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Actas : Prosa


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Discipulación
Jorge Etcheverry


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Indiscutiblemente se trataba de un acto poético vanguardista li­bre, con formato de libro, con fotos y dibujos, textos en prosa, verso, gráficos, diagramas, había descripciones de eventos, conversaciones de amigos en cafés, una fiesta familiar, casi no podía creer y volví a examinar el dibujo, no muy detallado afortunadamente, pero bien hecho. Luego de todo este tiempo de interés diría profundo y a veces casi vital en las artes en todas sus formas me fijo automáticamente en esas cosas. La mujer desnuda posicionada al revés, de rodillas en la silla, con los brazos sobre el respaldo era la madre, que según la leyenda escrita a mano en un costado recibía alivio a su dolor lumbar mediante una hora de coito por la espalda, se suponía que por uno o varios de los miembros varones de la familia. Desde las irrupciones de lo erótico en literatura y poesía ha pasado más de medio siglo, pero ese amigo, el autor del cuaderno, o libro artesanal, parecía haber estado ausente del mundo de todos los días, o de todos estos años. En la actualidad casi no hay forma del erotismo que no cuente con nutri­dos archivos multimedios en el web. Entre este fárrago que muy pun­tual y literariamente hablando no carece de mérito, con textos que en general armonizan o aluden a las ilustraciones, fotos y al abundante material gráfico me fijo especialmente en tres muertes que el autor describe o califica como actos surrealistas. El que compuso con amoreste libro artesanal es un amigo mío que después de años sin verme se puso de repente en contacto conmigo y me pasó el libro, mirán­dome desde detrás de los gruesos cristales de sus anteojos con algo parecido a la ansiedad. Una cierta familiaridad me asalta en algunos párrafos, y al fin puedo darme cuenta que es como si los hubiera es­crito yo. O muy similares. En todo caso, en ese torrente de párrafos, versos, diálogos, aforismos, frases y expresiones, muy ocasionalmente aparecen cosas escritas casi en mi estilo. Al fin y superando una in­nata modestia que algunos de mis íntimos piensan ha impedido el reconocimiento que según ellos me sería debido, pero que personas más cercanas atribuyen a la fatiga, la negligencia o la falta de tino, tengo que aceptar que "tiene gran influencia de mi escritura". La calidad poética del texto no logra enmascarar la precisión de los de­talles de los asesinatos, ni oculta la identidad de las víctimas que no hace mucho figuraron por varios días en medios locales y nacionales, lo que ya es bastante. A su manera poco expresiva pero intensa, este amigo siempre reconoció o trató de reconocer en mí a ese autor de vanguardia que faltaba en nuestra generación, y parece que se dejó llevar, como le sucede en muchos casos, no sólo a individuos, sino a naciones enteras que se dejan llevar por modas o ideologías venidas de lugares más prestigiosos y que ellos exageran e incluso deforman. En realidad Neruda no iba a asesinar a una monja con un golpe de oreja ni a un notario con un lirio cortado, ni creo que Bretón sabía disparar un revólver, ésas son cosas que se escribían, que ahora se expresan pictóricas de ketchup en la pantalla chica o se despliegan en la música popular bailable, con abundantes víctimas femeninas. Pero ahora tengo que buscar dónde esconder el libro. Como es un día feriado me voy a mi lugar de trabajo pensando en la manera de evitar que mi (ex) amigo me contacte de nuevo, me imagino que estas preocupaciones embargaban a Ho Chi Min, cuando trataba de escabullirse de Pol Pot por alguna de las calles de las barriadas en esas urbes occidentales que cobijan a los mismos refugiados que alguna vez las convertirán en ceniza. Entro con mi llave personal y una vez en el sótano rocío abundantemente el libro con bencina y le atraco fuego, y así es como sin querer quemo el colegio donde enseño.






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La cita Trunca. ed. Jorge EtcheverryOttawa: Editorial Poetas Antiimperialistas de América. Oct 27, 2008
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