, echando una mirada alrededor suyo en la cocina. Pero el primer pago demoró varios meses en llegar. Siempre faltaba un papel crucial que había que encargar a la capital o que esperaba la firma de algún burócrata en alguna oficina atestada de papeles. Terminaron viviendo casi cinco meses con nosotros.
No hacía mucho que se habían mudado a esa casa que quedaba a dos cuadras de la nuestra. Gerardo había insistido en traer de inmediato a las niñas y, según mi madre, echaban de menos a la abuela y me mandaba a cuidarlas.
Carmen me habló después de un rato, aunque sin contestar a mi pregunta. Separada un poco del espejo buscaba con los ojos un lugar más seguro donde guardar la botellita y me hizo prometerle que nunca la iba a tocar.
—Es aceite de muerto —dijo—, lo único que de verdad borra cicatrices. Es casi imposible conseguirlo y vale un Perú.
Yo tenía diez años y vivía aterrada de los vivos y de los muertos, de Dios y del diablo, que si no me agarraba uno para mandarme al infierno me agarraba el otro. De puro miedo no le puse atención cuando me contó dónde y cómo lo había conseguido, pero mencionó a alguien que trabajaba en el hospital. El terror que me infundió el aceite fue más que suficiente para mantenerme lo más lejos posible del famoso frasquito.
Cuando llegué a la casa atosigué a mi madre a preguntas y no la dejé que se escapara, como hacía siempre cuando el tema era escabroso. Después de mucho insistir logré que me respondiera. Lo curioso fue que la explicación parecía sacada del sermón del día anterior en la iglesia. Hablando de los peligros del tabaco y del alcohol, el pastor se había refocilado explicando en detalle lo que era el delírium tremens. Y pasó que Gerardo había tomado vino con sus amigotes y le había dado ese delírium tremens. Al llegar a la casa se quedó mirando fijo a su mujer, pero lo que veía no era la esposa sino una criatura espantosa salida de las profundidades del mar. Sin más averiguaciones le dio el feroz puñetazo que le partió la frente y, sin saber lo que había hecho, se acostó a dormir la mona. Carmen pidió ayuda a los vecinos y fueron ellos los que la llevaron al hospital para que le suturaran la herida.
—Pero yo nunca he visto a Gerardo borracho.
—Tomó alcohol y eso basta. Nunca se sabe lo que puede pasar cuando uno toma…
Al poco tiempo la mujer volvía a la rutina del espejo y del canto que yo me había aprendido de memoria, salvo un par de frases misteriosas que en ese tiempo no sabía que eran en lengua guaraní:
Por qué dejaré de añorarte
rohayhueteíva che mborayhumi.
Podré sucumbir tal vez
aheka raságui nekunu´ümi
Suspirando evoco tantos días felices
de dicha infinita que no olvidaré
y en mis noches tristes de nostalgia llena
por seguir viviendo en ti pensaré.
Nunca supe si se trasladaron a otra casa o a otra ciudad porque no volví a verlos, pero la racha de cambios importantes no paró ahí. También los hubo en mi casa, como sucedía cada cierto tiempo. Esta vez era mi hermano Joaquín el que había tenido que irse al norte a buscar trabajo y la mamá parecía no encontrar consuelo. Yo también tenía diecisiete años cuando me fui de la casa en busca de algún futurito en los estudios. Por mucho tiempo seguí considerando mío el hogar que había dejado y no perdía ocasión de volver cada vez que podía. Al pasar por la casa donde habían vivido me ponía a tararear sin darme cuenta la canción que quedó para mí eternamente ligada a Carmen, a su cara en el espejo, al tajo que de rojo pasó a rosado, y al horror que me provocó el aceite de muerto.
Fue solo gracias a un encuentro fortuito que pude reconstruir algo de esos tiempos. Me crucé con Carmen caminando por la playa y la reconocí enseguida, a pesar de las décadas que habían pasado. Unos segundos le tomó a ella trasladar la cara de la niña que tenía en su mente a la de la mujer que la miraba ahora. Me llamó por mi nombre y me dio un gran abrazo.
—Tienes que ir a mi casa a la hora del té —insistió.
No me hice de rogar y a la visita en su casa siguieron dos en la mía. Fue allí, sentadas solas en el patio, donde de a poco me fui formando el cuadro de lo que había pasado, al menos en parte, porque me imagino que la verdad de cualquier hecho es por esencia huidiza, incluso quizás para los mismos protagonistas. Al principio las palabras salían a borbotones entre hipos y lágrimas. Era obvio que nunca había hablado de su vida con nadie y no me era fácil armar la secuencia de lo ocurrido porque casi siempre empezaba por la última parte u omitía cosas importantes suponiendo que yo las sabía.
