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Actas : Notas Enero 13, 2021


Breve aproximación a "Poesía vertical", de Roberto Juarroz
Jorge Carrasco

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Cuando pisé suelo argentino a mis veinte años, en el comienzo de mi exilio, estaba empapado de poesía cronística, narrativa. Me gustaba una poesía que contara una historia, si era reivindicatoria mucho mejor. Deseaba que la poesía repartiera justicia en un mundo que a mí me parecía injusto, caótico, enemigo. Era, por cierto, una poesía más sentimental, testimonial que intelectual. A mis veinte años, Neruda y otros poetas sociales eran mis referentes.
En Argentina conocí la poesía de Alberto Girri y después de Roberto Juarroz, dos poetas que me alejaron de la contingencia situacional y me adentraron en los juegos del pensamiento. Después vino Borges, pero ese es otro tema.
La poesía de Roberto Juarroz nos despierta, nos sacude la memoria como un recuerdo que no esperábamos. Su poesía se hace con el pensamiento, es una meditación del mundo, y ese pensamiento lo aleja de lo situacional, y esto es así porque para Juarroz la poesía es invención y descubrimiento: “Comprendemos entonces la esencia de la poesía: la realidad sólo se descubre inventándola. La poesía es la visión activa: visión que crea lo que uno ve”. Como se ve, la lejanía de lo narrativo o descriptivo transmite claramente una voluntad de búsqueda de una fragmentaria condensación lingüística:
“El poema es siempre celebración
porque es siempre el extremo
de la intensidad de un pedazo del mundo”
Novena poesía vertical (1987)
En ese ritual de celebración, el poeta descubre la exclusividad de todo lo que existe:
“Si nada se repite igual,
todas las cosas son últimas cosas.
Si nada se repite igual,
todas las cosas son también las primeras.”
Undécima poesía vertical (1988)
Si el lenguaje es el vehículo que exalta el mundo en su transcurso, es también la impotencia para reflejar los finales, los fracasos, las despedidas:
“No tenemos un lenguaje para los finales,
para la caída del amor,
para los concentrados laberintos de la agonía,
para el amordazado escándalo
de los hundimientos irrevocables.”
Undécima poesía vertical (1988)

En todo ese panorama de cosas y vivencias unánimes, el amor es el único asombro y es también el unánime sentimiento que lo liga a la circunstancia, a lo situacional de su existencia:
“Amar es la mayor aceptación
pero también el mayor asombro.”
Undécima poesía vertical (1987)
Pero detrás de toda esa celebración y de todos los asombros que el mundo despierta en el hombre, está la presencia de la muerte coartando toda presencia:
“Mientras haces cualquier cosa,
alguien se está muriendo”.
Poesía vertical I (1958).
En su poesía el ser humano cae y se encumbra, se apaga y brilla, se estira hasta el borde del infinito y es apenas un punto siempre al borde de su desaparición. Fui a buscar al poeta en sus poemas y encontré inscripciones ajenas al espacio y el tiempo. Nacer en la provincia de Buenos Aires ya no importa. Déjenlo hablar y nadie distinguirá en él el dialecto rioplatense. No desea tener historia en este tiempo en que todos se barnizan de acontecimientos. A su poesía no le interesa la levedad de lo que somos aquí y ahora. Quien escribe el poema no se divisa:
“La rosa, ¿es una?
El amor, ¿es dos?
El poema, ¿es ninguno?
Décima poesía vertical (1987)
En tiempos en que todos pertenecen a partidos, a grupos, a academias, a tendencias, Juarroz no pertenece a nada porque sabe que pertenece a todo. Yo que venía de una poesía situada, me vi perdido y embrujado a la vez. ¿Cómo salir del afuera para meterme en el adentro que relativiza el afuera? No lo supe hasta que leí su poesía. Hasta que lo relacioné con nuestro pequeño dios del creacionismo, pero eso es también otra historia. En lugar de llenar de cosas el mundo, lo vacía. No las nombra porque descubrió el mensaje que subyace entre cosas y cosa:
“Pero entre los mensajes de las cosas
se van dibujando otros mensajes
allí en el intervalo
entre una cosa y otra,
conformados por ellas y sin ellas,
como si lo que está
decidiera sin querer el estar
de aquello que no está”.
Novena poesía vertical (1987)
Nombrar las cosas, sin embargo, es una vana intromisión humana en el transcurso del mundo:
“Toda nomenclatura traba
la azul enredadera
cuyos brotes demuestran
que el silencio es un verbo.”
Undécima poesía vertical (1988)
Ya dije que venía de leer poemas que se llenaban con muebles, vestidos, sombreros, batallas de causas justas o injustas, sábanas empapadas de amor húmedo, peces de mares australes, angustias adheridas a la realidad como babosas, y al fin los poemas me miraban como animales domésticos engordados con palabras de lo que materialmente existe. Juarroz no negocia con animales domésticos. Sus versos son flacos, sin apego a la bulla, lo sabemos, pero son tan expresivos e intensos como los huesos que simbolizan la muerte.
En su afán de aforismo, su poesía del pensamiento nos aleja del otro y del entorno:
“Pensar es insistir
en una soledad sin retorno”.
Décima poesía vertical (1987)
Y en este rehuir el mensaje superficial de las cosas, husmea en su revés, en un arriba y abajo, en lo interior y lo exterior. Nos avisa que todo tiene su anverso o reverso. El reverso original último y primero es la vida y la muerte. ¿Y qué está en medio del trayecto? Buscar no es más que no hallar. Todo deja de ser lo que es, nada es fijo, todo tiene su contracara:
“En esta hora en que las formas se deshacen
los fantasmas han optado por sustancias más concretas”
Cuarta poesía vertical (1969)
En ese vaivén de cercanía que reclama lejanía, o al revés, el hombre está solo, indefenso, entregado a su voluntad:
“Soy mi propio sostén y me lo quito”
Poesía vertical I (1958)
Lo vulnerable y fugaz de la vida, o la imperfección como muestra de perfección del ser humano, su pequeñez conmovedora tan teñida de grandeza, cruzan toda su obra:
“Todo transcurso no es más que un punto”

