De vuelta al pueblo
Cuando el taxi empezó a adentrarse por barrios menos concurridos abrí la ventana para dejar que el viejo olor a humedad y a mar me devolviera a los días de la niñez cuando los automóviles eran novedad en el barrio. Ya no hay mamá que salga a recibirme con la cara radiante de alegría ni hermana que se aferre a mí como si yo fuera su dios. “En la esquina, por favor, déjeme en la esquina, la casa ... ¿azul...gris?”. Tampoco habrá nadie mirando detrás de los visillos como cuando esperábamos impacientes la llegada de los que venían de vacaciones. Al menor ruido corríamos a la ventana de la pieza que daba a la calle y el primero que veía detenerse el taxi gritaba a todo pulmón “llegó la Betty, llegó la Betty” y salíamos en tropel, peleándonos el privilegio de ser el primero en abrazarla, esquivando al perro que se nos enredaba en las piernas.
Con la maleta en la mano me detuve un instante a mirar la fachada. Nadie se avergonzaría ahora de una casa de cemento bien pintada en lugar de la de adobe, cerradura firme en la puerta y no el cordón seboso de tanto manoseo que colgaba fuera para abrirla levantando el pestillo de adentro. Con la mano en alto, me resistía a tocar el timbre en espera del milagro que, como entonces, alguien me hubiera visto desde la ventana y saliera disparado gritando “llegó la Nina, llegó la Nina”. No sé qué sonido esperaba del timbre pero no la campanita musical que llegó a mis oídos. Tampoco parecía necesario afirmarme para no perder el equilibrio cuando el perro apoyara sus manazas en mi pecho. Ningún ladrido respondió desde adentro.
Poco sabíamos de la vida de adulto de Javier. Además de ser el menor, había llegado cuando ya había claros indicios que no quedaban frutos en el vientre materno. Mujeres había tenido pero nunca se casó y se quedó viviendo en la casa más por inercia que por necesidad. Con el entierro de la mamá perdimos el núcleo que nos había aglutinado y nos dispersamos, asumiendo que el último o la última que quedara en casa se encargaría del papá. Nadie se opuso a que Javier lo llevara a una residencia de ancianos cuando emprendió la reconstrucción de la casa. La lejanía nos dio al mismo tiempo la razón y el pretexto para dejar que él se encargara de todo, incluso de la correspondencia del papá porque nunca nos dio la dirección. Mi viaje se debía en parte a la carta que me había enviado: “al viejo no le queda mucho hilo en la carretilla. Los que quieran despedirse empiecen a acercarse”. Era el aguijón que necesitaba para decidirme a concretar los siempre postergados planes de volver al pueblo. Todos habíamos sufrido con diferentes grados de resignación la cuota de insultos que generosamente nos había prodigado el padre y si bien es cierto que las humillaciones no habían dejado un gran amor, tampoco quedaba resentimiento. Pecado de la naturaleza más bien que no le había dado al pobre ni una miserable pizca de autocontrol. Tuve la ilusión que el visillo realmente se había movido poco antes que Javier abriera la puerta. Nos saludamos con un abrazo embarazoso, como pidiendo disculpas por la metamorfosis que cada uno captaba en la cara y en el cuerpo del otro y lo seguí al piso de arriba. “La habitación de las niñas”, dijo con una media sonrisa. Le pedí que me diera la dirección del papá. No tenía que esperar a que llegaran los otros para ir a verlo. “Todavía no, vamos a ir todos juntos” prometió. El cuarto tenía dos camas y una mecedora antigua en un rincón, ideal para la lectura. Había salido de casa arrastrando el libro de Reginald Hill, Dialogues of the Dead, y siempre parecía haber algo que me impedía terminarlo a pesar de las horas muertas de espera en los aeropuertos. Bajé casi enseguida detrás de Javier, deseosa de ver y tocar los objetos familiares, de salir al patio, aunque consciente que sin los padres ese espacio ya