No te creas. No me son ajenas las obsesiones, las mañanas o tardes pasadas recorriendo las calles semivacías, frecuentando los mismos centros comerciales, cuando me pasaba las noches dándole vueltas a lo mismo, en ese tiempo no tenía muchos medios, parece, no me acuerdo mucho—no quiero acordarme mucho—al menos de esas ocasiones, a veces me parece recordarme a mí mismo flaco, según me decían, EL FLACO, además como me veía yo mismo viniendo de los cristales de puertas giratorias escaparates de tiendas, las puertas claro, siempre que fueran de vidrio y lo reflejaran a uno, de los cafés en que entraba a fumarme un cigarrillo—en ese tiempo se podía—y tomarme otro café para darle otras vueltas a LO MISMO, en la cabeza y luego de una eternidad salir y darme cuenta de que habían pasado a lo más cinco minutos. Entonces conozco un poco de lo que se trata, sé de lo que estás, o no estás—hablando—por otro lado a mi no me cuentan cuentos—por un lado tratando de sacarse todo eso de la cabeza saliendo otra vez de la pieza o en la casa a caminar sin rumbo, otra vez por las mismas calles, en una de estas yendo a parar a sitios especiales en la cosmogonía de ese universo privado, por otro lado poblado de pocos astros y menos planetas, cada vez más pequeño que ahoga pero del que no se puede—o no se quiere –salir.