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Actas : Poesía


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Poemas de Eduardo Embry
Eduardo Embry


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En tiempos de Noé Embry

 

Subiré hasta el monte más alto de estas tierras,

pondré mi esqueleto en forma de pez,

mi cuerpo con escamas será

evidencia para el futuro,

“hasta aquí llegaron las aguas”.

no faltará el escribidor

que anuncie en detalle de lo que

habría pasado hace dos mil años,

llevaré, llevaré  conmigo, para más despistar,

un par de tijeras, una aguja,

hilo y un botón,

subiré por el sendero maldito del demonio

con mis botas de segunda mano

y el casco de camuflaje

del ejército alemán,

y para que quede evidencia

de frescura en mi estómago,

llevaré, llevaré también una ensalada de apio;

con una piedra afilada

grabaré mi nombre “ hasta aquí

llegaron las aguas”, y sin dejar

más pistas que un gran misterio en el valle, ç

desapareceré de este mundo,

dejando atrás la imagen

congelada de un mamut

descubierto en la Siberia.

 

 

Clásico

 

Gracias, gracias don Conde de Lucanor;

es que hoy

me acuerdo de mis amigos,

a cada uno los recuerdos,

a los obesos y a los delgados

como una escoba,

algunos con rostros borrosos,

la mayoría con nitidez,

todos vienen a mí, se agazapan

en dos o tres filas, sillas deslizan,

se juega con el lenguaje,

se inventan palabras groseras,

en grupo se retrata conmigo debajo de un árbol,

son de mis tiempos escolares

y de los que ya no tengo memoria

y también de los de ahora,

todos mezclados como es bueno

en poesía, vivos y muertos todos juntos;

ahí me viene la señorita Ana,

que en la palma de mi mano abierta

me da dos golpes con una regla;

invento otras palabras,

yo me digo mordiéndome los labios:

“ a ésta más la quiero”,

con sus ojitos celestes,

flores y manzanas

que en forma anónima le pongo

encima de su escritorio;

gracias, gracias, don Conde de Lucanor,

si no le hubiese conocido a usted

no tendría tantos amigos en mi cabeza.

 

 

 

La poesía se bebe sola

 

Para evitar una caída vertical,

mi amada me ha reservado

una pasaje en tren

con una cama muy dura

bajo el vaivèn de sus olas

me he metido dentro de un zapato

que navega cómodamente

en las aguas azuladas

de un Vicente Huidobro;

no me importa la familia

de donde usted venga,

yo no me fijo en esas cosas,

me basta en la poesía

que por atrás tenga buenas piernas,

robusto y sano el tronco,

sus raíces como uñas

que levanten de energía el pavimento,

y dos manzanas que tenga

bien rosadas en el frente, un racimo de uvas

blancas o negras;

y así no más, dando dos pasos hacia delante

y dos pasos hacia atrás,

ni uno más, ni uno menos, me hice creyente,

de los siete días del universo,

de un zapato sale cantando

un canario amarillo,

del otro, un pájaro más oscuro,

el primer pájaro que vi

venía diciendo: ¿quién

ha visto por aquí mis cantos?

el otro, que vive en los montes,

se comía las palabras,

así llegó la noche

y la noche habló entre nosotros: ¿quién

ha visto por aquí una mañana refulgente?

esta es la moraleja: no

ponga Coca Cola en este vaso,

la poesía que arde se bebe sola.

 

 

Lejos, muy lejos de ti

 

Yo lo veo en la superficie de

la tasa de café que bebo en el bar,

-         aquí, lejos, muy lejos de ti – el Apolo 11

está a punto de salir disparado

al espacio sideral,

-         aquí, lejos, muy lejos de ti –

veo la plataforma 39 A del complejo

de Cabo Kennedy, Florida

los pobres astronautas están vestidos

de uniforme blanco,

ya no pueden escapar del encierro,

-         aquí, lejos, muy lejos de ti –

yo me digo: “pobrecitos, encima

del ser humano”, un cohete Saturno V,

es decir, un toro blanco enfurecido

goteando babas por los dientes,

a punto de despegar de la tierra,

toro, toro, que echas espuma

en el espacio celeste,

-aquí, lejos, muy lejos de ti,

el primer hombre llega a la luna,

brinca embetunado de leche,

de la órbita selenita salta feliz

dentro de la taza de café

que bebo en el bar.

