Poesía
Poemas de 'Esta delgada luz de tierra'
por Reynaldo Lacámara


el poema

 

Sobre el abismo,

en el largo país de la memoria

marcha interminable

el lento velero de las esperanzas.

Un balandro de luz

surca un océano de recuerdos.

Soledades en sombra,

por no verte

ojo sin lágrima.

Tribus sin paz,

oasis perdido

 

 

Rodeado

de acantilados violetas y ropaje frío,

acechado por desintegradas especies

y torrencial sonido de agua viva.

Habitas domicilio asegurado

en la región permanente del corazón.

 

 

Huyendo de róbalos que te persiguen

sumergido

en el antiguo entusiasmo de las ondinas,

tras la defensa gótica de los corales.

Ceñido de húmedos recuerdos

y por reflejos de azogue,

vives en el movimiento de seres

con fondo cristalino.

 

 

Volverás del olvido despedido

a los nuevos oleajes,

a las mareas de esta vida,

a la crecida permanente.

Clepsidra de pétalo de coral,

nauta interminable,

manantial de nuestra vida.

 

 

Estás muerto pero me vives.

Muerto como la tarde que declina

y eleva una estrella desconocida.

Muerto con otro grano de polvo

entre las manos

en lo que fue primero savia

exultación o grito,

muerto con un furor

de sirenas ocultas,

con vapores marchitos,

rancios

entre un oasis de madréporas.

Expuesto en el quicio de los océanos,

junto a bosques de oscura belleza.

Gimiendo desde los fiordos

con sonido de pájaros fríos.

 

 

De tu cabellera arriba

la primera claridad

el ensueño de la madurez

a tu "ciudad de la poesía".

 

Allá adentro

no sólo vida declinando ofreces,

muéstrame finalmente el ancla

donde alzaré tu hueso

una semilla, algo que diga

que estás en nuestros labios

repartido.

 

 

ciudad de la poesía

 

Te envío la carta precisa

de apremiante destino.

No te olvides que voy zurcido

a las mismas entrañas,

duele el oxígeno

pero cuando nos falta se convierte en lágrima.

 

Si te envío esta carta

es porque creo en nosotros,

en la urgente necesidad

de unir sílabas que cantan,

de jugar con vocales espaciosas.

 

 

Hay una delgada luz de tierra

que alumbra el nacimiento de un poema.

Animal tenebroso

sorprendido por lo aparente,

seguro en su cueva

en su antro de luz y sombra,

dando una llama fuera de las horas,

como una estrella

que vive más allá de su tiempo.

 

Extendamos nuestra ciudad

sobre esta delgada luz,

puesto que nada más conocemos.

Sólo este reflejo,

sólo el brillo que alumbró tus ojos

cuando bajaste de los árboles,

cuando el mar te trajo

borrando entonces toda frontera

entre tierra, agua, pensamiento.

Una nueva lozanía surge de las manos.

 

 

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La cita Trunca. ed. Jorge EtcheverryOttawa: Editorial Poetas Antiimperialistas de América. Feb 8, 2008
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