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el poema
Sobre el abismo, en el largo país de la memoria marcha interminable el lento velero de las esperanzas. Un balandro de luz surca un océano de recuerdos. Soledades en sombra, por no verte ojo sin lágrima. Tribus sin paz, oasis perdido
Rodeado de acantilados violetas y ropaje frío, acechado por desintegradas especies y torrencial sonido de agua viva. Habitas domicilio asegurado en la región permanente del corazón.
Huyendo de róbalos que te persiguen sumergido en el antiguo entusiasmo de las ondinas, tras la defensa gótica de los corales. Ceñido de húmedos recuerdos y por reflejos de azogue, vives en el movimiento de seres con fondo cristalino.
Volverás del olvido despedido a los nuevos oleajes, a las mareas de esta vida, a la crecida permanente. Clepsidra de pétalo de coral, nauta interminable, manantial de nuestra vida.
Estás muerto pero me vives. Muerto como la tarde que declina y eleva una estrella desconocida. Muerto con otro grano de polvo entre las manos en lo que fue primero savia exultación o grito, muerto con un furor de sirenas ocultas, con vapores marchitos, rancios entre un oasis de madréporas. Expuesto en el quicio de los océanos, junto a bosques de oscura belleza. Gimiendo desde los fiordos con sonido de pájaros fríos.
De tu cabellera arriba la primera claridad el ensueño de la madurez a tu "ciudad de la poesía".
Allá adentro no sólo vida declinando ofreces, muéstrame finalmente el ancla donde alzaré tu hueso una semilla, algo que diga que estás en nuestros labios repartido.
ciudad de la poesía
Te envío la carta precisa de apremiante destino. No te olvides que voy zurcido a las mismas entrañas, duele el oxígeno pero cuando nos falta se convierte en lágrima.
Si te envío esta carta es porque creo en nosotros, en la urgente necesidad de unir sílabas que cantan, de jugar con vocales espaciosas.
Hay una delgada luz de tierra que alumbra el nacimiento de un poema. Animal tenebroso sorprendido por lo aparente, seguro en su cueva en su antro de luz y sombra, dando una llama fuera de las horas, como una estrella que vive más allá de su tiempo.
Extendamos nuestra ciudad sobre esta delgada luz, puesto que nada más conocemos. Sólo este reflejo, sólo el brillo que alumbró tus ojos cuando bajaste de los árboles, cuando el mar te trajo borrando entonces toda frontera entre tierra, agua, pensamiento. Una nueva lozanía surge de las manos.
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