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Notas
El reemplazo de la humanidad
Nieves y Miro Fuenzalida

¿Quién viene después del ser humano? ¿El súper humano o la súper maquina? En este siglo la humanidad tratará de sobrepasar sus propios límites. Lo curioso es que lo mismo que puede llevarla más allá de sus limitaciones presentes puede también llevarla al fin de su supremacía. Si la tecnología digital llega a ser suficientemente poderosa para entender y vencer los mecanismos del envejecimiento y las enfermedades, también lo será para reemplazar a los humanos en cualquier tarea. Según el historiador Yuval Harari el cumplimiento del sueño humanista puede significar el fin del humanismo. Los humanos están en peligro de ser reemplazados por algoritmos de computadoras.

El gran proyecto modernista fue el de encontrar sentido en un mundo carente de plan cósmico. Después del colapso de Dios dejamos de ser actores en un drama cósmico y, sin director de escena, quedamos solos a nuestra merced. El problema entonces es, ¿cómo vivir en un mundo carente de significado? La respuesta de la revolución humanista fue la de colocar al ser humano en el lugar de Dios.
Tradicionalmente el gran diseño cósmico le daba sentido a la vida humana. El humanismo invierte los papeles. Ahora el sentido de la vida y del universo debe extraerse de las experiencias interiores. En las culturas pre modernas la gente no creía que ellas podían determinar por sí solas qué es el bien, el mal, lo bello o lo feo, la verdad o la mentira. Sólo Dios podía definir lo que es, y sólo él podía decirnos qué pensar y cómo actuar. Y si queríamos saber algo más la Biblia daba la respuesta. Las verdades absolutas y el significado de la vida y el universo estaban basados en una ley o autoridad eterna súper humana. Quien no seguía el programa era tirado a la hoguera, era enviado a la horca o descabezado, como hoy hacen los fundamentalistas musulmanes. El humanismo no quiere nada de esto. No hay libreto, no hay significado, las cosas simplemente pasan una después de otras y en lugar de propósitos hay sólo causas. Pero, esto no significa que la vida no tenga sentido. Sólo que esta vez se cuela en nuestras vidas, no desde una realidad trascendental, sino desde las entrañas mismas de nuestro ser.

En lugar del vacío del universo exterior ahora tenemos un universo interior lleno de riquezas sin fin. Si queremos saber cómo actuar frente a un dilema ético, no tenemos que recurrir a una autoridad exterior porque la respuesta la podemos encontrar en nuestras propias experiencias y sensibilidad interior. Si nuestros sentimientos no son muy claros los conversamos con nuestra mejor amiga o con el terapista quienes, en lugar de decirnos qué hacer, nos ponen en contacto con nuestro interior…  “¿cómo te sientes frente a esto?” Lo que decidamos es nuestra responsabilidad. Por eso el lema del humanismo ha sido: “búscate a tí mismo”. El encuentro con nuestra autenticidad es la última piedra de toque que, como decía Sartre, nos condena a ser libres.

Las experiencias, a diferencia de los átomos, moléculas o genes son fenómenos subjetivos que incluyen sensaciones, emociones y pensamientos… placer, tensión, frío, miedo, enojo, asombro, angustia, razonamientos, etc. y estas experiencias, junto con la sensibilidad y reflexión, se van convirtiendo, a través del tiempo, en la fuente que permite decidir qué es lo bueno, bello, malo o feo. Si se le da al individuo máxima libertad para expresarse a sí mismo y seguir lo que su corazón le dice el mundo puede finalmente disfrutar de paz y prosperidad. El elector y el cliente siempre tienen la razón. La música de Vivaldi, Lucho Gatica y los cantos de los pigmeos congoleses son, cada una de ellas, experiencias humanas que valen tanto como cualquier otra porque cada una de ellas es una contribución única que enriquece el mundo con nuevos significados. El respeto a experiencias diferentes a las nuestras es lo que posibilita la convivencia pacífica.

El motor a vapor y la electricidad trajeron el humanismo en los dos últimos siglos. En esta centuria la biotecnología y el algoritmo computacional traen nuevos cuerpos, cerebros y mentes que empiezan a exponer las limitaciones del individualismo liberal y la ceguera de los electores y consumidores. El libre albedrío y la sí mismidad se encuentran en serios aprietos. Procesos electroquímicos, composiciones genéticas, presiones evolucionarias y accidentes subatómicos aleatorios amenazan con tomar su lugar. Decisiones que son el resultado de una cadena de eventos químicos, cada uno determinado por eventos previos, están bien lejos de ser producto de nuestra voluntad. El determinismo y el azar, según las ciencias cognitivas, han dividido todo el campo sin dejar lugar para la libertad. Muy pronto, así como van las cosas, terminará en el desván de la historia haciéndole compañía al alma y el espíritu. Pero, ¿cómo puede ser esto cuando positivamente sabemos que actuamos de acuerdo a nuestros deseos y voluntad? Mi experiencia así lo dice. Si leo Cien años de soledad en lugar de mirar la televisión es mi decisión, porque eso es lo que quiero, ¿cierto? Bueno, de acuerdo, si decimos que el libre albedrio es actuar de acuerdo a nuestros deseos, al igual que los chimpancés, los gatos y las jirafas. La creencia corriente es la de asumir que poseemos una esencia interna que constituye nuestro verdadero y auténtico ser que posee varios deseos al igual que uno posee una bicicleta, una boina o una radio y que uno elige los deseos al igual que uno elige la ropa que va a usar en el día.

