Ahora me doy cuenta del trabajo que significa el mero hecho de sentar por así decir los prolegómenos de una edición en español del Necronomicón. Es una tarea bastante ardua y que se complica aún más por otros asuntos conexos (por ejemplo tratar de conseguir financiamiento institucional para este proyecto), lo que representa un gasto considerable de tiempo y esfuerzo, incluso de mis no muy abundantes recursos económicos personales, ya que me veo obligado a desplazarme frecuentemente, a adquirir material en microfilm, a recurrir al trabajo de traductores especializados, que generalmente cobran por palabra. Curiosamente, donde mejor me ha ido en este respecto y la gente que con más interés me ha colaborado han sido precisamente los especialistas académicos, que muchas veces, con el incentivo de poder explayarse en las investigaciones y teorías que más los entusiasman, y que generalmente se llevan a cabo fuera de los estrechos márgenes de la lo que acepta como ortodoxo en la academia, significan a lo más un desembolso por cerveza, vino o café. Para la por así decir ‘corriente principal’ de la historia de las religiones, de la historia literaria, la literatura comparada, la antropología cultural etc., el Necronomicón carece de existencia real es una creación del ilustre virginiano. Y de alguna manera y para hablar en serio, el texto que me dio don Ibrahim Nehme en el Sur de Chile para su hijo Yusuf, paraexilado en Estados Unidos, y las supuestas circunstancias de su posesión por esa familia, son mis únicos hechos materiales, fidedignos, así como ese texto mismo es mi única, por así decir fuente primaria. Los diferentes fondos e instituciones de apoyo a la investigación de Estados Unidos, Canadá e incluso Chile no se dignaron ni siquiera responderme más allá de las consabidas cartas universales a las cuales sólo les cambian el nombre del destinatario. Solamente en el último país nombrado hubo cierto interés de parte de una instancia de financiamiento de las artes, y más precisamente de la literatura, institución que no voy a mencionar por razones obvias y una de cuyas becas pasó a paliar parte de mi penuria económica cuando me adentraba por los prolegómenos de esta terreno ignoto del saber.
No está de más mencionar que esa beca que se me concedió fue parte de la leña que alimentó al fuego del escándalo que recientemente amenazó con consumir a dicha institución, que ahora sin embargo está surgiendo de las cenizas de su nido como otra ave fénix. Phyllis, con su buen sentido escocés para los detalles económicos, que parecen nimios pero que constituyen la base en que se levantan a la postre los imperios, no entendía esa dedicación mía a esta tarea que no parece destinada a cosechar más que el interés tangencial de una invención más o menos ingeniosa y bien lograda, algo así como ese cráneo de vidrio que sembró la duda por décadas en el mundo de la antropología física y que es el tema de la última y malísima versión en el celuloide de las aventuras de Indiana Jones, cuyos decorados ambientales sin embargo suelen ser geniales, según opinión de Phyllis, que no por nada es decoradora de interiores y viaja frecuentemente Europa en esa calidad.
Lo que pasa es que según la misma Phyllis, la gente se aprovecha de mí o yo me meto en cosas fracasadas de antemano, cosas de locos o de quijotes que a la postre lo único que deparan es trabajo y penurias, y ya no estoy en edad para eso. Bueno, de alguna manera eso es lo que hizo exilarme en su momento y me tiene como al Señor de la Mancha comiendo lentejas los viernes. Sin embargo ella tiene razón. Siempre he sido medio ‘material’, como se decía en mi tiempo en Chile. En el liceo los otros cabros me hacían hacerles dibujos en las clases de artes plásticas y más de la mitad no me pagó nunca el peso que yo les cobraba. Pero aún entonces y gracias a mi buena disposición, pero también a que me vieran un poco las canillas, salía ganancioso a la postre, al menos en la estima de los otros cabros, uno de los caules me dejó copiarle una vez en un examen de matemáticas. Entonces la cosa se equilibraba un poco, se llegaba a una especie de Tao, en la misma medida en que la otra gente me aprovechaba, también yo me reportaba como beneficiado.