Capitanía del Viento (1993) (Selección II)
I. Nacimiento
Sal, ciudad, delirante espuma,
albas sortijas de vuelo iracundo
y roncos ruidos de plumas rotas,
ruidos que el viento en sus raudos corceles
por tus quebrados conductos, aullando.
¿Desde cuándo esa música atroz,
desde cuándo los toscos fonemas del mar
por tu laberinto de direcciones ciegas,
por tus caóticas ramificaciones,
sonando eterna, interminablemente?
Como si náufragos a punto de ahogarse,
como si sus gritos teñidos de muerte,
como si las últimas voces transidas
de pescadores por el mar envueltos
poblando las calles, gimiendo.
En tu orilla de racha y luz sacudida,
en tu perfil arrecífico urdido
por miles de años de embate salino,
en tu línea de incruenta pujanza
donde ulular de navíos rotos,
donde gritos de náufragos muertos,
allí nacimiento, allí partos,
allí noche y lluvia y oleada,
allí el viento oceánico estatutos,
actitud de sal, tránsito en olas.
Allí encrucijada de harina e intemperie,
allí horario de estrellas roídas,
sitio de la luz que con dedos ebrios,
que con todas las fuerzas aferradas,
solemne escenario en el final del mundo.
VIII. La Matriz
Parece como si la arboladura
de toda la ciudad en ti se sustentara,
como si la bóveda de tu nave sombría
sostuviera el peso de todas las vidas
que pululan las calles con sabor marino.
En tu vientre obscuro suena el mar sus ruidos,
crepitan sus olas quebrando sus cimas,
arrecian sus corrientes golpeando tus muros,
y en el altar mayor náufragos gritan
sacudiendo aún el nombre de sus hijos.
Matriz de las tribus grises encaramadas,
por tu interior donde el tiempo hipnotizado
enumera el cómputo de las generaciones,
desfilan sin fin rostros roturados
en una procesión de lívidos fantasmas.
Es que ámbito que el mar alguna vez señoreaba,
es que sagrado espacio de los primeros nautas,
cóncava morada fundacional erigida
en el límite por las aguas estatuído
cuando el hombre ancló aquí sus tentativas.
Aquí donde resuenan pasos extintos,
aquí donde desciendo al fondo de los tiempos,
sopla el océano también sus caracolas,
y jala de las vestes a los sacerdotes
reclamando sus vírgenes inmolatorias.
Ombligo, entonces, de la arquitectura,
encrucijada de las existencias
cuyo vientre de misterio sacudido
amarra los destinos, ciudad, de tus hijos,
y aplaca la ira de la mar ceñuda.
XI. Plegaria
Al alba estrellas de pálido brillo
recogen su tibio vellón de tus calles,
y el mar sumerge su elixir de sonidos
que toda la noche desnuda
arrullaron el sueño de tus curvados hijos.
Larga ha sido la dura travesía
a través de un océano inmenso,
dulce el cántico de ninfas en la orilla,
sin fin el pozo donde cayendo, cayendo,
inaccesibles las manos tendidas.
No toques, madre, el contorno del sitio
donde el más extremo desamparo
ha señalado su lóbrego nido,
no abras tu flor de luz matutina,
no enciendas tus peces de brillo argentino.
No levantes el velo del frío aposento
donde duermen su sueño convulso
entre el arrullo del mar y del viento;
no despliegues tus ruidos portuarios,
no asustes de hoscos graznidos su lecho.
Porque en su doble intemperie tus hijos
se apegan a la piel de la noche inhóspita
y descienden temblando a sus precipicios;
y sólo el mar con sus ninfas nocturnas
defiende la paz de su hogar clandestino.
XIII. ¿Dónde están?
¿Dónde están, ahora, madre, dónde,
dónde los hijos de tu vientre ciego,
dónde los prófugos de la luz, que en tu ropaje,
que en tus pliegues nocturnos se acurrucaron?
¿Dónde aquellos que por tus calles,
que por tu arquitectura al azar encaramada,
vagaron, erraron, desaparecieron,
treparon jadeantes a tu regazo,
durmieron al borde del agua tutora?
¿Dónde están los que por Plaza Echaurren,
los que en Muelle Prat largos viajes,
los que en el Molo transeúntes marinos,
los que en Las Torpederas tus arenas
y en El Membrillo encandilados peces?
¿Dónde están, ciudad, tus súbitos rapaces,
tus desgreñados hijos dispersos
cuya guarida encumbrada en tus cerros
sólo la lluvia, y el viento, y aves extraviadas?
