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Actas : Prosa


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La cruz y la pelota
Pablo Salinas


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                                   A Rolando, por los goles que juntos  fallamos

 

Lo llamaban Mono y nunca pudimos despedirnos. Pensábamos que iba a vivir eternamente. Allá en las gradas del estadio, en la Copa Libertadores, en las canchas de tierra y de cemento, Mono debería estar colgado en la baranda de un camión, viajando a una provincia, debería estar entre cincuenta mil gritos de gol. Mono esta muerto y a veces no puedo dormir, no porque lo haya matado, si ganas de matar no le faltó a nadie en nuestra brutal adolescencia. La última vez que lo encontré trató de llevarme hasta la frontera para alentar a nuestro equipo. Se fue solo, con la bandera puesta y una camisa estampada de calaveras. Cuando lo vi alejarse sentí la envidia de no estar en su lugar. Por eso lo mío es un insomnio que viene del otro lado del mundo.

La policía dijo que fue golpeado hasta morir. Los que lo mataron, lo llevaron hasta muy cerca de su casa y lo arrojaron a la orilla del camino. Muy temprano alguien lo vio. La garúa limeña agregaba su dosis de violencia desviando a los conductores que  repasaban sobre el muerto. “Le decían Mono”, dijo un testigo, “lo mataron hinchas de otro equipo”. Yo no estuve allí. Pero hasta ahora sueño con su muerte. En los sueños estoy tan cerca de todo como si yo mismo fuera el cuchillo o la patada sobre su cabeza, con la furia del fanatismo, con la ira que sólo se da en los pueblos más pobres del planeta. Adiós Copa Libertadores. Su equipo nunca se enteró de su muerte, pero igual, fue como un lejano homenaje el hecho que haya ido perdiendo todos sus partidos hasta ahora.

De estar vivo tal vez habría ya escapado del hambre y la violencia como algunos que se fueron a la Argentina, como otros que tomaron el largo camino hasta Estados Unidos, como yo que no he parado de viajar hasta el día de hoy. Pero está muerto. El fútbol fue su primer contacto con la ciudad en ese barrio marginado de casi todo. La barra que había formado se deshizo luego de su muerte, los apodos de futbolistas famosos que nos habíamos puesto se fueron olvidando en beneficio de nombres de humildes oficios.  Los que se quedaron se revuelven de vez en cuando en mis recuerdos como un puñado de muchachos que cambiaron la cruz por la pelota, de gente que envejeció atrapada entre el servicio militar y Sendero Luminoso.

No habrá faltado, me imagino, los juramentos de venganza y los gritos de dolor. Algunos me contaron que lo enterraron con la camiseta de su equipo y envuelto en los colores que le causaron la muerte. Ahora que veo la Copa Libertadores desde este hotel en Canadá, me gustaría que lo elijan la estrella de uno de tantos partidos de fulbito donde con voladas espectaculares atajó mis vanos intentos de anotar, donde con errores garrafales nos convertimos en los artífices de las derrotas; en broncas y partidos de donde salimos ambos corriendo, yo hacia el extranjero y él hacia la muerte, en carreras impulsadas por el vértigo de los infaustos años noventa. No sé si terminé de pagar todo lo que le debía del kiosco donde él trabajaba o de las apuestas de los partidos. Pero creo que le debía este adiós que se hace como limpiar una pelota de barro y sangre. 

Rolando dejó un hijo a quien nunca conoceré. Seguramente sus padres jamás leerán estas palabras. Ahora que están de moda las teorías de la recepción, las fronteras semánticas, el lector modelo y otras huevadas, ya los escritores pasan desapercibidos. Algunos cantan revoluciones de cafetín, otros hacen de la abyección un arte medido en base a espasmos. Yo sólo quiero dejar de ser la navaja, la bala o la patada que mató a Rolando. “Me dicen Mono” me dijo alegremente cuando lo conocí. En ese entonces, era un niño de diez años y su risa era tan contagiosa que tal vez le duró toda la vida.





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La cita Trunca. ed. Jorge EtcheverryOttawa: Editorial Poetas Antiimperialistas de América. Jan 5, 2009
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