no era mi casa. El último piano del papá ocupaba un lugar prominente en la sala pero no vi la antigua máquina Singer de la mamá que mal o bien nos había alimentado a todos. La escalera del segundo piso conectaba con la sala y de ahí se pasaba al comedor y a la cocina. Un corto rodeo cerca de la puerta hacía pensar en escalones en construcción que se perdían hacia abajo. ¿Una casa con subsuelo en este país? “Detalles de poca monta”, dijo Javier, siguiendo mis ojos que habían ido del remedo de peldaños hasta la pala al lado de la puerta de la cocina. “Ya queda poco”, agregó hablando más bien para sí mismo. Parecía al acecho de algo y en muy raras ocasiones se asomaba el hermano conocido —los ojos brillando de entusiasmo y las palabras atropellándose por salir todas al mismo tiempo. Después parecía arrepentirse de haberse dejado llevar y entraba en sombríos silencios que a duras penas podía romper. Una pesadez desconocida impregnaba el aire de esta nueva casa. El cemento había sepultado la apacible atmósfera del humilde adobe que nos había refugiado por tantas décadas. Me sentía ahogada ahí dentro y lo único que quería era salir a respirar al patio. Contenta que Javier no hubiera salido conmigo, mis ojos descansaron por fin viendo el único espacio casi intacto de la casa antigua: la roca al fondo del patio que llamábamos la piedra del terremoto, donde nos apiñábamos alrededor de la mamá cuando el miedo a los temblores nos obligaba a salir de las piezas. Caminé de un lado a otro por el puro gusto de retomar posesión del espacio de los juegos y de las infinitas labores en que me tocaba ayudar —desde pelar pescado hasta hacer entorchados para cuerdas de piano.
Decepcionada de que ninguna de mis hermanas hubiera llegado, subí a la habitación y me eché vestida en la cama con la intención de leer un rato antes de hacer mis ejercicios de canto. El cansancio me ganaba y tenía que hacer un esfuerzo consciente por mantener el libro lejos de la cara. El brazo capitulaba y volvía a levantarse. La pieza se acercaba y se alejaba, cada vez más chica hasta que desapareció por completo y me dejó atrapada en el rincón con un gato que me hablaba, la cabeza vuelta hacia mí mientras restregaba en la pared un cuerpo dos veces más largo que el normal. Una mujer flaquísima con cara de vieja y cuerpo de niña se mecía a toda velocidad en la silla hablándome a media lengua sobre mi entendimiento con el gato que la hacía reír a carcajadas. La falda clara de percala dejaba al descubierto las rodillas huesudas y la cara filuda se me venía encima riendo con cada vaivén de la mecedora hasta que me chocó en la frente sacándome por fin de esa peligrosa duermevela. El libro se me había caído de la mano, golpeándome la nariz y vi con alivio que la pieza no había cambiado. La silla seguía quieta en su rincón aunque la visión de esos ojos pegados a los míos se demoró en esfumarse. No podía fiarme del reloj por todos los cambios de las últimas 24 horas pero el malestar del estómago tenía que ser de hambre. Ni siquiera me acordaba cuándo o dónde había comido por última vez. Me compuse un poco y bajé a probar mi suerte en la cocina. Como Javier no se veía por ninguna parte ni había señales de comida, decidí ver qué podía prepararme con lo que hubiera en el refrigerador. Nada que una cuasi vegetariana como yo viera con agrado. De repente escuché pasos apresurados y apareció Javier obviamente molesto de encontrarme en la cocina. Debió haber pensado que me había retirado hasta el día siguiente. Después de registrar los cajones me pasó una lata de salmón y un paquete de galletas y se quedó rondando cerca, sin sentarse conmigo a la mesa. Traté de interesarlo en los altos y bajos de mi carrera sin ningún resultado. Parecía impaciente por deshacerse de mí, así que me hice un té para llevar a la pieza y le di las buenas noches.