“No hay tiempo.

Ya no hay tiempo.
Pero, ¿alguna vez hubo tiempo?”

“Desheredados del centro,
la única herencia que nos queda
está en lo descentrado”.

“Somos el borrador de un texto
que nunca será pasado en limpio”.

“La altura del hombre no es la altura de la lluvia
pero su mirada suele ir más allá de las nubes”.

“El hombre es el revés del infinito
aunque el azar lo traslade un instante al otro lado”.
Novena poesía vertical (1987)
El lenguaje de su poesía no antecede en su forma a lo nombrado porque no nos quiere impresionar con su artesanía lingüística ni con la forma del poema, sí con su profundidad. En sus palabras se sacude el lenguaje del silencio y se trasluce el objetivo, incumplido, de encontrar un lenguaje que nombre lo que no se puede nombrar y que al tiempo de ser pronunciado haga lo que el emisor no puede hacer:
“Algún día encontraré una palabra
que penetre tu vientre y lo fecunde,
que se pare en tu seno
como una mano abierta y cerrada al mismo tiempo”.
Poesía vertical I (1958).
Soledad y silencio. Y caída. La vida es una modificación que hacemos en la caída. ¿Qué hay más allá de la muerte y antes del nacimiento, en lo que palpita más abajo del fondo y en el otro lado de las cosas? Su poesía es un eterno preguntarse sobre lo que se esconde detrás de la realidad que experimentamos con los sentidos. ¿Qué es lo que hay en lo que no sucede y sin embargo está sucediendo? Nos dice que nos detengamos en las lluvias inmóviles o en las nieves que no caen para caer al abismo de lo que no puede ser expresado con palabras.
Todo poeta es muchos poetas en uno. Díganme cuál es la unanimidad de Neruda. Juarroz fue uno solo desde su única verticalidad o tal vez fue muchos en la otra parte de la historia, donde uno es igual a muchos y ese muchos es igual a una milagrosa nada múltiple. Después de su lectura ya no sé si estoy en este o en el otro lado de la línea o arriba o abajo de su verticalidad.
¿Cuál es el objetivo que le impone al lector? Que se adentre en el poema sin la apoyatura de la búsqueda de sentido, sin fórmulas de interpretación, y que también, en esa caída en el desconocimiento, se desprenda de su experiencia y de su circunstancia, porque detrás de sus palabras hay una búsqueda de lo que no se nombra o la posible llegada a ningún estado de significación. En otras palabras, la posible autonomía absoluta del texto:
Quizás si persistimos
en este oficio desolado
de elevar torres sin andamios,
el lector que no existe
despierte alguna vez
allí donde el lector
ya no es necesario,
porque al final toda lectura se lee sola.

23/12/2020




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