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Notas
“Punctum”, rompecabezas del vacío
Jorge Carrasco

Nacido a mediados de los noventa, Punctum de Martín Gambarotta se erige en la voz de una generación. Un acto de presencia. En la tradición literaria argentina instala una artillería boedista postmoderna – disculpen semejante flexibilidad - contra el liberalismo y todo lo que culturalmente encarna. Una resistencia desde un afuera, desde los márgenes, desde la cultura popular, pero no desde un torreón ideológico institucionalizado.

Punctum es el Martín Fierro de la pendejada del fin del milenio. La historia de un despojo. El aquí me pongo a cantar se reemplaza con el aquí me pongo a callar o a gritar, que en este caso es lo mismo. El silencio y la retirada son la denuncia. La juventud arrastrada al fortín del menemismo. Los bárbaros reclutados por la civilización neoliberal para combatir a los bárbaros. El dualismo de una realidad construida dentro y fuera de la pantalla.

“Todo acto es literario”, nos dice Martín Gambarotta, y de esta manera rescata para la literatura ámbitos de realidad excluidos de la tradición poética. Un inventario de época. La relación simbólica de los objetos con una voluntad sistémica, materializada en la telaraña de lo urbano. Punctum fragua la historia del vacío del joven desheredado contemporáneo. Ya sabemos (Rubén Darío y compañía) del vacío del burgués latinoamericano; poco sabemos del vacío de los jóvenes, de su cruda autenticidad antivalórica, en una sociedad indiferente, aceitada de clichés y estereotipos.

Con sus luces, ruidos, ofertas publicitarias la ciudad es un mundo hecho para otros. Un estar adentro y un estar afuera. El estar adentro implica la falsedad, la mentira, los privilegios, el consumo, la aceptación, la inautenticidad, la afiliación partidaria, el mal gusto; el estar afuera implica el rechazo, la refutación, la negación de una época, vivir en el pellejo de un personaje de la ficción televisiva. La ciudad civilizada de Sarmiento: “Cada ciudad tiene su jaula, cada jaula/ el espacio para desplegar un sistema”.

Hay un fluctuar lingüístico que corre desde los extremos. Un lenguaje entrecortado, fragmentado, denotativo irrumpe desgajado de la tradición lírica para mostrar la transparencia del referente, por un lado, y el alejamiento retórico, lúdico, de la superficie del significante o el significado connotativo de la rutina diaria del hastío. Ansias de ser claro y oscuro. Ansias de comunicar y callar. Ansias de libertad dentro de una cárcel. Objetivismo y neobarroquismo. Un estar adentro y un estar afuera.

La telaraña formal y significativa remite al modernismo anglosajón, Saer, Lamborghini, Perlongher, la beat generation y el contraculturalismo punk.

El escenario es una habitación de una sociedad moderna; el protagonista, un hombre rodeado de objetos, imágenes, recuerdos, o “cosas sin nombre”. La subjetividad de la poesía en manos de una intención narrativa: contar el afuera desde un adentro escéptico, sin ataduras, desgajada del sentimentalismo autobiográfico. Los personajes – individuos anónimos en una sociedad indiferente - aparecen y desaparecen sin rastros de origen o destino: Guasuncho, Confucio, Manolo, Cadáver, la Novia de Iggy Pop. Antes del corte de la programación una conciencia se prepara para caer al transcurso agobiante de las horas. El televisor sin imágenes es un encuentro consigo mismo. La tortura de la lucidez y la vigilia. Una noche neutra en la lucidez insoportable del insomnio: “Y en qué momento un hombre pierde/ noción y su mente queda en blanco:/ cuando no puede dormir y no aguanta/ el hecho de estar despierto”.

En la máquina corrosiva del tiempo múltiples objetos cotidianos pasan por la etapa degradante del uso humano: tenedores torcidos, hojas de afeitar usadas, estatuita de oro falso, trofeos de plástico, vasos rajados, cucharas, cassettes, gomas de borrar, fichas de larga distancia, aerosol, cartón de yogur, velocímetros rotos, restos de chicle en el labio, vidrios rotos, filtro de un cigarrillo flotando en el agua, etiquetas descoloridas, moho azul, sifones de sodas a medio consumir, tachos con aceite de cocina usado. Muchos de estos objetos, al ser mencionados en el proceso de uso, detallan el cansancio seres vivos en estado de debilidad y la derrota del emisor (“plantas alicaídas/descompuestas”, “un resabio de óxido en el agua/ ese gusto, rojo, del tiempo pasando”).

Un estado de confusión impide razonar para distinguir los hechos. Relatividad moral: “Nadie puede saber/si lo que hace está bien/mal”. Libertad: camino del hastío o del vacío. Muerte de los ideales: “…todavía conserva la musculosa con las letras gastadas/ U / O / M / azules estampadas arriba de la palabra lealtad / en negro con la que andaba en ese tiempo / y ahora se pone / para dormir algunas noches cuando viene su amiga / en el tren eléctrico de la capital”. El imposible retorno al pasado: “Y mucho más tarde, después de darse/ cuenta que lo difícil no es fundar un sistema/ sino refundarlo, mucho más tarde: negro sobre negro/ y negro nuevamente”.