¿Qué pasaba con mi voz? En vano traté de proyectarla en los ejercicios de costumbre antes de meterme a la cama. Mejor atribuirlo al cúmulo de emociones que dejarme ganar por el pánico. ¿Qué era yo sino mi voz? Más que el pan parecía darme la existencia misma. Tampoco pude sacarle más aire al ventanuco de la habitación. La casa entera parecía pedir aire, respirando sofocadamente. La molesta sensación de humedad de las sábanas no duró mucho porque me dormí al instante, reventada como estaba por cansancios atrasados. Ya era bien pasada la medianoche cuando me desperté con el pecho oprimido, perturbada por el extraño sueño que había tenido: Estaba viviendo en una casa que yo misma había construido, desde el último detalle del diseño hasta la menor nimiedad cosmética. Me vi bajar desde lo alto de la escalera del segundo piso admirando la arquitectura abierta que dejaba ver casi toda la planta baja, el lustre de los pisos, la madera fina de los muebles antiguos, las esculturas y por último las plantas que le daban a la casa la alegría de las cosas vivas. El tono del verde de una de las paredes me llamó la atención y de pronto me fijé en una puerta que jamás había visto a pesar de haber pasado por ahí infinitas veces ¿no había pintado yo misma esa pared? Abrí la puerta y quedé perpleja. Había entrado en un ala de la casa que había quedado sin construir. Un mero esqueleto de postes y vigas cubiertos de telarañas y escombros indescifrables. Faltaban las paredes, el piso, el cielo raso, todo lo que hace que esa mera armazón de fierros y tablas se convierta en el refugio que llamamos hogar. El estupor me hacía avanzar a pesar mío preguntándome una y otra vez cómo era posible no haber visto nunca esa parte de la casa. Empecé a percibir movimientos en algunos de los rincones sombríos. Siluetas irreconocibles empezaron a levantarse, perfilándose cada vez con mayor claridad al salir de las profundidades de esas capas milenarias de polvo donde habían vivido sepultadas. En un remedo de muralla pude distinguir al pordiosero que había muerto de frío en un recodo del cerro, enrollado como un feto viejo. Desde cuándo estaba ahí en mi propia casa y cómo había llegado sin que yo lo supiera. Atónita seguí caminando hacia otra sombra que había empezado a moverse detrás de uno de los pilares. Quedé pasmada, pegada al suelo cuando vi que la figura que avanzaba hacia mí hablándome en voz baja era mi madre, la cara marcada por gestos de angustia. Abrumada de pesar y asombro de verla en ese estado le tomé las manos haciéndole un sinfín de preguntas ¿cómo es posible que estés viviendo aquí? ¿desde cuándo? ¿ por qué?, yo creía que estabas ... que estabas ... Me callé por si ella no sabía que estaba muerta. No respondía directamente pero me daba a entender que sí, que había estado viviendo precisamente en esa precariedad y la patente aflicción del rostro y de la voz se fue haciendo cada vez más apremiante hasta terminar en un quejido prolongado de angustiosa urgencia. Desperté con el calor de sus manos en las mías, jurándome a mí misma construirle el más digno de los templos. No encendí la luz ni abrí los ojos. Quería mantener el contacto físico con esas manos aunque más no fuera la fracción de segundo que toman los entes de los sueños en despedirse para siempre. En el fondo estaba agradecida de no haber despertado como me ocurría cada cierto tiempo, haciendo lo único que hubiera querido hacer cuando murió —perderme en las entrañas del bosque aullando como loba malherida.
¿Era mi “famoso oído de cantora” el que me estaba jugando malas pasadas o realmente el quejido de la voz del sueño me seguía ahora en la vigilia? Un suspiro ronco, que parecía querer tragarse todo el aire de la casa seguido de un maullido prolongado me obligó a enderezarme de un salto y encender la luz. ¿El llanto de un perro? Tenía mucho más de humano que de animal. Me arropé con la colcha y salí decidida a ver de dónde provenía ese ruido que se había infiltrado en mi sueño. Todo estaba oscuro en el pasillo salvo una luz tenue que venía de abajo. Los pies todavía temblones me llevaban hacia allá rogando que Javier también lo hubiera escuchado y ya estuviera abajo y ahí estaba. ¿Se había levantado sólo cuando me sintió bajar? Se me ocurrió que había estado sentado por horas en el escalón que daba al subsuelo. No se había acostado porque vestía la misma ropa de la tarde. “Un perro afuera, quién sabe dónde, no vale la pena desvelarse”, dijo esquivándome y se alejó con pasos lentos y pesados hacia su habitación. Ésa era otra cosa que había captado a medias en la tarde. Javier era el menor de todos pero tenía un caminar de viejo, incongruente en un cuerpo de hombre fuerte y relativamente joven. Incongruencia era la palabra que mi mente buscaba desde que había entrado nuevamente en la casa de esa familia de madre india, con su preciado oficio de sastrería adquirido quién sabe dónde y por casualidad, como ocurre con los pobres, que del viento malo o bueno que los arrastra o los deja en su camino depende todo su futuro. ¿Por qué se había aferrado a ella ese concertista fracasado que era mi padre, varado en ese puerto como barco inservible, hijo de europeos engañados por los antiguos sueños de riqueza del Nuevo Mundo?
