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IV
Las hermanas, como miembros de un coro griego, se daban cuenta de la situación que las sumía ya definitivamente y para siempre en el trasfondo de la vida familiar, y deambulaban por el pasillo echando al hombre que sostenía al niño, y sobre todo a este último, miradas que en el mundo adulto serían rencorosas. Las mujeres conservarían en lo profundo de su mente esta situación y le abrirían al complejo así formado válvulas de escape que a la larga habrían de desembocar en grandes beneficios para la vida publica de la nación--que es como se llama al país en estos casos--y, porque no, para la humanidad. Una de las mujeres creció para convertirse en una distinguida cirujana. Otra en una figura política que fustigó a la decadente y ya cansada plutocracia patriarcal. Se formo como discípula de otra gran figura femenina de la política nacional, Francmasonería Acuña, prima de Sansón Radical, Justicia Espada (primer cirujano mujer del país) Australia Tonel y Chile Mapocho Acuña, este último un detective muerto en San Francisco en una riña con unos gansters. Francmasonería--en la vida pública conocida como Franca--, debió su nombre al padre, un librepensador radical y masón, como su tío, y, si aceptamos las extrapolaciones de Iglesias, aquejada del mismo mal que la hermana de Ignacio. Común en las familias tradicionales, pero siempre mantenido en la sombra, es el rencor quizás inconsciente hacia un progenitor desdeñoso y distante. Esto fue determinante en la evolución de la hermana de Ignacio. Que es sin lugar a dudas la figura más importante de la familia, lo que permite a la postre estas digresiones, y llego a ser una de las más jóvenes, sino la más joven, de las parlamentarias de que se tenga noticia. Quizás en medio de los discursos o emisiones radiales en que hablaba con esa voz vigorosa y casi masculina (no desprovista de dulzura), la figura del padre se confundía con la de los corruptos patricios que desenmascaraba y vituperaba. Luego de un golpe militar, ese mismo encono causó su exilio pese a reconocer filas en una izquierda moderada de raigambre masónica y sus vastas conexiones familiares. Mencionamos su nombre, Elvira, ya que es con mucho, el miembro más importante de la familia y no nos cabe la menor duda de que su nombre habrá de figurar en las historias nacionales, ya que todavía es una mujer en la flor de la edad y la experiencia en el extranjero la ha enriquecido sobremanera. Ninguna de las hermanas se casó.
V
Una relación muy estrecha unía al niño con su madre, más estrecha que lo común. Descontando el parecido físico y estructural, anímico, tendían a encerrarse en una suerte de alianza inconsciente frente a las hermanas y el resto de la parentela, compuesta más que nada de señoras viejas, familiares por la línea paterna, y que habitaban en la casa de Ignacio siguiendo viejas tradiciones que se mantenían todavía agonizantes no ya en el campo, sino incluso en los barrios capitalinos, cuyo modo de vida ha cambiado (no evolucionado) a pasos agigantados en estas ultimas décadas. La madre se casó con el padre de Ignacio por interés, y esto es bien sabido por causa de las indiscreciones, quizás calculadas, del doctor Iglesias, médico internista y general formado a la antigua, capaz de diagnóstico y cura, al menos en las primeras etapas de la aflicción, y enemigo acérrimo de la especialización excesiva.
Ella era hija única de un irlandés expulsado de las verdes islas por un levantamiento fallido y suicida, y que eligió, como tantos otros, en sucesivas oleadas y de variados orígenes, venir a olvidarse de todo y todos y sepultar sus sueños y su ardor a los pies de la Cordillera. Los emigrados irlandeses nunca constituyeron una colonia significativa, al revés de lo que sucedió en América del Norte y el Dominio del Canadá. Quizás la elección le vino al exilado de una asunción definitiva de la derrota y su irreversibilidad, o de una mentalidad proclive al todo o nada: en los países del Norte arriba mencionados, la gran cantidad de sus coetáneos los hacía y los hace proclives a la agrupación, a la mantención de las tradiciones y viejas causas, cosa que allí ocurre en mayor o menor medida con todo grupo importante de inmigrantes. Hay quien achaca el poco relieve de los inmigrantes de Eirie en nuestras australes tierras a ciertas características del suelo o de la gente. Pareciera que ninguna de las comunidades extranjeras trasplantadas puede mantener su idiosincracia, si no son los árabes o los hebreos, opinión que también comparte Iglesias, que en esto sigue a Sánchez. Pero en el caso del abuelo de Ignacio había una suerte de menosprecio hacía sus connacionales radicados en el hemisferio norte. Él pudo pagarse el pasaje en barco, que era por uno de los viajes más largos que podían concebirse, y se vanagloriaba de su linaje noble y su educación a medias clerical, a medias humanista, tan común en la Irlanda de entonces. Se dice que se refería ocasionalmente con desprecio, entre sus más íntimos (ya que era un hombre reservado), a los irlandeses de Norteamérica, como a los comedores de papas.
