Retroceder Home Correo Search Avanzar
La Cita Trunca 
 
 Actas
 Poesía
 Prosa
 Crónicas
 Notas
 
 Movimiento
 Anuncios
 Diáspora
 
 Catastro
 Poesía
 Prosa
 Ensayo
 Crónicas
 Notas
 Bibliografías
 
 Editorial
 
 Correo
Buscar

Actas : Notas Julio 22, 2020


Después de la vida
Nieves y Miro Fuenzalida

Enviar por Correo-E
 Versión Impresora 
En tiempos coronarios, no estaría demás hacer la pregunta... ¿Qué pasa después de la muerte? Alguna vez, o más de una vez, nos hemos hecho esta pregunta, porque la muerte es cosa seria. Según las estadísticas el promedio de mortalidad alcanza el 100%.

La sobrevivencia de la personalidad humana después de la muerte biológica del cuerpo ha sido una creencia persistente a través de toda la historia y parte fundamental del pensamiento religioso. Muchos cristianos, al igual que Platón, creen que el alma es inmortal, a diferencia de Tertuliano que afirma la resurrección del cuerpo en el día del Juicio Final. Es esta interpretación literal de la resurrección de la carne a la que siguen los evangelistas, los fundamentalistas y los judíos ortodoxos.

El que haya o no vida después de la muerte es un problema compuesto intelectualmente de elementos filosóficos y empíricos. El concepto en sí mismo no es lógicamente incoherente y la verdad o falsedad de la proposición es preeminentemente una cuestión de hechos empíricos. La probabilidad o improbabilidad de la creencia dependerá de si es respaldada o no por la evidencia disponible en la psicología, fisiología, física, neurología o las ciencias cognitivas que operan con el principio de que no hay actividad mental en la ausencia de cerebro, sistema nervioso o estructuras físicas análogas.

La visión común es que cuando muera algo de mi sobrevivirá, que mi mente o mi alma irá al cielo y todo lo que es esencial en mí, mi conciencia individual con todos sus recuerdos, sus reacciones emocionales y disposiciones, existirá eternamente. La muerte no acaba conmigo. Es solo un paso al otro mundo. Tan firme es esta creencia que la podemos encontrar en todas las culturas del mundo a través de toda la historia humana... ¿qué evidencias tenemos, entonces, para atrevernos a pensar que las experiencias que asociamos con la mente, tales como el pensamiento, la memoria o los sentimientos se acaban cuando la vida del cuerpo físico se extingue? El argumento más obvio es el siguiente...

La memoria, la personalidad, los pensamientos, las emociones, la consciencia, en breve, todas las características que atribuimos al alma personal dependen del cerebro.
El cerebro no sobrevive la muerte del cuerpo.
Luego... el alma personal no sobrevive la muerte del cuerpo.
La evidencia a favor de la primera premisa es clave para resolver la pregunta acerca de la sobrevivencia del alma.

Por décadas las víctimas de accidentes cerebrales y los estudios médicos de escaneos del cerebro han proporcionado una detallada imagen de que partes del cerebro se activan en conjunción con estados y habilidades mentales específicas. El daño de una parte del cerebro destruye parte de nuestros pensamientos, elimina habilidades cognitivas y altera capacidades personales y emocionales. Cuando se restauran las funciones electroquímicas del cerebro se renuevan las funciones mentales. Incluso las facultades mentales más abstractas pueden ser asignadas directamente a funciones cerebrales, como muestran las disrupciones mentales causadas por algunos desórdenes cerebrales. Los pacientes que sufren del síndrome de Capgras, por ejemplo, resultado de la lesión en el lóbulo frontal, sienten que algunos de sus seres queridos han sido reemplazados por un impostor. En el síntoma del delirio de Fregoli, causado por daño cerebral, el sujeto cree que diferentes individuos son en realidad una sola persona con múltiples disfraces. La lista es larga y todos ellos indican claramente el origen físico del problema y la dependencia en el cerebro de las diferentes capacidades mentales. Si una región del cerebro se daña la capacidad mental correlativa desaparece... la memoria se pierde, los afectos emocionales se abrevian. En todas las investigaciones llevadas a cabo hasta hoy nunca se ha encontrado una función mental autónoma, independiente del cerebro.