Ya más tranquila volví a la pieza y me dormí al poco rato, agobiada por el cansancio y las emociones del día. Debo haber dormido inquieta y a saltos porque justo antes que el piano me despertara del todo, vi cómo se escabullían en distintas direcciones las caras y objetos rezagados de las pesadillas. No era inusual para nosotros dormirnos con el arrullo de la máquina de coser y despertarnos con la música del piano por la mañana, pero lo que escuchaba ahora era para taparse los oídos. Me recorrió un escalofrío sólo de imaginar la reacción del papá si tuviera que someterse a la tortura de escuchar eso. Hasta cuando yo viví en la casa nadie más que él tocaba el piano pero a Javier le había interesado. Tan concentrado estaba un día tratando de sacar al oído una melodía de moda que no vio entrar al papá y tuvo que quedarse a escuchar la retahíla de insultos que le gritó, terminando la serie con “sólo los maricas tocan el piano”. Cuando Javier se alejó cabizbajo, la cara roja de vergüenza y humillación, el papá se sentó tranquilamente y estuvo tocando más tiempo que de costumbre.
Como no había un alma visible desayuné sola de lo poco que encontré en el refrigerador. La mesa del comedor no se igualaba en calidad a la del largo “mesón” de mis tiempos, pero la disposición de los muebles era la misma de la época de la miseria, de la mirada torva del padre con los más vergonzosos insultos a flor de labios si nos acercábamos demasiado, “sácame esta puta de aquí que me hace sombra”. Y la mamá siempre conciliatoria llamándonos a su lado, sentada a la máquina de coser y en perpetuo embarazo, afligida por deudas o por las traiciones del marido. Mi mente iba y venía mirando de cerca y de lejos a ese hombre que era mi padre, con los ojos de entonces y con la nueva mirada indulgente que me había dado la distancia. Muchas veces me recriminé por no haberle grabado su música, que en otras circunstancias lo habría puesto entre los grandes de su tiempo. Creí haber sepultado lo malo en tierra de nadie y me había agarrado al par de recuerdos buenos que tenía de él para no romper el hilo invisible que me conectaba al punto de partida, milagros inesperados como poder pararme a su lado mientras tocaba el piano, lista para dar vuelta la página de los enormes libros de música que sólo él sabía leer.
Después del magro desayuno subí a vestirme con la idea de ir temprano a ver al papá y pasar la mayor parte del día recorriendo el pueblo. Cuando bajé, ya lista para salir, Javier estaba limpiando algo a la entrada de la cocina. Me pareció ver alivio en su cara cuando le hablé de pasar el día afuera, cosa que atribuí a la falta de comida y que yo estaba resuelta a remediar antes de la llegada de los demás, pero lo del papá, nada, “yo te aviso esta noche, hay que esperar”, fue todo lo que le pude sacar.
Aunque bajar el cerro no fue cosa sencilla por la falta de costumbre, finalmente llegué al centro y bendije incluso los bocinazos después del oprimente silencio de la casa. Camino al cementerio compré las flores predilectas de mamá y las fui poniendo despacio, una a una en su tumba, mientras le iba contando la parte de mi vida que ella no había conocido. De ahí me encaminé hacia el muelle, por calles conocidas, comparando sin poder evitarlo el antes y el ahora. Al rato ya estaba donde quería estar, frente al mar, comiendo pescado frito, mirando los pelícanos y el revolotear de las gaviotas entre el ir y venir de las barcas pesqueras. La feria de frutas y verduras había cambiado de lugar pero no me fue difícil encontrarla. Estaba en la última calle de la parte plana de la ciudad donde empezaba la Playa Changa que se extendía por kilómetros más allá de la ciudad vecina. Un ventarrón había dejado varado un barco viejo, caído en diagonal hacia un costado y los pelícanos y gaviotas que revoloteaban alrededor de esa enorme mole tan cerca de la calle le daban un toque de irrealidad a todo el lugar. El día entero fue un magnífico regalo, caminando por las calles, escrutando lugares y rostros con la esperanza de ver gente conocida. Finalmente me metí a un supermercado y me dispuse a emprender el camino de vuelta a casa.