La cosa, sin embargo, no es tan simple, ¿somos realmente nosotros quienes elegimos nuestros deseos? Según las últimas investigaciones bioinformáticas yo no elijo ni mis deseos ni la cadena de razonamientos que me hacen, por ejemplo, elegir a la izquierda política en lugar de la derecha. El uso de escáneres cerebrales predice las decisiones y deseos de la gente antes que ellas estén conscientes de ellos (Natura Neuroscience 11:5 2008 543-5). Experimentos muestran que deseos y sentimientos complejos tales como el amor, enojo, miedo o depresión pueden ser manipulados, creados o aniquilados gracias al uso de drogas, ingeniería genética o estimulación cerebral. Si toda esta nueva tecnología se hace rutinaria la libre elección de los clientes y electores será otro producto que se puede comprar. Y junto con la libre voluntad la creencia liberal en la individualidad también resulta ser un mito más igual que la teoría del flogisto o el éter. No somos individuos, seres singulares e indivisibles. Nuestro cuerpo está compuesto de 37 trillones de células y cada día este cuerpo junto con la mente sufren incontables permutaciones y transformaciones. Si miramos dentro de nosotros encontramos, no una sola y auténtica voz, que se supone sería la fuente de sentido y autoridad en el mundo, sino una cacofonía de voces en conflicto que nunca callan, ¿cómo sabemos cuál de ellas es la auténtica? Los humanos, en realidad, no son individuos. Son dividuos.

Hasta hace poco pensábamos que sólo los seres conscientes podían realizar tareas que requieren gran inteligencia como diagnosticar enfermedades, manejar automóviles, jugar ajedrez, resolver crímenes, enseñar, etc. La cosa ahora empieza a cambiar. El desarrollo de inteligencias no conscientes muestra que ellas pueden realizar las mismas tareas mejor que los humanos. Lo tremebundo es que los algoritmos no conscientes muy bien puede que aventajen la conciencia humana en el reconocimiento de diseños. Desde el punto de vista corporativo la inteligencia es mandatoria, la conciencia es opcional. Luego la cosa entonces es esta: ¿qué haremos cuando los algoritmos sean capaces de enseñar, diagnosticar y diseñar mejor que los humanos? La visión optimista dice que hay muchas cosas que podemos hacer mejor que las máquinas, por muy inteligentes que sean. No, según la ciencia del siglo XXI, todos los organismos son algoritmos, incluyendo los humanos. Más aún, el material que se use, sea carbón o silicón, no afectan los cálculos. Por tanto, no hay razón para pensar que los algoritmos orgánicos pueden hacer cosas que los inorgánicos no puedan hacer.

Las experiencias y emociones, que suponemos están a la base de nuestra autenticidad y libertad, no son finalmente fenómenos espirituales misteriosos imposibles de reducir a la ley material, sino algoritmos bioquímicos vitales para la sobrevivencia y reproducción de la vida orgánica. Los algoritmos, digamos, son un conjunto de pasos metódicos que pueden ser usados para hacer cálculos, resolver problemas y llegar a decisiones. Los algoritmos que controlan las máquinas expendedoras, por ejemplo, funcionan a través de engranajes mecánicos y circuitos eléctricos que siguen paso a paso las mismas instrucciones. Los que controlan el funcionamiento humano lo hacen a través de sensaciones, emociones y pensamientos. Y los mismos que controlan al animal humano controlan a las ardillas, las ovejas y las hormigas. La diferencia con los que controlan las máquinas expendedoras es que los orgánicos son mucho más complejos.
La autenticidad del yo y la individualidad es la base de nuestra libertad, según el modernismo. Pero, dice Harari, si ambas son problemáticas el sistema eventualmente reemplazará la autoridad y libertad del individuo. Un algoritmo externo teoréticamente puede conocernos mucho mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos. Uno que puede observar cada uno de los sistemas que componen mi cuerpo y cerebro puede saber exactamente quién soy yo, cómo me siento y qué quiero. Tal algoritmo muy bien puede reemplazar al elector, al cliente y al crítico. El algoritmo sabe más, no se equivoca y la belleza, el bien y el mal se podrían encontrar en sus calculos. No sería raro que, si llegáramos a ese punto, la creencia en el individualismo desapareciera y la autoridad se traslade del individuo a las redes algorítmicas que harán las decisiones mas importantes.

Por los últimos 70 mil años las experiencias humanas han sido los algoritmos más eficientes en el procesamiento de datos en el mundo. El problema es que, como nada existe eternamente, estamos llegando al punto en que nuevos algoritmos sobrepasarán a los humanos. La ventaja de los humanos sobre los chimpancés es que los primeros absorben más datos porque tienen mejores algoritmos que les permiten experimentar emociones más profundas y poseer habilidades intelectuales superiores. ¿No es el caso que con un sistema de procesamiento que absorba muchísimos más datos en forma más eficiente y rápida que el humano, será superior al humano en la misma forma que el humano es superior al chimpancé? Choferes, pilotos, marinos, doctores, abogados, profesores, poetas y músicos podrán ser reemplazados por programas computacionales superiores. Lo inquietante en todo esto es que con el aprendizaje automático y la red neuronal artificial más y más algoritmos evolucionan independientemente, se mejoran a sí mismos y aprenden de sus propios errores. Analizan una cantidad astronómica de datos y aprenden a reconocer diseños y adoptar estrategias que escapan a la mente humana. Eventualmente tendrán más poder que nosotros, ¿en ese escenario, no es el caso que el ser humano pasaría de Homo Sapien a Homo Obsoleto?
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NIEVES Y MIRO FUENZALIDA (Chilenos, residentes en Ottawa, Canadá), profesores de filosofía.