¿Dónde están los que en Plazuela San Francisco
anclaron en ti su barca herida,
y se perdieron un día en el tiempo,
y andan por el mundo desenterrando sueños?
XV. Caleta El Membrillo
En El Membrillo suenan las piedras
la música áspera del mar,
suena el océano sus gargantas,
sus roncas sílabas masculladas.
Al amanecer regresan las barcas
con su carga de peces hipnotizados
que miran angustiados desde la muerte,
brillantes aún de diademas marinas.
Los pescadores jalan del océano
las embarcaciones que la mar reclama,
y suenan sus piedras rechinantes,
suena la música torrencial del agua.
Por los ojos de los peces muertos
asoma el mar su dimensión secreta,
su recinto mágico irisado,
su intimidad, su sumergida floresta.
Sólo los hijos de los pescadores
miran a través de la sal detenida,
y traducen náufragos de los mensajes
que angustiadas caracolas suenan.
En El Membrillo plateadas gaviotas
vociferan, mientras el mar mugiente
toca las cuerdas de sus roncas piedras,
suena y suena su música irritada.
XVIII. Playa Ancha
Ancha tu playa por donde los vientos
se abren en ti soplando peces,
islas prófugas de la Oceanía,
algas serpenteantes, navíos
que ciegos de rumbo el mar deambulan
y aúllan los gritos que en ti resuenan.
Por tus lentas calles arqueadas
que el viento del mar señorea,
por tus extraviadas rutas marinas
que un ciclón escondió en tus arterias,
barcos desaparecidos, náufragos,
marineros muertos, piratas,
el océano todo con sus prodigios
cruza, suena, restalla y se extravía.
Yo me recuerdo por tus derroteros,
por tus súbitas piedras gastadas,
o por la escalera hacia tu alto mástil
donde ondeaban húmedos estandartes.
Y cuando te pienso bajo la lluvia,
cuando tus distorsionados techos
asumen un color de opaca herrumbre,
tengo frío en aquellos pies desnudos
que por tus calladas calles
pisaron el mar, y se extraviaron.
XXI. Rapaces
Al interior de los años transcursos
un ojo asombrado desciende,
ausculta, escudriña, pesa, sopesa,
remueve la herrumbre, llama, alumbra,
extrae fechas, polvoroso horario
de vigilia furtiva, de pies clandestinos
a orillas del mar, en la noche abierta,
en el hórreo de tesoro ultramarino.
En la barriga de los grandes barcos
navega el esplendor de las despensas,
el grano ambrosí o la embebida especia,
y cuando los músculos portuarios
desestiban el júbilo de las cañas,
la hoja azabache, el grano castaño,
o el copo de nieve de fina filigrana,
entonces sube la temperatura
de las cocinas, y cantan los gallos,
y aúllan los perros de unísonos sones,
y aumenta el tráfico de utensilios,
y asciende el humo de los altos hogares.
De las forestales madrigueras,
de la encumbrada guarida, en los cerros,
desciende, pues, la rapaz pandilla,
y a través de subrepticios trámites
accede al tesoro de enclaustrado aroma.
Por Puerta Varas, u orillando el Molo,
o por Muelle Prat de trajín fluído,
irrumpen los vástagos del viento
en el recinto de luz ultramarina
que irá a alumbrar las rústicas mesas.
Generosa era tu luz agraria,
tu harina a hurtadillas, Valparaíso,
que subió a los sórdidos hogares
a repartir su vital sacramento.
Por tus conductos de lluvia raídos
treparon los pies con su tesoro agrario,
y al atardecer ollas, sartenes,
teteras febriles navegando,
sinfonía de gastados utensilios
celebrando la furtiva cosecha.
¿Cómo eran vuestros nombres, camaradas,
desgreñados hijos de la calle,
inocentes rapaces cuya existencia
emergió un día como el humo anónimo,
y se extravió alguna vez, o varó en la muerte?
Tal vez cuando vuelva a la madre nutricia,
cuando regresen mis huesos errantes
a dormir para siempre bajo tus cruces,
me devuelvas, Puerto, los pasos perdidos,
el fulgor de tus racimos clandestinos.
Y si desciendo hoy a tus bodegas,
si busco en mi interior aquellos rostros
que la niebla del tiempo desdibuja,
es porque un hálito de granos ultramarinos
me circunda aún con su perfume.
XXIV. Cerro Concepción
Hay por tus calles una rancia atmósfera,
un penetrante olor a bucaneros,
a piratas en tus viejas buhardillas
subrepticiamente domiciliados,
tuertos, con pala de palo y trabuco,
y al cinto un mohoso sable curvado.