Esta dependencia física la podemos ver en la vida diaria, sin que haya daño cerebral. Cuando la química del cerebro se altera debido a las drogas, el alimento, la privación del sueño, el ayuno, el café o el alcohol también cambian las formas de pensar. La química cerebral afecta los pensamientos positivos o negativos, nuestra irritabilidad o felicidad o nuestras capacidades cognitivas. Poco para comer o beber y el pensar se vuelve más lento o negativo. Las drogas alucinógenas inducen visiones de una realidad diferente. Millones de personas toman todos los días medicamentos en contra de la depresión y la angustia capaces de producir cambios en sus creencias, sentimientos y disposiciones. La dependencia causal en todos estos casos es innegable. La mente depende de las reacciones químicas y eléctricas específicas del sistema nervioso. Pequeños cambios en estas reacciones causan cambios en la mente y sus contenidos.

Esta relación causal la podemos ver en todo el reino animal, desde aquellos seres tan simples que apenas califican como seres con cerebro hasta los humanos cuyos cerebros son los objetos conocidos más complejos del universo. En esta serie las habilidades cognitivas se correlacionan cercanamente con el tipo de cerebro que las criaturas poseen. Mientras más simples más rudimentarias son sus funciones. Solo en los cerebros más complejos se da la lista de características que tradicionalmente asociamos con la mente. Este mismo continuo lo encontramos en la evolución de los humanos según la evidencia arqueológica y antropológica que muestra una progresión constante en nuestras capacidades culturales, lingüísticas, sociales, políticas y psicológicas, que claramente se correlacionan con el crecimiento y desarrollo del cerebro durante su evolución histórica.

¿Existen excepciones en la conexión entre mente y cerebro? La verdad es que pareciera que ciertas fenómenos quedan fuera de este marco cognitivo... experiencias fuera del cuerpo, apariciones, comunicación a través de médium, reencarnación, experiencias cercanas a la muerte, telepatía, telekinesia. En todos estos casos es el reporte de la gente acerca de sus experiencias el que suministra los datos con los que el crítico va a trabajar. Esta información es abundante y algunas de ellas de alta calidad. Pero, no es tan claro que toda esta información pueda probar la sobrevivencia después de la muerte. En 1960 Karlis Osis, un parasicologista profesional, circuló un cuestionario entre 10 mil doctores y enfermeras y cuidadosamente seleccionó y analizo 640 respuestas que proveían detalles acerca de la muerte de 35 mil pacientes, incluyendo 1 300 ejemplos de apariciones. Según el investigador y filósofo escocés R.W.Paterson la conclusión de este vasto estudio es que ni las visiones del lecho de muerte ni las experiencias cercanas a la muerte proporcionan suficiente base a la creencia de la sobrevivencia de la conciencia después de la muerte del cuerpo. A pesar del admirable trabajo de Osis y Haraldsson, Moody y Sabom, entre otros, demasiadas ambigüedades y lagunas quedan sin resolver en sus hallazgos. Presumiendo que uno podría sobrevivir sin un cuerpo biológico... ¿En qué forma uno persistiría? ¿Qué actividades uno podría realizar y en qué tipo de ambiente? ¿Cómo una entidad inmaterial podría afectar una material? Para influir en las actividades del cerebro un alma descarnada tendría que introducir nueva energía en el mundo físico o tomar prestada la energía ya existente en él, sin violar las leyes fundamentales de la física, como la conservación de la energía.... ¿Cómo esto podría ser? La verdad es que no tenemos idea.