Sin embargo, el cultivo de la papa fue lo que al cabo de años de esfuerzo improductivo le permitió atesorar un capital medianamente considerable para la época, en bienes muebles e inmuebles, que de la noche a la mañana se vieron disueltos como un terrón de azúcar en el agua: una peste hasta entonces desconocida entre nosotros podría los tubérculos, otorgando a las hojas una extraña coloración gris convirtiendo al tubérculo en una bolsa de polvillo gris. El resto de su fortuna desapareció en cosa de meses en especulaciones tan torpes como apresuradas en la Bolsa de Comercio de la capital. El carácter reservado del hombre lo había mantenido hasta entonces lejos de la capital y sus teje y manejes, y carecía de la necesaria experiencia cuando tomo la decisión de arriesgar todo lo que le quedaba en inversiones de nitratos y radicarse en la ciudad. Se trasladó con camas y petacas, cayendo prácticamente de inmediato en manos de los especuladores capitalinos. Su aspecto campechano, pese a su imponente figura y su melena de un rojo grisáceo, no lo hacían destacarse en los círculos sociales y financieros, que requerían de una vida social tan intensa como sofisticada, siendo las relaciones publicas--como hasta hoy--la llave maestra que abre (o cierra) todas las puertas. Se dice, aunque Iglesias se muestra muy reservado en este punto, que entre aquellos que más se favorecieron de la ingenuidad del irlandés figuró prominentemente, si no de manera central, el que habría de ser padre de Ignacio. La belleza de su hija, alta, pálida, de ojos gris verdosos y una vistosa y abundante cabellera rojiza, único fruto de un matrimonio desgraciado del que no se tienen noticias, despertó desde los primeros momentos la atención de los hombres. La hermosa y callada niña, que sin embargo parecía radiar una calidez interior, era comentada en los círculos capitalinos en que brevemente el inmigrante se desenvolvió antes de su repentina muerte. Yo sólo he tenido la suerte de ver el aviso de su fallecimiento en el periódico, siéndome en general desconocidos los pormenores y circunstancias del hecho. Aquí incluso las mejores fuentes me han fallado.
Incluso el doctor Iglesias ha demostrado no ser de ninguna utilidad, aduciendo que entró en relaciones con los Álvarez varios años más tarde, y manifestando además la usual reticencia frente a mí en lo que respecta a la información obtenida a través de las confesiones de Deirdre, que era el nombre de pila de la madre de Ignacio, intuyendo acaso mi intención (que siempre he mantenido en secreto) de usar dicha información con posterioridad. Y tengo que hacer una aclaración. Cuando supe de Ignacio y su extraordinario destino, mi mente, siempre ocupada en mil diversos asuntos, me hizo formularme la reflexión siguiente (o a lo mejor la comunique en una conversación a alguno de mis amigos): Este caso no es de los que pasan todos los días. Por otro lado, no se trata de algo que sobrepase el mero nivel anecdótico, es decir, que tanto su origen como su desenlace (o posible desenlace) se mantienen en la vida cotidiana, esa urdimbre tan pintoresca pero que no alcanza en su diseño los trazos definidos que se convierten en historia. Sin embargo en esta urdimbre primera donde se descubre el diseño de lo que más tarde habrá de configurar el diseño de aqullello que llamamos historia.
Casos como ese hay muchos. Si algún interés despertó ese asunto en mí en sus etapas iniciales fue debido a que el sujeto central era hermano de la distinguida ex-parlamentaria, un prodigio esta última, si tomamos en cuenta la edad de la mujer y el contexto netamente patriarcal de nuestra tradición e instituciones. Hay casos así en que hermanos nacidos y educados en las mismas circunstancias enfrentan los destinos más disímiles. Me viene a la memoria el de los hermanos Theo y Vincent Van Gogh, que presenta las características por todos conocidas. De hecho en esa época Iglesias no gozaba ni de la reputación ni de la experiencia de que hoy en día disfruta, habiendo recién egresado de la Escuela de Medicina sin distinciones mayores, no por falta de dotes naturales sino por su proveniencia modesta. Cuando no se tienen los medios ni las relaciones sociales adecuadas, incluso los avatares comunes del estudio y la promoción profesionales se convierten en hazañas, distorsionando la tersura de una vida social y profesional sana.
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La cita Trunca. ed. Jorge Etcheverry. Ottawa: Editorial Poetas Antiimperialistas de América. Feb 26, 2008 |
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