Si bajar el cerro no había sido cosa fácil, subirlo de seguro sería peor, incluso ahora que el sendero de tierra y piedras en zigzag estaba recubierto de cemento. Me detuve un instante para tomar aliento y sopesar la magnitud de la tarea que me esperaba. Respiré hondo y con el corazón liviano empecé el ascenso. Me había liberado de las aprehensiones de la noche anterior y hasta el dolor de las piernas cansadas me parecía benigno. Llevaba una bolsa de comida en cada brazo que tenía que reacomodar de tanto en tanto para que no me obstruyeran la vista. Ya llevaba andada la mitad del camino cuando vi parada frente a mí, casi tocándome, a una vieja minúscula vestida de luto riguroso. Acostumbrada a la distancia que se mantiene entre las personas en otras latitudes, mi primera reacción fue temor, además de no saber de dónde había salido la mujer porque no la vi bajando el cerro. La boca que mostraba unos chongos de dientes me sonreía con evidentes señas de alegría. Pliegues largos y gruesos iban (o quizás venían) desde el mentón a unos ojos redondos, sin pestañas, que se asomaban humedecidos de lágrimas desde el interior de esa máscara de cuero reseco. Después de un enorme esfuerzo logré reconocerla como la vecina que había tenido un boliche en la cuadra de arriba. Jamás hubiera creído que todavía estaba viva. Apenas percibió indicios de reconocimiento me abrazó con más fuerzas de las que yo hubiera creído posible en esos brazos magros, repitiendo “pobrecito su papá, pobrecito”. Sin tiempo para reponerme del susto ni dejar las bolsas en el suelo sólo atiné a balbucear palabras sueltas, sin mucho sentido. Cuando pude pensar con claridad, todavía anclada al lugar del encuentro, la vecina ya se había alejado cerro abajo. Se detuvo a mirarme dos zigzags más allá con un brazo sarmentoso en alto a manera de despedida, secándose los ojos y moviendo la cabeza de un lado a otro “pobrecito su papá, pobrecito”. ¿Pobrecito? Me distrajo una perra que se paró a mi lado, el sexo visible como una vergonzosa protuberancia hinchada y roja entre las patas endebles, seguida de una leva de perros que no le daban respiro y que espanté a punta de pedradas. Ya en el último tramo de la subida me senté a descansar y a tratar de entender el cúmulo de enigmas reales o imaginados que deambulaban confusos en mi cerebro.
Me había olvidado de lo rápido que desciende el sol en esa parte del mundo y llegué a la casa cuando empezaba a oscurecer. Dejé las bolsas en el suelo y toqué el timbre. Dos, tres veces, nadie apareció. Si Javier había salido a sabiendas que yo no tenía llave, tenía que haber sido por algo urgente. Quizás el papá se había agravado o los hermanos se habían cansado de esperarme y se habían ido a verlo sin mí. Lo mejor era resignarse y esperar pero la espera no duró más de un par de minutos. La puerta se abrió y apareció Javier en el umbral. Cuando me volví a recoger las bolsas sentí su mano firme tomándome del brazo y una vez adentro cerró la puerta.