Es que bajo el pavimento o las piedras,
detrás de los muros de adobe
que el viento marino roe cada día,
o tal vez en los lóbregos sótanos
que nadie más visita desde hace siglos,
se oculta la boca secreta
de profundas guaridas clandestinas,
de cuevas con el mar comunicantes
por donde transitó botín y pólvora,
donde ondeó la enseña de la calavera.
Yo escucho aún sonar la vieja oquedad
bajo mis pasos por Pasaje Templeman,
como si subterráneos de añosa piedra,
como si anónimos conductos excavados
resonaran su ronca voz cavernosa.
Y si subo tu serpenteante escalera
y elevo la voz, o canto en el viento,
una cueva que la vista no distingue
me devuelve el eco parpadeante.
Yo quisiera haber vivido entonces,
cuando en tus laderas hermandades de sangre,
bandas de lobos de mar anidaron
sometiendo a tributo el tráfico de Indias.
Hoy sólo un carcomido olor sobrevive,
como si los viejos corsarios barbudos
transitaran en la sombra por tus calles,
borrachos de ron y agrio tabaco,
fantasmales en sus negras vestiduras.
XXX. Cuando
Cuando sepa el destino de tus náufragos
anclados profundamente en la muerte,
cuando conozca el sitio final
de sus huesos de cales extintas
derramándose en la cal imperceptiblemente;
cuando a tus cerros alucinantes
suban mis pies por tus calles heridas,
o por sus ascensores delirantes,
y encuentre otra vez la sombra, la huella,
el perfil fugaz de sus rostros perdidos;
cuando tus navíos en la gran tormenta
aúllen sus desesperada agonía
debatiéndose en la espuma crepitante,
y se remezca de ruidos la noche
amarrada a los altos planetas;
cuando penetre nuevamente en tus iglesias,
y un temblor cerval o de ultratumba
sobrecoja mi ser y lo suma
en un océano de unción y espasmo,
detenido en medio de la nave inmóvil;
cuando por tus playas la húmeda arena
reconozca mis plantas en su extasío,
y el agua toque mi piel y desate
su profusión de claves filiales
parpadeando sus síntomas dormidos;
cuando desde el sueño de tus cementerios
se eleve una voz y anude mi garganta
con su timbre de inequívoca impronta,
y se agolpen de súbito mis muertos
en mi corazón, hasta humedecerlo;
cuando en el mundo ya no haya sitio
para mi navío, para mis huesos tristes,
para mi ansiedad de ti, Valparaíso…
Ulises Varsovia
Nací el 2 de julio de 1949 en Valparaíso, cuyo mar y sus tempestades marcaron definitivamente mi persona y mi poesía.
Estudié varias asignaturas humanísticas, y trabajé en tres universidades, tanto en historia como en historia del arte, al mismo tiempo que escribía poesía. En 1985 salí a doctorarme a Alemania, y como mi mujer es suiza, pude trabajar y quedarme en San Gallen, ciudad en cuya universidad hago un par de lecciones.
He publicado 28 títulos de poesía, cinco de ellos en Chile, y tres dedicados a Valparaíso, el último: Hermanía: La Hermandad de la Orilla, en Apostrophes de Santiago (www.apos.cl). El libro más antiguo que he publicado es Jinetes Nocturnos, de 1974, pero tengo otros inéditos más antiguos. En 1972 publiqué un cuadernillo, Sueños de Amor, que circuló sólo entre amigos.
Me han publicado más de 70 revistas de literatura de todo el mundo, en varios idiomas, y repetidas veces, y estoy en numerosas páginas web.
En agosto del año 2006 salió a la luz en Sevilla, España, mi libro de poemas Anunciación. Ángeles y Espadas, publicado por la Asociación Cultural Myrtos. Esta misma entidad acaba de publicar mi Antología Esencial y Otros Poemas (1974-2005), que incluye dos poemas de cada poemario publicado, es decir, 52 poemas "esenciales", y tres poemas de 12 libros inéditos, lo que hace un total de 88 poemas. Lo último mío aparecido es Vientos de Letras, también antológico, en colaboración con el poeta andaluz Alexis R., editado por Myrtos.
De los 28 poemarios publicados, sobresalen Jinetes Nocturnos, de 1974/75, Tus náufragos, Chile, de 1993, Capitanía del Viento, de 1994, El Transeúnte de Barcelona , de 1997, Madre Oceánica, Valparaíso, de 1999, Megalítica, de 2000, Ebriedad , de 2003, y la Antología Esencial.
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