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Notas
Extraterrestre y actividad cultural polaca
El abuelo Choche

Hace bastante tiempo que no me pasaba. Pero lo que pasa es que ahora ando medio distraído, con la guardia baja, no me fijo mucho en los detalles circundantes, en las personas, en fin, estábamos sentados en el café colindante al local donde se celebraba a Polonia, cortesía de su embajada, buena música y danzas, excelente y magros bocadillos, una muestra fotográfica de monumentos e instalaciones del país, de los notables polaconacadienses y alguna artesanía. Ya no estamos mucho para estos trotes, a mí se me nota pero a Sharon. No, con su pelo rojo, muy natural. Se acerca un hombre bajo, gordito, de edad imprecisa y nos pide permiso para sentarse en la mesa. Dobro pozhalovat, le dice Sharon en ruso, tema de su segundo título universitario, porque al lado estaba ese evento polaco y en una de estas el idioma es parecido. El hombre se sienta y asistir, y cómo. Era claro que no lo habían preparado bien, las incongruencias palpables de su relato. Por qué esa premura. En general los extraterrestres son muy cuidadosos. Todavía, cuando escribo estas líneas me dice que se acercó a nosotros por el pelo rojo de Sharon, que se usaba mucho en Polonia, donde dice haber vivido quince años. Acepta un trozo de waffle, muy abundante la porción, aunque un poco desabrida, que le habían servido a ella. Él echa de menos Varsovia, se había ido a vivir después de jubilarse en Canadá, pero hacía bastante tiempo. Pero entonces me empecé a poner nervioso. El gordito parecía entre cincuenta y sesenta, si sumamos su jubilación a los 65, más los 15 años en Polonia, más los indeterminados años viviendo en Canadá de vuelta, donde se casó, y tuvo hijos, entonces nos estamos encontrando casi con un centenario. Se me erizaron los pocos pelos que me quedan. Después hablamos de política, estuvo interesado, o lo fingió muy bien, cuando supo que yo era originariamente de Chile, diciéndome lo indignado que estuvo cuando supo que Pinochet había muerto en su cama, deberían haberlo ajusticiado, dice, tanta sangre inocente, tantos jóvenes muertos, tantos exilados. Todo está muy bien, cuando empieza a hablar a favor de Trump, de la necesidad de controlar el flujo migratorio. Ya me doy cuenta definitivamente de que algo no anda, no funca, no resuelve, como dicen los cubanos. Mi nerviosismo aumenta. Pasa a hablar de su esposa esquizofrénica, de los agobiantes efectos laterales de las drogas antisicóticas, de que a él mismo, siendo depresivo, se las habían recetado. Por razones que no voy a revelar sé que eso no es posible. Entonces me levanto, me voy al baño, después me voy al lado, a ver las danzas polacas y una intervención muy virtuosa de jazz de un grupo directamente de Montreal, mientras me pregunto por qué otra vez y en este evento, ‘acaso sabían que yo iba a invade el miedo y me pierdo en conjeturas