—Cuando se fue tu hermano dejé de sentir, dejé de pensar. Si Gerardo me buscaba en la noche simplemente abría las piernas y lo dejaba hacer.
Catorce hijos había tenido, casi uno por año, y la última había nacido con el síndrome de Down.
—Fue esa niña la que me despertó. Así había estado viviendo yo todo ese tiempo. Un día salí así nomás de la casa, sola y con lo que tenía puesto. Me fui al terminal a tomar el primer bus que me llevara a mi ciudad. Viví con mis padres hasta que se murieron y recién entonces, después de trece años, volví.
Si los hijos y el marido la buscaron y trataron de que volviera, nunca lo voy a saber. Me dio la impresión que nada más que su cuerpo había estado con ellos. Qué sorpresa se habrán llevado al verla cruzar el umbral de la puerta después de trece años, como si viniera de comprar el pan en la panadería de la esquina. No sé exactamente a qué edad se había casado, pero a los veinte ya tenía las dos niñas que me había tocado cuidar.
No era mi casa de las que disponen de una pieza para las visitas. El único que podía darse el lujo de tener pieza solo era Joaquín, que el año anterior había empezado a trabajar, así que no hubo mucho que pensar cuando llegó la joven familia a vivir con nosotros. La mamá le explicó el problema y aunque molesto de perder su recién ganada soledad tuvo que aceptar que se pusiera otra cama en su pieza.
—Si tu hermano sabe algo del amor —continuó Carmen— es porque yo le enseñé, ¿sabes? Se hacía el dormido cuando Gerardo y yo… ¿me entiendes?, pero a mí no me engañaba. Entonces empecé a hacer cosas que nunca había hecho, con el mero afán de que me siguiera mirando. Gerardo estaba feliz porque nunca me había visto así. Empecé con remilgos cuando quería que estuviera debajo, pero apenas me dejaba estar encima todo cambiaba. Cada vez encontraba nuevas cosas que hacer, tú te imaginas, de esas que le cuentan a uno que hacen las parejas o que los hombres buscan en las prostitutas, pero las hacía para Joaquín. Casi podía sentir lo que quería que hiciera, lo que más le gustaba.
Calculando la distancia a pie (no había otro medio de locomoción en ese tiempo) entre mi casa y el lugar donde trabajaba Gerardo, supuse que habría tenido que salir poco antes de las seis si quería llegar a tiempo al trabajo. Tampoco me fue difícil imaginar el momento en que mi hermano, con o sin invitación, se pasó a la otra cama a probar en carne propia los experimentos de Carmen.
—Joaquín pasó a ser el centro de mi vida. Ahora que podía hacer con él todo lo que quería, no aguantaba que Gerardo me tocara y para evitar el escándalo en casa ajena él no decía nada. No sé de dónde me salían los pretextos. Tu hermano no puede vanagloriarse. Ni siquiera sabía lo más elemental cuando empezó conmigo. Todo lo que sabe se lo enseñé yo, te digo, y espero que me creas, que en estas cosas uno no tiene por qué andar mintiendo.
Pero natura es natura, supongo, y cuando dos cuerpos jóvenes y sanos se entrelazan con la asiduidad y desesperación con que se entrelazaban esos, sucede lo inevitable.
—Yo quería que el mundo entero supiera que era a tu hermano a quien yo quería y no a Gerardo; que el niño que estaba esperando era de Joaquín. Se me ocurría que todo se solucionaría por arte de magia con solo decirlo y pedir la separación. “Aunque sean del perro son mis hijos y yo los crío, ¿entendiste?”, gritaba Gerardo exasperado, sacudiéndome y chillando como loco. Pensé que me iba a matar, así que llamé a tu mamá y no le fue fácil tranquilizarlo. Creo que al fin le impactó ver la angustia que vio en su cara porque no dejaba de llorar mientras le hablaba, tratando de calmarlo.
—¿Fue ahí cuando te partió la frente, entonces? —le pregunté. Me miró extrañada y se quedó pensativa, recorriendo la cicatriz con el índice.
—Entre tu mamá y Gerardo buscaron una casa para arrendar y nos mudamos esa misma semana. Digo “nos mudamos” pero yo no hice nada. Sin duda me empacaron como cualquier otro bulto. A Joaquín lo mandaron al norte, a la casa de tu hermano mayor. Cuando me di cuenta que Gerardo nunca me dejaría separarme y que jamás volverían esas mañanas de amor, lo único que pedía era la muerte. Ni siquiera lloraba, quería morirme, nada más. Un día dije que iba a la farmacia y me fui al muelle. Me acuerdo que había llegado la armada y se veían marinos por todas partes, pero yo solo miraba las olas que subían con luz y bajaban en la oscuridad: claro, oscuro, luz, oscuridad, cansancio, sueño. Cuando me sacaron del agua estaba inconsciente. Desperté en el hospital con la cabeza vendada.