En tiempos de Noé Embry
Subiré hasta el monte más alto de estas tierras,
pondré mi esqueleto en forma de pez,
mi cuerpo con escamas será
evidencia para el futuro,
“hasta aquí llegaron las aguas”.
no faltará el escribidor
que anuncie en detalle de lo que
habría pasado hace dos mil años,
llevaré, llevaré conmigo, para más despistar,
un par de tijeras, una aguja,
hilo y un botón,
subiré por el sendero maldito del demonio
con mis botas de segunda mano
y el casco de camuflaje
del ejército alemán,
y para que quede evidencia
de frescura en mi estómago,
llevaré, llevaré también una ensalada de apio;
con una piedra afilada
grabaré mi nombre “ hasta aquí
llegaron las aguas”, y sin dejar
más pistas que un gran misterio en el valle, ç
desapareceré de este mundo,
dejando atrás la imagen
congelada de un mamut
descubierto en la Siberia.
Clásico
Gracias, gracias don Conde de Lucanor;
es que hoy
me acuerdo de mis amigos,
a cada uno los recuerdos,
a los obesos y a los delgados
como una escoba,
algunos con rostros borrosos,
la mayoría con nitidez,
todos vienen a mí, se agazapan
en dos o tres filas, sillas deslizan,
se juega con el lenguaje,
se inventan palabras groseras,
en grupo se retrata conmigo debajo de un árbol,
son de mis tiempos escolares
y de los que ya no tengo memoria
y también de los de ahora,
todos mezclados como es bueno
en poesía, vivos y muertos todos juntos;
ahí me viene la señorita Ana,
que en la palma de mi mano abierta
me da dos golpes con una regla;
invento otras palabras,
yo me digo mordiéndome los labios:
“ a ésta más la quiero”,
con sus ojitos celestes,
flores y manzanas
que en forma anónima le pongo
encima de su escritorio;
gracias, gracias, don Conde de Lucanor,
si no le hubiese conocido a usted
no tendría tantos amigos en mi cabeza.
La poesía se bebe sola
Para evitar una caída vertical,
mi amada me ha reservado
una pasaje en tren
con una cama muy dura
bajo el vaivèn de sus olas
me he metido dentro de un zapato
que navega cómodamente
en las aguas azuladas
de un Vicente Huidobro;
no me importa la familia
de donde usted venga,
yo no me fijo en esas cosas,
me basta en la poesía
que por atrás tenga buenas piernas,
robusto y sano el tronco,
sus raíces como uñas
que levanten de energía el pavimento,
y dos manzanas que tenga
bien rosadas en el frente, un racimo de uvas
blancas o negras;
y así no más, dando dos pasos hacia delante
y dos pasos hacia atrás,
ni uno más, ni uno menos, me hice creyente,
de los siete días del universo,
de un zapato sale cantando
un canario amarillo,
del otro, un pájaro más oscuro,
el primer pájaro que vi
venía diciendo: ¿quién
ha visto por aquí mis cantos?
el otro, que vive en los montes,
se comía las palabras,
así llegó la noche
y la noche habló entre nosotros: ¿quién
ha visto por aquí una mañana refulgente?
esta es la moraleja: no
ponga Coca Cola en este vaso,
la poesía que arde se bebe sola.
Lejos, muy lejos de ti
Yo lo veo en la superficie de
la tasa de café que bebo en el bar,
- aquí, lejos, muy lejos de ti – el Apolo 11
está a punto de salir disparado
al espacio sideral,
- aquí, lejos, muy lejos de ti –
veo la plataforma 39 A del complejo
de Cabo Kennedy, Florida
los pobres astronautas están vestidos
de uniforme blanco,
ya no pueden escapar del encierro,
- aquí, lejos, muy lejos de ti –
yo me digo: “pobrecitos, encima
del ser humano”, un cohete Saturno V,
es decir, un toro blanco enfurecido
goteando babas por los dientes,
a punto de despegar de la tierra,
toro, toro, que echas espuma
en el espacio celeste,
-aquí, lejos, muy lejos de ti,
el primer hombre llega a la luna,
brinca embetunado de leche,
de la órbita selenita salta feliz
dentro de la taza de café
que bebo en el bar.