No tenemos problema en ubicar dentro del cuerpo al corazón, al páncreas, a los pulmones o a el cerebro, pero cuando llegamos al alma o la mente... ¿dónde la ponemos? A diferencia de todas las otras entidades, al carecer de peso, medida y ubicación espacial, la mente es un objeto inmaterial, una especie de entidad espectral que habita el cuerpo, pero que no es parte de el. Según Descartes la conclusión es obvia... la mente y los objetos materiales son sustancias totalmente diferentes y es esta diferencia la que los dualistas usan para fundamentar la sobrevivencia personal.

Podemos ver un rostro sin sonrisa... pero ¿podemos ver una sonrisa sin rostro? El académico canadiense Raymond D. Bradley, a diferencia de Descarte, sostiene que los cuerpos pertenecen a la categoría de las sustancias, en tanto que las mentes pertenecen a la categoría de las propiedades o atributos, lo que implica que estas solo pueden existir mientras su soporte físico exista. Según el filosofo austríaco Wittgenstein, famoso por sus trabajos en la filosofía del lenguaje y la mente, no podemos sostener creencias sustantivas acerca de entidades que yacen mas allá de toda posible experiencia sensorial porque no hay manera de que la existencia de tales entidades puedan estar al alcance de investigaciones empíricas.

Una idea bastante popular es la de que no hay conflicto entre la ciencia y las creencias en la inmortalidad del alma. Las creencias espirituales, se dice, son elecciones personales, cuestiones de valor o parte del dominio metafísico al que la ciencia no tiene acceso. Ciertamente, en este ámbito las almas inmortales o mentes sin cerebro son lógicamente posibles en un sentido abstracto. El problema es que esto no es suficiente para demostrar la creencia. La posibilidad de que algo pudiera existir no implica la probabilidad de que exista. Podemos concebir, por ejemplo, una variedad de posibilidades... es posible que el Holocausto nunca haya ocurrido, es posible que beber sangre de toro da poder, es posible que el numero 13 sea mala suerte, es posible que exista un árbol de oro en las selvas del Ecuador. La evidencia en contra de todas estas pretensiones, sin embargo, es convincente, exhaustiva y completa. La posición más razonable es rechazarlas. No hay ninguna justificación para aceptarlas, ni para ser agnósticos acerca de ellas. Igualmente, las observaciones de la conexión entre cerebro y mente no sugieren ninguna excepción de tal manera que no hay ninguna justificación para negar la dependencia de la mente en el cerebro. Todos los datos de las diferentes disciplinas científicas sugieren que las emociones, la memoria, el lenguaje y la cognición, que son funciones de la conciencia, tienen una base física. Estos indicadores no garantizan que no haya un alma inmaterial, pero la amplitud y profundidad de las explicaciones proporcionadas por estas investigaciones hacen bien difícil imaginar cómo y dónde la hipótesis del alma podría caber dentro de este marco y qué función explicativa útil podría servir.

La correlación cerebro y mente aparece a través de la neurobiología, las ciencias cognitivas, la psicología evolutiva, la antropología y la historia evolutiva. En ninguno de estos campos hay algo que pudiera indicar la probabilidad de la sobrevivencia de la mente después de la muerte el cuerpo.

Amor=Love=Amour !!!
Nieves y Miro Fuenzalida.
ottawa/18/7/2020.




Top of  Page

Notas
Secciones

“Por la fidelidad y entrega a una causa o proyecto, me asombran el Che, Marx, Rosa Luxemburgo”
Después de la vida
Perorata con ventilador mañanera
Literatura contra currículo, un agón sin fin. / o de por qué España no puede engañar a los coyotes
De poetas y trincheras
El mito de la democracia electoral
“El estilo brota de las capas freáticas”
¿Que pasó con los judios?, Nieves y Miro Fuenzalida.
Breve reflexión ideológica al despertar
Rita Kratsman responde “En cuestión: un cuestionario” de Rolando Revagliatti