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Actas : Poesía


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El verdadero Macondo
Arturo Méndez-Roca


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El Gabo se asomó al infierno del pueblo chico, la vida en el campo, el llano y la selva, en el seno de LA NATURALEZA que desgrana o urde su tejido implacable y ciego y dicta los plazos—siempre breves—de las vidas, la presencia inmutable y generalizada de la muerte y arrastra a seres pequeños y grandes, de sangre roja y caliente o fría, de ojos calculadores o de salto y cogida frenética que desgarra la presa en pleno aire, o que acecha por horas y estira seudópodos o tentáculo. Entre el reino vegetal y el animal, entre el molusco, el batracio, el insecto alado, a medias sumida en el cielo primigenio, a medias secándose al sol, al aire seco que habrá en definitiva de moldear sus formas y llevarlas a un equilibrio de los elementos secos y húmedos, viscosos y suaves al tacto, o que se extienden en una gama tan delimitada como abstracta. Así es como desde mi imaginación citadina veo que ella surge desde los albañales de mi inconsciente que es el mismo que los protozoos del barro, los sapos de la laguna, la araña de dedos gordos que como un lento guante peludo se desplaza por senderillos apenas iluminados que su propio paso ha excavado en el curso de milenios.

 

Entonces es que me he paseado con mi mochila de estudiante que recorre los parajes para él exóticos del campo, la provincia—ya que vengo de la ciudad, de los pasajes y casas bajas a lo más de dos pisos de mi extenso barrio de CLASE MEDIA, cuya vida circula protegida y regimentada por ciclos de funcionamiento de fábricas y oficinas, de locomoción y programación radial y televisiva, de horarios de almacenes, supermercados y trenes, de recolección de basura y reparto de leche, cartas y encomiendas—cubierto todo por la sombra más psicológica que material o física que proyectan los EDIFICIOS DEL CENTRO—cubierto todo lo anterior por una RED ELECTRÓNICA que como una tupida red de araña o una crisálida o capullo se extiende sobre todo el conjunto de todas las ciudades y que salva océanos, cordilleras, pantanos y las selvas que nosotros—no yo, la especie, los hombres, estamos hablando en general—estamos tratando de dominar, incluso de eliminar desde nuestra misma incepción en un impulso casi ciego que es casi suicida pero que nos dice que la única alternativa para construir a un ser humano humano pasa por la superación, destrucción casi de lo que se llama LA NATURALEZA y que se personifica y opera como esa mujer arriba descrita, que es una empresa que se deja desarrollar en forma ciega ya que a la vez acarrea nuestra propia disolución, desaparecimiento.

 

Ella es la que surge, bañada en sangre, con la cabellera envuelta en un fuego luminoso, ya formada y de alguna manera anciana con toda la ancianidad—llenado de pavor mi conciencia finita y vestigial que se acurruca en un rincón de este laberinto de cristal y  de concreto, quizás tan imperecedero como ella—a la poste, a la postre—que no es la mía, porque aunque estiro los segundos y los años y me asomo a veces a los abismos vacíos del ABURRIMIENTO, la razón compara, saca sus cuentas y me dice que sólo soy un latido de ese verde corazón, un abrir y cerrar de ojos de sus pestañas, una contracción de su vulva que tiembla frenética en los ardores pulsantes del autoerotismo





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La cita Trunca. ed. Jorge EtcheverryOttawa: Editorial Poetas Antiimperialistas de América. Jun 7, 2009
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