Problemas sociales durante el gobierno menemista; la juventud sin trabajo ni futuro: “Enero, enero,/ la pendejada reseca y sin trabajo: / todo es simple si uno / se acobarda en el juego sucio”. Una sociedad dividida. El momento exige acción, la práctica antes que la teoría: “…quememos estos libros/ y salgamos a ver la lucha de clases/ en los copetines de la tarde…”. El desengaño, la desilusión: “Esa noche el Guasuncho / fumaba Oxi Bithué / después de haber roto / su ficha de afiliación”. Y de pronto la imagen de la realidad: “La diferencia entre/ un superhéroe y un tipo aturdido/ con remera de Marley/ acomodando cajones de fruta vacíos/ en un terreno baldío”.

Medios de comunicación, series, publicidades, propagandas, rock and roll, ruidos de la gran ciudad. Zapping, globalización, neoliberalismo: “el enemigo tiene estilo/ robado de Canal 13”. Tomando una lata de cerveza, comiendo mostaza francesa, atún, pan lactal saber del tiempo en Berlín o Londres. El cambio de escenario señala la igualdad de destinos, la soledad, la incomunicación, aquí y en cualquier parte del mundo. El desdén por los productos simbólicos de la alta cultura, representados en el Quijote o la música clásica: “…sacá, dice Hielo, esa basura/ clásica de la radio/ y poné heavy”.

La identidad y sus estereotipos. Desde el costado de la estructura social reproduce la diferencia de la visión dominante: “Así que no te hagás el negro,/ el negro de mierda muere viajando de polizón/ y baila a lo grasa en el Súper Verdi Tropical, / duerme en una pieza sin enchufes”, o bien: “Rodeada de animales domésticos la Novia de Iggy/ con cara de vicio dice: ‘sos un rubio con mentalidad/ de negro’”, o bien: “Sentados en cajas de bebidas/ los negros fuman Gitanes, /la marca nueva y hablan mal de los judíos”. O También: “Ese negro, su buzo Adidas, su actitud de mierda,/ sus pantalones bombilla y los espasmos en la dentadura”. Para los demás los “negros” solo existen en situaciones de violencia. Son una amenaza. Como los inmigrantes limítrofes: “Y oficiales chuecos pidiendo/ documentación a bolivianos”. El descreimiento en la justicia: “Una vez nos gustó/ mucho que un preso o algo así,/ un tipo acusado de haber hecho algo mal,/mirara la cámara diciendo:/ yo no confío/ pero para nada/ en la justicia”. El dinero – que no se tiene - compra todo. En la lucha “el combatiente más peligroso es el combatiente resentido”.

Subyace en el escepticismo un cuestionamiento moral y valórico. Nadie está libre de culpas: “…algunos roban estéreos, otros roban esposas/ pero todos robamos”. ¿Qué es el amor? “Y ella me dice / tu novia sabe lo que querés / pero yo sé lo que necesitás”. El amor periférico de las minorías. Guasuncho y Cadáver tienen una relación gay, al igual que Cadáver y el hermano del Lagarto. El deseo, el sexo, el amor fugaz, el instinto traspasa clases sociales: “La chica burguesa se quedó/ hasta el final del recorrido del 39/ para que el negro del interno 12 se la montara/ bien montada”.

Hay un orden, pero está armado para otros: “Cadáver, porque nadie rompe/la vidriera de la concesionaria/ y se lleva la cupé Mazda, azul, brillante/ se sabe que hay un/ orden social establecido…”. La injusticia medra en el consumismo ajeno. El hastío, las ansias de evasión: Un auto que los lleve/ de donde sea al lugar que sea. La dilución de los objetos en otros objetos, del pasado en el presente, de la ilusión en el fracaso, del compromiso en el amargo escepticismo. Seres que sufren la soledad, la indiferencia y el abandono, y a quienes no esperan en ninguna parte. El imperio de la mentira: “Todas las cosas/ rogando por sinceridad”.

Un nuevo modelo liberal ya tiene sus actores, sus excluidos y sus detractores. Delante del fortín liberal está el rancho en ruinas. El desquite de la anarquía versus la ley. Hay que huir de la prensa asfixiante de la ciudad, pero no hay desierto de indios o tal vez aún existe y está dentro del alma de quien sin esperanzas espera en la vigilia para ver la homogeneidad de un mundo construido detrás de las pantallas. Pero en la oposición no hay una nueva propuesta, no hay un proyecto; la inmovilidad observante es el único camino auténtico de ningún camino.

Punctum es la voz de un tiempo y una oposición a otro tiempo. Completemos la idea: “Todos acto es literario/ y eso apesta”. Una escritura auténtica, un poema construido desde una verdad sin proponérselo, un poema parado en un paisaje móvil, en la línea antihegemónica de la tradición literaria argentina. La insoportable vigilia, el agujero negro de la literatura engullendo sin filtros valóricos, elegíacos o metafísicos la realidad desde su inestable centro de gravedad. Buena poesía y de la otra. Prosaísmo e intensidad del lenguaje. El emisor, desde la autenticidad de su torreón anárquico, a su modo, ha contado de una época carcomida “males que conocen todos,/ pero que naides contó”.