![]() |
|
Cada dos años los señores de la guerra literaria, elevan a sus guerreros de culto y los presentan a la comunidad o más bien a los funcionarios del Estado, con el objeto del reconocimiento oficial y la seguridad económica que aporta para el beneficiado.
El premio nacional de literatura es eso, una intrínseca disputa de camarillas culturales, políticas y académicas en busca de tensionar a la autoridad o al jurado existente con un nombre, una obra, un discurso.
Se trata entonces, de incluir en la última hebra del escudo nacional al ungido o ungida de turno, para luego sacar elegantemente la lengua a los que sucumbieron en el camino -y que estos a su vez- tengan la oportunidad de despotricar a su gusto contra la persona premiada, aportando unas cuantas líneas a la sección E de “Artes y Pegas” en el mentado “decano” de la prensa criolla.
Se dice que este año es el turno de los poetas, se dice que los jurados no son del todo competentes; exceptuando al premiado anterior, se dice que la sociedad de escritores debiera recuperar su sitial en el proceso de selección, otros en cambio, quisieran dar un aspecto más académico a tan importante ceremonia.
Lo que no deja indiferente a casi nadie del mundillo literario, es el simbolismo acompañado de un aporte estatal, no tan generoso como los sobresueldos, asesorías y dietas parlamentarias pero, como dice el dicho “a caballo regalado no se le miran los dientes” y los hombres de letras saben ser sensatos, políticamente correctos e incluso un poco serviles en algunos casos, cuando se trata de un reconocimiento estatal.
De ahí que sin ánimo de representar a nadie, asuma sin embargo en una especie de auto referencia, la voz de los escritores (in)visibilizados para la crítica y las editoriales, esos que juntan los pesos para conseguir una publicación y viven al tres y al cuatro, restando tiempo al sueño en busca de una imagen o una idea que los consuele y los acerque a la esquiva felicidad.
Compartiendo con ellos la mesa, pregunto a los otros, los de primera clase, los popularmente llamados “vacas sagradas” ¿Es ineludible tanta alocución superflua, en defensa de unos por sobre otros? ¿Será que para conquistar el premio nacional de literatura, haya que presentar un proyecto? O en el mejor de los casos, una semblanza más cercana a una reseña PRE-morten, como requisito.
Será que nuestros literatos asumieron como propio, un principio aglutinador del modelo imperante, la necesidad del marketing encaminado a la difusión del escritor; y este a su vez cosificado, se rinde ante la tentación de transformarse en imagen corporativa, o sea, en empresa.
El premio nacional tiene su origen en una exigencia colectiva de los escritores nacionales - claro está- el mercado en su fórmula de libre competencia distorsiona todo y un premio como este no podía ser la excepción, de ahí que haya decantado en lo que es hoy, un botín insignificante y en ningún caso digno de tan notables creadores.
Para ustedes sugiero otra cosa, la promoción de una nueva ley porque la vigente no se encuentra a la altura de lo que el país debiera lucir ante sus vecinos y mucho menos da cuenta, del esfuerzo creador con que dignifican nuestra idiosincrasia.
Propongo entonces la creación del premio subvención minera de chile o extranjera a las letras nacionales o el premio subvención de las exportaciones culturales no tradicionales e incluso, para ahorrarse las engorrosas votaciones, un decreto ley que establezca el aporte subordinado de la ley Valdés, para creadores de primer orden (todos de carácter vitalicio).
Y con el premio nacional ¿Qué se hace? Se mantiene por supuesto, se establece un método de presentación, por medio de una terna elaborada en la Sociedad de Escritores de Chile, previo sorteo entre sus socios y donde los ministros o ministras de turno y su séquito, distingan al que consideren más apto.
De ningún modo nos ahorraremos acusaciones, polémicas, por la obra de unos y de otros, pero los perros finos y los kiltros no pelearán el mismo plato. |
|
| © Derechos Reservados |