 

 

Nadie se juega con la telefonía

 

Me he convertido

en un vulgar adivino,

cierro los ojos y escucho,

por mis orejas

entran tus tormentos,

tus carreritas, tus afanes,

que te pones

y te quitas tus aretes,

se caen los minúsculos brillantes

de baratija, me confundo,

pierdo la paciencia,

el experimentado caballero

apresura el paisaje, todo lo que

hay en la cabeza

se va velozmente a los pies,

poco a poco se borran

huellas de los amores que no echan raíces,

las bancas de los jardines,

el caballo y el paisaje amarillo,

pongo mi boca en las puertas

de estas casas

que parecen cajas de chocolate

y las repinto con mi lengua,

en mis orejas hay un pájaro amarillo,

con tus piernas las habitaciones andan,

ya no cierra los ojos el viejo adivino:

con la telefonía móvil

nadie se juega; el 2345

es un pajarito que canta en la oreja

de todo lo que pasa

al otro lado de las montañas.

 

 

No vigilan en los parques

 

Los ingleses, franceses y alemanes

que amo tanto,

cuando miran a la gente

no vigilan en los parques,

en unos pocos segundos,

restringen sus miradas,

luego las quitan de encima,

y no dicen nada, nunca comentan

los defectos de otros por la espalda,

tampoco lo dicen de frente,

nunca se ha visto seres humanos

tan circulares y reservados

como los ingleses, franceses y alemanes

que amo tanto;

si alguien fuera sorprendido

mirando a otro individuo,

aquel que hubiese sido observado

tiene plenos derechos de llamar a la policía,

“mire, este señor, esta señora,

hace rato que me esta mirando”,

definitivamente, así se controlan las ofensas:

ellos no vigilan, tuercen los ojos,

y para sonreír estiran los labios.

 

 

Este don, don nadie que escribe

 

Este don, donde nadie que escribe

– del siglo XIII al siglo XXI -

dice tener una

familia muy distinguida,

unos dicen que viene

de Escocia, otros del

puerto marítimo de Portsmouth,

yo que nada vengo de esa semilla

me reconozco

en los asirios y en los medos,

en los egipcios y en los macedonios,

en los romanos y en los griegos,

en los ingleses y en los españoles,

y aquí estoy, pues, con esta cara

de inocente

viendo el rostro de dios

que se me aparece entre las ramas

de las mujeres que yo amo,

entre los elementos

de la naturaleza salvaje,

después de la lluvia de granizo,

después de la hepatitis y del incendio

de la casa, bajo la avalancha de lodo y nieve,

veo el origen de todo,

desde un huesito de un pie,

hasta la mano borrosa de aquel bisabuelo,

que me trajo de las estrellas

estas piernas que bailo,

este don, don nadie que escribe.

 

  

Algo maravilloso sucede

 

Todo ha de flotar para mí,

flota el lapicero y las gafas,

un cuerpo relajado por el agua tibia,

dos brazos,

dos piernas, diez dedos,

la espuma y el jabón

y el cuerpo tuyo,

por mi culpa, o por tu culpa,

todo flota en la bañera,

por si alguna mancha,

algún punto confuso

de la memoria se hubiese

quedado prendido en la piel,

todo papel escrito flota,

quizás las aves plásticas

del jardín devoren estas palabras,

este capricho de flotar a distancia,

dos elefantes en el zoo,

astros fuera de nuestra galaxia,

y nosotros mismos

mirando la tierra – muestre usted con el dedo

donde le indico- esa es

la casa donde eventualmente vivimos;

cuando salgamos de la espuma,

el lápiz, las gafas, el jabón,

todos en su orden natural,

y nosotros, limpios, listos para

emprender otra jornada, saldremos

de viaje por aquel espacio azul

lleno de manchas blancas,

no de flores, de luces transparentes,

verdaderas, nunca falsas.

 

 

 

Eduardo Embry

Eduardo Embry, poeta chileno residente en Londres, nacido en 1938, cuyos libros de poesía Poder invisible (1975), La vaca del señor Don Gato (1980),  Cartas edificantes (1980), Para santos y herejes (1990) y Doble clic (1999) se ven ahora coronados por una obra reciente publicada este año por la prestigiosa editorial Monte Avila en Venezuela, Manuscritos que con el agua se borran, que “ representa un esfuerzo por agrupar la producción poética de este reconocido poeta chileno”. Otro hecho importante que marcó el paso de Embry por Chile fue la concretización de una filial de la Sociedad de Escritores de Chile, la agrupación gremial de los escritores chilenos, en la rubia Albión. Entonces, nos atrevemos a hacer a Eduardo Embry las preguntas siguientes:

 






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