El vaho dulzón típico del incienso fue lo primero que me golpeó los sentidos y luego la música. Me detuve poseída, los ojos cerrados, el cuerpo entero contraído por la tristeza que causa la peor de las añoranzas, la que uno ignora que ha estado ahí, agazapada en el vientre y que sale a la luz sólo en el instante en que se recupera lo que se creía perdido para siempre. En ese segundo que dejó en suspenso mi pasado y mi presente, agobiada por el dolor de ahora y el retrospectivo, supe cuánto había anhelado volver a escuchar la música de mi padre. ¿No había asistido a un sinnúmero de conciertos con la secreta esperanza de satisfacer mis ansias? Las notas flotaban llenando el aire y el misterio halagador de esa música se iba adentrando en mis venas llenando todos los espacios de mi ser, convirtiendo en canto cada partícula de mi carne. ¿Cuánto habrá durado eso? Lo que dura un sueño sin duda porque al abrir los ojos y mirar hacia el piano vi el asiento vacío y a Javier a mi lado. “Los otros no habrían comprendido”, dijo. Los muebles de la sala estaban arrimados a las paredes dejando un círculo vacío en el centro y las velas encendidas por aquí y por allá mezclaban el olor del humo con el del incienso. “Llegaste justo a tiempo, todo está listo para llevarte a ver al viejo”. Al pasar tomó uno de los candelabros encendidos y me pasó el otro, indicándome que lo siguiera. Parecía haber crecido en su traje oscuro impecable, los ojos afiebrados mirando más allá de mí, más allá de todo, mientras los pies caminaban seguros hacia los escalones que daban al subsuelo.
Coquimbo en tres tiempos
Lejos está Coquimbo de ser el pueblo que describe Darwin en 1835, enronchado el cuerpo por las picaduras de pulgas y el alma por la reputación que habían dejado los bucaneros ingleses. Uno de ellos se había robado la virgen María de una iglesia y había vuelto al año siguiente a buscar a San José aduciendo que era una lástima que la Señora estuviera sin su marido. Se resistía a creer que al grito de ¡los ingleses! todo el mundo huía a los cerros con sus pertenencias de valor. La bahía de Guayacán es una de las ensenadas más protegidas de las costas de Chile gracias a los dos bloques montañosos que en un semicírculo atajan el mar abierto. El puerto de Coquimbo aparece destacado en todos los mapas antiguos de la costa del Pacífico de América y se cree que el croquis que usaban piratas y filibusteros era copia del que había trazado el corsario Francis Drake en su incursión en 1578 a la bahía que llamó La Herradura. En 1930 un arriero encontró unos pergaminos del siglo xvii escritos en lengua sefardí y una pequeña placa de cobre “Aquí hay un tesoro a la distancia de 90 metros… he perdido mi galeón. Hay 80 zurrones llenos de oro y 90 de plata. Deul 1640”. De ahí sacó material el escritor Ricardo Latcham para su libro El tesoro de los piratas, que llevó a muchos a excavar con palas y picotas hasta que la pesquera San José les quitó la ilusión de ser ricos cuando se instaló a fines de los sesenta en la Playa Blanca donde se suponía estaba enterrado el tesoro. Los primeros dueños de minas y fundiciones fueron ingleses y el así llamado Progreso llegó con el tren que acercaría los minerales y los magníficos frutos del Valle de Elqui al punto de embarque. Desde la cubierta de las naves que arriban perseguidas por pelícanos y gaviotas se aprecia bien la pincelada de montañas que surge del mar a la izquierda y va subiendo en altura hasta los cerros habitados para luego descender nuevamente al mar.
La hermosura de los paisajes siguió casi imperturbable hasta la última década en que un alcalde visionario, Pedro Velásquez, vino a cambiar la fisonomía y el espíritu de la ciudad. Plantó palmeras a diestra y siniestra, hizo paseos y avenidas públicas donde antes no había nada, pintó los zigzag de los cerros, limpió calles, fachadas y rincones, remozó el barrio comercial, remodeló plazas y las antiguas casonas del barrio inglés. Reconstruyó la vieja Estación Empalme en pleno centro y le dio realce a la iglesia de Guayacán, de estructura metálica estilo “Eiffel” traída desde Amberes en 1889. En breve, convirtió el puerto en un oasis que atrae a miles de turistas de la parte central del país y también del extranjero porque ahora recalan en su muelle enormes cruceros turísticos. La Santa Sede le patrocinó la construcción de la Cruz del Tercer Milenio, una gigantesca mole de cemento en la cima del cerro más alto que ofrece una vista panorámica excepcional de los brazos de mar que envuelven las montañas del puerto dejando apenas un trozo de tierra firme que le impide ser isla. Con los auspicios del Rey de Marruecos hizo construir una mezquita en uno de los cerros del lado opuesto y cuando le llegó el turno a la Sinagoga ya se había acabado el dinero y el alcalde mismo se había convertido en una figura controvertida, principalmente por no provenir de la clase social que tradicionalmente ha dominado la política en Chile.