Nadie se juega con la telefonía
Me he convertido
en un vulgar adivino,
cierro los ojos y escucho,
por mis orejas
entran tus tormentos,
tus carreritas, tus afanes,
que te pones
y te quitas tus aretes,
se caen los minúsculos brillantes
de baratija, me confundo,
pierdo la paciencia,
el experimentado caballero
apresura el paisaje, todo lo que
hay en la cabeza
se va velozmente a los pies,
poco a poco se borran
huellas de los amores que no echan raíces,
las bancas de los jardines,
el caballo y el paisaje amarillo,
pongo mi boca en las puertas
de estas casas
que parecen cajas de chocolate
y las repinto con mi lengua,
en mis orejas hay un pájaro amarillo,
con tus piernas las habitaciones andan,
ya no cierra los ojos el viejo adivino:
con la telefonía móvil
nadie se juega; el 2345
es un pajarito que canta en la oreja
de todo lo que pasa
al otro lado de las montañas.
No vigilan en los parques
Los ingleses, franceses y alemanes
que amo tanto,
cuando miran a la gente
no vigilan en los parques,
en unos pocos segundos,
restringen sus miradas,
luego las quitan de encima,
y no dicen nada, nunca comentan
los defectos de otros por la espalda,
tampoco lo dicen de frente,
nunca se ha visto seres humanos
tan circulares y reservados
como los ingleses, franceses y alemanes
que amo tanto;
si alguien fuera sorprendido
mirando a otro individuo,
aquel que hubiese sido observado
tiene plenos derechos de llamar a la policía,
“mire, este señor, esta señora,
hace rato que me esta mirando”,
definitivamente, así se controlan las ofensas:
ellos no vigilan, tuercen los ojos,
y para sonreír estiran los labios.
Este don, don nadie que escribe
Este don, donde nadie que escribe
– del siglo XIII al siglo XXI -
dice tener una
familia muy distinguida,
unos dicen que viene
de Escocia, otros del
puerto marítimo de Portsmouth,
yo que nada vengo de esa semilla
me reconozco
en los asirios y en los medos,
en los egipcios y en los macedonios,
en los romanos y en los griegos,
en los ingleses y en los españoles,
y aquí estoy, pues, con esta cara
de inocente
viendo el rostro de dios
que se me aparece entre las ramas
de las mujeres que yo amo,
entre los elementos
de la naturaleza salvaje,
después de la lluvia de granizo,
después de la hepatitis y del incendio
de la casa, bajo la avalancha de lodo y nieve,
veo el origen de todo,
desde un huesito de un pie,
hasta la mano borrosa de aquel bisabuelo,
que me trajo de las estrellas
estas piernas que bailo,
este don, don nadie que escribe.
Algo maravilloso sucede
Todo ha de flotar para mí,
flota el lapicero y las gafas,
un cuerpo relajado por el agua tibia,
dos brazos,
dos piernas, diez dedos,
la espuma y el jabón
y el cuerpo tuyo,
por mi culpa, o por tu culpa,
todo flota en la bañera,
por si alguna mancha,
algún punto confuso
de la memoria se hubiese
quedado prendido en la piel,
todo papel escrito flota,
quizás las aves plásticas
del jardín devoren estas palabras,
este capricho de flotar a distancia,
dos elefantes en el zoo,
astros fuera de nuestra galaxia,
y nosotros mismos
mirando la tierra – muestre usted con el dedo
donde le indico- esa es
la casa donde eventualmente vivimos;
cuando salgamos de la espuma,
el lápiz, las gafas, el jabón,
todos en su orden natural,
y nosotros, limpios, listos para
emprender otra jornada, saldremos
de viaje por aquel espacio azul
lleno de manchas blancas,
no de flores, de luces transparentes,
verdaderas, nunca falsas.
Eduardo Embry
Eduardo Embry, poeta chileno residente en Londres, nacido en 1938, cuyos libros de poesía Poder invisible (1975), La vaca del señor Don Gato (1980), Cartas edificantes (1980), Para santos y herejes (1990) y Doble clic (1999) se ven ahora coronados por una obra reciente publicada este año por la prestigiosa editorial Monte Avila en Venezuela, Manuscritos que con el agua se borran, que “ representa un esfuerzo por agrupar la producción poética de este reconocido poeta chileno”. Otro hecho importante que marcó el paso de Embry por Chile fue la concretización de una filial de la Sociedad de Escritores de Chile, la agrupación gremial de los escritores chilenos, en la rubia Albión. Entonces, nos atrevemos a hacer a Eduardo Embry las preguntas siguientes: