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Actas : Notas Julio 19, 2018


Tentativa del, de Hombre Infinito, de Pablo Neruda (1)
JUlio Piñones Lizama

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Dr. Julio Piñones Lizama
Universidad de La Serena

Alain Sicard (2) fue quien, primero, reparó en la importancia que tenía una breve obra, Tentativa del hombre infinito, como eslabón significativo en la cadena escritural de Neruda, la cual, tal vez, pudo haber sido juzgada insignificante, al parecer de su época. Contextualizando esta aparición, digamos que el poeta ya había ganado cierto renombre con sus dos primeros libros en la sociedad literaria del país (3). Su segunda publicación, más que la primera, fue bien recibida por una comunidad literaria poco pródiga en brindar reconocimientos a sus connacionales. Lo que la percepción colectiva había advertido en estos textos, era la irrupción de una calidad poética incipiente que, más tarde, desarrollaría la plenitud escritural del poeta.

Sin pretender restar méritos a estas obras, esta recepción positiva acontece, aun cuando, en tales textos, todavía no surgía una originalidad estético-lingüística que la distinguiera del simbolismo erótico occidental y quizás, por ello mismo, esta comunidad celebró una clase de escritura, llevada a un nivel de excelencia en esa línea que le resultaba reconocible a dicha comunidad. Apoyan a esta afirmación los nexos que se le atribuyen a Veinte poemas con la poesía de Sabat Erscasty. Más tarde, el propio autor, escribiría, en Confieso que he vivido, que esa lejana y extraña obra, había sido: “el núcleo de su poesía”.

La denominación de esta obra revela caracteres que construirán su “sentido” barthesiano a lo largo del texto. Señalemos como “marcas” de esta escritura: la inestablilidad del intento, la audacia lingüística aquí implicada, la calidad de aventura que la anima, la orientación descubridora que la impulsa, la búsqueda exploratoria de sus signos y el propósito omniabarcador manifestado por el enunciador (E) del discurso. Estos rasgos comienzan a mostrar una progresiva ruptura con relación a la expresividad neorromántica y postmodernista de Crepusculario y de Veinte poemas. En esta primera etapa de la poesía nerudiana, habría que incluir El Hondero Entusiasta, que fue escrito en ese lapso, que participa de los caracteres de esta primera concepción y que sólo se publicaría en 1933, mediando, en esta prórroga editorial, los resultados de la correspondencia del poeta chileno con el uruguayo.

Ya se ha señalado que la incorporación del problema del tiempo en Tentativa será uno de los aportes que permiten concatenar la primera etapa nerudiana a la instancia residenciaria del vate. En efecto, las “marcas” de Tentativa dejarán atrás la etapa juvenil del poeta y propiciarán la irrupción original de una nueva clase de poesía, que ya no será tributaria del simbolismo lírico universal. Este avance se concretará en los dos volúmenes de la obra Residencia en la tierra, publicados en 1933 y en 1935 (4).

La escritura que seguirá a continuación, se interesará en las especifidades semióticas y simbólicas que asume Tentativa. Una primera ocupación reflexiva de este trabajo está constituida por las implicancias y relaciones que surgen entre el enunciado denominativo de esta obra y el texto al cual titula. La primera “marca” identificable en esta problematización es la inestabilidad, las dudas de una creatividad por concretarse, las angustias de la aventura del lenguaje naciente, la trayectoria de una energía que pretende abrirse camino por medio de este discurso. El primer término que muestra este carácter es el enunciado nominativo del poema, el cual revela su índole al ser reconocido en la dimensión propositiva que plantea, al tratarse de un intento que emprenderá el segundo término de este título: el tema de su infinitud. Quien será el actante dinámico que intentará lo anticipado en este enunciado central, será el sujeto de la enunciación, el cual se presenta como poseedor de un conjunto de capacidades colectivas que lo distancian de los enunciadores singulares y comunes de las obras líricas corrientes.

Tal enunciado propone como sujeto de la tentativa, al ser humano revestido de una dimensión trascendente. Aquí, el autor real ha inventado una clase de hablante que enunciará su discurso desde una condición que excede la idea reconocida que considera lo limitado como propio de la humanidad. En el espacio extraordinario del poema, esta voz se proyectará en el texto como un conjunto de signos cuyas diferenciaciones se orientan a la configuración del ámbito heroico del mito fundacional, que gesta una propuesta sintética y expansiva del ser humano y del mundo. Si la mención denotativa de los hombres puede ser sustituida, metonímicamente, por la expresión: “mortales”, este discurso connotativo se opone a esta identificación al atribuirse la marca de infinitud al sujeto de la enunciación que pretenderá realizar esta tentativa.

Esta singularización semiótica del enunciado se instala en un espacio poético indefinido, desde el cual la figura del E adquiere un conjunto de caracteres míticos, colectivos, suprapersonales, Lo que expondrá el texto nerudiano, sobre la base de esta concepción específica de este hablante serán proposiciones fantástico—universales, las cuales sobrepasan las posibilidades perceptivas de los mortales: esta figura heroica es la voz de todos ellos, es la expresión de la humanidad atormentada, su perspectiva visual carece de limitaciones. Esta enunciación tienen como fundamento este suprema arrogancia poética, la cual permitirá al E erigir su discurso por sobre los elementos del Todo. Es este hombre infinito simbólico quien incursiona en los reinos de lo mineral, de lo vegetal y de lo animal. Sin embargo, así como la significancia del hombre como infinito contribuye a estas integraciones cósmicas, esta misma condición lo deja expuesto a los procesos desintegradores que pueden advenir.

El afán de intentar esta aventura emerge del dolor existencial que busca romper todo límite. Más que una afirmación, esta infinitud puede leerse como un nudo problemático del poema. El texto se constituirá entonces en una postulación que se va a dilucidar en la aventura del lenguaje que emprenderá este hablante y en la recepción de su destinatario. Es la búsqueda de sentido de la vida lo que lleva a proponer al ser humano como “infinito”, en tanto la noción común de las limitaciones que lo afectan, configuran el escenario de la confrontación semiótica: finitud / infinitud.

Al vincular este enunciado a su primer dístico, tales premisas del discurso deberían leerse, inicialmente, desde esta ambigüedad provisoria que se expresará en los modos expresivos con que acontece la presencia simbólica del fuego en Tentativa. Este elemento cósmico puede considerarse como un simbolizante que produce distintos efectos de sentido en el destinatario. Este simbolizante genera en éste, la experiencia de presentirlo como un gran tema que aparece y se transforma en la extensión textual, proceso receptivo semejante a la audición de una composición musical dotada de un tema preeminente que se desarrolla incorporando variaciones sobre el mismo tema central.

En el primer verso de este libro / poema, las percepciones simbólicas del fuego aparecen afectadas en su plenitud. La visión del espacio que se presentan en el primer dístico corresponde al reino de las sombras nocturnas que se oponen, por ausencia, al fuego diurno de lo solar. El destinatario contempla el inicio de este intento por medio de la enunciación de un paisaje nocturno donde se observan manifestaciones ígneas, pero éstas no se manifiestan en su fulgor inaugural; sino que aparecen desvitalizadas, son: “Hogueras pálidas” (99). Estas formas comienzan por hacerse cargo de la precariedad latente en las condiciones nominativas y cualitativas del texto, según las interpretaciones señaladas en torno a su título. Aquella palidez impregna de fragilidad a un símbolo que no responde al simbolismo codificado en el ser humano; sino que lo simbolizado pasa a ser la precariedad del ser. Así, en el primer dístico que da inicio a esta aventura escritural, empieza a hacerse patente un anticipo de la pluralidad de sentidos que muestra una de las formas por medio de las cuales se manifiesta lo ígneo y se incorpora este significante al poema, destellos que se agitan, angustiosamente, en los espacios de la nocturnidad, cuando se abre el discurso con la palidez de estas “hogueras” que, por medio de un gerundio de aspecto durativo, luchan por sobrevivir en el límite abismal de la nocturnidad.

En Tentativa, la percepción verbalizada del tiempo se formaliza por medio de adjetivaciones que condicionan algunos aspectos del simbolismo ígneo, y, que por sobre todo, patentizan la fragilidad de su aparecer y el condicionamiento de su plenitud; puesto que surge como simbolizante de la virtual caducidad de lo real. La agitación estertórea de las emisiones rítmicas de este primer verso se apoya en un gerundio que provoca la evocación de lo que decrece, el fuego intenso que ya no lo es. En el segundo verso, las cualidades evocativas de esta decrepitud en el primer hemistiquio, se apoyan en la forma verbal activa que contrasta con la persistencia vocálica de la expresión “humos difuntos”, en donde la identidad vocálica de los fonemas “u”, que reciben acentuación grave, remite a formas degradadas y mortecinas de lo que fuera, alguna vez, fuego ardiente.

La presencia de las fuentes en las cuales se trabajan los metales por medio del fuego se muestran en un espacio nocturno, apagadas, tal como la visión de “la tristeza humana tirada entre los brazos del sueño” (99); lo cual remite dicho sentimiento universal al ilimitado territorio de lo inadvertido, de lo incognoscible, de lo inmotivado, de lo que sucede sin causa aparente en la realidad consciente de los soñadores; pero que está allí, detrás de las tinieblas perceptivas del ser humano; cuando ellos pierden su dominio sobre lo que creen real; en tanto, alguien, como si fuera otro actante, incursiona en esas zonas indescifrables, enmascaradas, en este sentido, inasibles.

Este E cuenta con la capacidad de una visión panorámica que abarca extensamente lo que enuncia: lo citadino es contemplado desde las alturas donde está instalado el sujeto de la enunciación en las antípodas del lado oculto del fuego solar. Los laboriosos actantes que siembran la tierra, también, se encuentran sumergidos en ese otro mundo de sueños sin fronteras. Aquí la tentativa, pasa a ser el conjunto plural de experiencias de quienes deambulan en esas geografías inimaginables. Lo infinito cobra aquí una especial variante: los dominios del sueño donde duermen “la tristeza del hombre” y “los segadores” son inaccesibles para este E. La lucha que libran las llamas postreras de “las últimas hogueras” actúa como una anáfora que mienta el primer enunciado decreciente y pálido del fuego. Una súbita presencia femenina surge manifestando el dinamismo de lo que sigue sucediendo, presta a partir en la continuidad invariable de lo que acontece. Dicha actante muestra una predisposición activa que se diferencia del sueño de los actantes dormidos. En el plano espacial, también constituyen una figura semiótica de oposición los términos de la nocturnidad y del preludio del alba.

Una virtual vitalidad simbólica del “árbol” encabezaría el siguiente dístico del poema, pero el complemento estertóreo que lo condiciona, remarca el carácter mortal que lo aqueja. Igual fenómeno decadente afecta a la figura ígnea del “candelabro”, artefacto que suele estar dotado de llamas iluminadoras; sin embargo, aquí su formalización poética la presenta en un estado de decrepitud. La función emotiva que asume el E al término de este dístico donde expresa el pesaroso sentir de su ser, se vincula al acontecer de un fuego que se sitúa en la lejanía y no en su proximidad. Así, es una manifestación vital cuyo distanciamiento lo hace ajeno a su experiencia inmediata. Se extrema este distanciamiento por medio de la imagen que incluye la inmovilidad de una estrella y los “movimientos” nocturnos que abruman al contemplador del cielo.

Otra mención anafórica urbana da paso a una segunda instancia en la estructuración del poema, ordenamiento formal derivado de un propósito previo del autor real. Aquí la construcción del texto se somete de un modo flexible a una proposición estrófica de cuatro versos, encabezados por un enunciado similar a la anterior contemplación citadina desde las alturas cerriles que incluirá esta vez una nocturnidad vegetal. El resplandor amarillento del espacio contemplado incorpora un matiz de apertura en lo sombrío. La autorreferencia de la actitud indolente con la que está escribiendo el E, reafirma el temple de su existencialidad en medio de los aconteceres temporales. El movimiento compositivo circular del texto reitera la orientación autorreferencial del siguiente dístico que, en su segundo hemistiquio, reproduce la anáfora del dolor del E, antes explicitado. La presencia lunar se cromatiza de “azul” para desarrollar una gradación de su proceso invasivo de aquella nocturnidad que: “...araña trepa inunda” (99).

El paralelismo de los dísticos confronta el temple “triste” de la destinación autorreferencial del discurso con el temple “alegre” de otro actante que iba “alegre en la tarde que caía”. En seguida, la contemplación del contraste semiótico: diurno / nocturno reaparece desde el pretérito imperfecto durativo de la caída de la tarde, que dará paso al ocaso que anula los cromatismos diurnos de lo floral. El oscuro poder de la noche se impone al mundo vegetal que rodea al E en el siguiente dístico, en quien emerge una una vacilante emotividad pasional. Aunque frágil, esta fuerza tan cercana al carácter ambiguo de la tentativa que ha emprendido el sujeto de la enunciación, es la que impulsa el desplazamiento de la función emotiva al extremo de la función conativa en su modalidad imperativa. Estas interpelaciones demandan para sí la provisión de elementos cuyas sobredeterminaciones conforman la incesante búsqueda de circularidad del E. Luego, lo onírico recupera la fuerza de su predominancia, cuando el dinamismo de sus “trenes” (100) atraviesan extensiones vegetales. La libre marcha de estos trenes en espacios rústicos abre la imaginación a las temporalidades indefinidas, a la vastedad de rieles múltiples, a las orientaciones indeterminadas de sus conductores, a las llegadas y partidas desde y hacia estaciones innumerables.

Aunque el E se reinstale en el entusiasmo de lo telúrico, su temple atormentado persiste en la nocturnidad vertebrada, donde los elementos “agua” y “viento” rompen lo estelar, visto bajo el antiquísimo signo de la crucifixión, que más allá de su referente cristiano, contiene una complejidad de sentidos como expresión de lo central, de lo circular, de lo triangular o de lo cuadrado. Estas formas simbólicas pueden ser interpretadas como modos experenciales de la subjetividad del E y, en él, del ser humano. Las imágenes estelares contempladas como cruces por este E despliegan directrices geométricas por medio de las cuales se representaría, en Tentativa, el acontecer diversificado de las existencias humanas y del primer lenguaje al que diera lugar. En la forma cuadrada de este signo, anida lo telúrico y las manifestaciones de su entorno. Esta imagen de la proposición nerudiana da lugar a una variedad de relaciones totalizantes. La ruptura de estas “estrellas crucificadas” patentiza la dispersión universal de las orientaciones que puede asumir la libertad humana.

La noche, constituida, reiteradamente, en ser apostrofado por el E, es el espacio de las angustias de su temporalidad, de lo que intenta gestar su liberación, haciendo radicar en ella las posibilidades latentes de su voluntad. La noche es, también, el refugio en donde busca acogida el “corazón desventurado” del E, preparando la vitalidad de su antítesis diurna. Ante la imagen de esta noche, éste se desprovee de lo circunstancial, expurgando de sí lo que obstaculizaría la marcha inclaudicable de un camino por hacerse, de una exploración que desarrollar, libre de recuerdos o ataduras. Como actante, la noche recibe la apelación de circundar las indomables entidades de lo onírico, abundante en zoomorfías inquietantes; sobre todo, aquel “corazón desventurado” demanda de la noche la dotación de fecundidades, lo que transforma a esta instancia del poema en un meta-discurso que problematiza el tema de la creatividad poética y las presiones que se ciernen sobre las energías de su escritura; el necesario control que resulta necesario ejercer sobre las compulsiones expresivas de sus palabras:

“embarcado en ese viaje nocturno
un hombre de veinte años sujeta una rienda frenética” (100).

Una tercera secuencia versal es encabezada por una estelar anáfora que comienza a generar una instancia intermedia que deja entrever la incorporación de las dualidades complementarias de lo nocturno y de “los días de altas velas” (100), en los cuales late la aspiración a una vitalidad renaciente del héroe, superado el duro proceso de la experiencia purificadora vivida en las tinieblas de la noche. El conjunto de signos que brotan forman parte de la experiencia del hablante con el lenguaje erigido como actante de los caminos inciertos que intuye esta escritura en el espacio interior de una subjetividad que vacila entre las imágenes emergentes del proceso creativo. Éste se muestra sacudido por las temporalidades que se incorporan a la fluidez de lo que gira circularmente en su entorno: “...el tiempo persiguiéndote / la noche de esmeraldas y molinos se da vuelta la noche de esmeraldas y molinos” (100). El desdoblamiento de esta voz remite a la soledad de una poética desiderativa que sigue sumergida en el mundo onírico, desde el cual surgen las sonoridades cíclicas que circundan a lo humano.

La voluntad expresiva de las voces del poema se bifurca en actantes que buscan manifestar sus potencialidades creativas, las cuales se mueven entre diferentes actitudes y temples en la vitalidad de este proceso que explora en territorios desconocidos. El canto desde la soledad es la instancia compleja en la cual se sitúa una de estas voces y la esencia misma del hambre por alcanzar la luz esquiva del tiempo con la cual se cruza. El E del canto poético de Tentativa busca la energía cósmica por medio de una alianza con los ímpetus del “salvaje viento” (101), lo que expresa el ansia de libertad en la infinitud celeste, contrapuesto a su intimidad desesperanzada y alegre, a la vez, “frente a lo inaccesible” (101) esta expansión advierte el paso de lo ilimitado. Será esta fuerza del viento la que indicará las vías por la que transitar. El simbolismo comparativo de las cruces refleja los signos de la muerte que enmarcan al aventurero de la poesía, cuya nave atraviesa las tempestades, semejante a la vitalidad del árbol que es vencido por las aguas.

La oposición semiótica que se formula entre el no saber “hacer el canto de los días” (101) y la manifestación involuntaria del “canto la alabanza de las noches” revela la vastedad del proyecto discursivo de Tentativa en el período que abre esta obra, a la vez, que en cuanto meta-discurso se constituye en la Poética de esta escritura y de la que se prepara a generar en su producción residenciaria. Vertido sobre su propia creatividad, este verso manifiesta la compleja afectividad que encuentra en el espacio de la nocturnidad en la cual laten sentimientos omniabarcadores contrapuestos, como las esperanzas, las angustias, la muerte y las visiones ilusorias de los sueños humanos. De allí, que el discurso se dirija en esta instancia hacia las variaciones de las sombras e imágenes que surgen y se transforman en esta experiencia interiorizada. Las sobredeterminaciones de la noche provocan las prolongaciones de lo nocturno a lo largo del texto, extensiones textuales a lo largo de las cuales esta subjetividad transita, realizando descubrimientos y percibiendo tras estas sombras, las sugerencias de lo que se oculta, además, debajo de la tierra.

Las extensiones nocturnas se inscriben en una alteración de los ciclos temporales. Como espacio ritual dicha valoración construye un vasto territorio mental del cual se nutre las etapas creativas del hablante. Sus indeterminaciones son favorables para este momento iniciático de éste, al contener todas las virtualidades existenciales. En este proceso, esta escritura atraviesa por lo infernal y por lo germinativo, fortaleciéndose para sus tareas futuras. Las imágenes textuales nocturnas liberan las profundidades inconscientes de este actante, de las cuales brotan las aprensiones y las audacias del aventurero que indagará los sentidos de la enigmática temporalidad que lo asedia. En lo nocturno, desaparece lo racional y lo analítico, dándose lugar a la expresividad de lo sensitivo y de lo fantástico. Inmerso en la noche, espacio purificador de la razón y estéril para afrontar los desafíos de esta aventura, el héroe fundamenta su empresa y emplea las capacidades sensoriales e imaginativas propias de las operaciones pre-lógicas de la poesía. La noche opera así como un vivero internalizado que circunvala al sujeto de la enunciación, quien aguarda en su seno las instancias solares de la sucesividad creativa.

Las restricciones visuales de la noche obligan al sujeto a sumergirse en su geografía guiado ya no por sus ojos, sino que por sus intuiciones. Inmediatiza su experiencia, al anular la memoria de su pasado y las aparentes seguridades de la claridad, posibilitando la desnudez espiritual ante lo que acontece y las elevaciones de su ánimo hacia lo superior. Lo nocturno es relacionable a lo sagrado y a lo misterioso. Sugiere el rito de un nuevo nacimiento. La expansión nocturna en Tentativa podría verse como una forma que trasciende la temporalidad.

El canto poético contiene la decisión envolvente de lo cósmico al enunciar el encuentro de las estrellas con lo marítimo cuando éstas descienden “a beber al océano” (101). Esta apertura a las vastedades universales persiste en los giros entusiastas de los planetas y en los movimientos cordiales del mundo que sostienen sus rotaciones con firmeza y ternura. Las alteraciones espaciales de lo alto y lo bajo siguen expresándose en aquel pozo, receptáculo de soledades y sonoridades, de sueños ferinos; desde allí, el E desata la creatividad de su discurso generando imágenes aladas oscurecidas y transformadas, en tanto aconteceres ruidosos y humedades lo circundan.

Una nueva instancia autorreferencial de su escritura reitera la apelación a la noche, esta vez, la destinación del discurso exhorta al deslizamiento de la oscura materia de su erupción; es el momento de un cambio en el temple anímico del hablante que ya no es triste, sino alegre. Este temple impregna al canto que absorbe la nocturnidad bajo la forma materna de la cual se nutre cual hijo de esta potencia cósmica. El dinamismo cordial de esta alimentación activa su impulso de baile con libertad y asombro ante el crecimiento marítimo que hará emerger la madrugada; bruscamente, la contemplación del hablante cambia de rumbo y se encuentra al atardecer con la insinuación de una figura femenina traída por el viento, mientras una metonimia instrumental de la noche deshace la temporalidad; y lo áureo de esa mano mujeril alzada cierra levemente esta instancia.

El advenimiento de lo diurno es sostenido en el expresante paronomásico de “radiantes ruedas de piedra” (102) y el espectáculo de lo crepuscular se representa por medio de la figura simbólica del ahorcado (102), como destino irremediable del día. Lo circular retorna al texto por medio de la imagen del E en cuyo pecho reposa la amada y se enciende intensamente la rotación del “molino” que mienta el acontecer cíclico del tiempo que trae nuevas “...horas nocturnas / como murciélagos del cielo”. Esta comparación contiene el otro aspecto de la noche, que sugiere lo amenazante, en este caso, lo vampírico.

El despertar del E lo enfrenta a la sucesividad temporal y al desprendimiento veloz de sus unidades cotidianas. El rol actancial de la amada se vincula a la sobrevivencia del actante protagónico.

Desde la función emotiva, el E orienta un meta-discurso en torno a su nexo con la “...palabra de alas puras”. La autorreferencia a su discurso despliega las potencialidades elevadas de su poesía que se entrecruzan con la experiencia erótica proporcionada por la figura de la amada. También lo meta-lingüístico asume la necesidad de recreación poética de la mujer amada: “para significarte criaría una espiga” (103). Su ausencia desnuda su situación solitaria del hablante, quien sustenta su esperanza en el destino común de ambos por medio de la imagen de un “...navío siempre en viaje”.

El reconocimiento del hogar propio se presenta impregnado del aroma de bosques. En su morada, el E traza la historia de su inmersión en sí mismo. Ventanas y puertas implican aperturas hacia lo interior y lo exterior. Desde el presente, el discurso se orienta hacia una infancia atemorizada por las fuerzas de la naturaleza. Por sobre lo narrativo, el E precisa el carácter específico de su expresión poética, la cual huye de lo anecdótico dentro de esta concepción del gran canto que es Tentativa. Aquellas manifestaciones de lluvias y tempestades resuenan en la inconsciencia del hablante y se constituyen en los fundamentos y en los rasgos que caracterizan su escritura. Desprendido de su autorreferencia por medio de un desdoblamiento en otro, el E se ve en la angustia de su proceso creativo y en las circunstancias por las que atravesaran sus vacilaciones y las fatigas de su andadura asediada por los años.

La 8ª instancia del poema como meta-discurso presenta la admisión extensa y profunda del cielo interno del hablante. La situación creativa de la serie anterior se enlaza con la actual por medio de una anáfora que reproduce la inestabilidad con la que se esta está escribiendo, esto es:

“y él se desesperaba inclinado en su borde”
“con inseguridad sentado en ese borde”

La interjección que encabeza el siguiente verso revela el extremo de la función emotiva en la que sumerge el sujeto que enuncia su vocación monológica y la decisión de profundizar su ensimismamiento, inmerso en los impulsos vitales de su radical subjetividad. La inmovilidad de esa nave, también figura anafórica, contrasta con la avidez de persistir en desplazarse con fuerza en la compleja travesía por la que tiembla su palabra. Esta “nave” (104) simbólica remite a la idea del navegante que se encuentra en medio de una circularidad que se arremolina en su entorno. El navegante se enfrenta así a las diferentes opciones que debe asumir en su vida, espacio problemático dentro del cual debe tomar orientaciones decisivas para su destino. Más allá de esta subjetividad, en el marco universal de esta tentativa, esta nave representa los dilemas existenciales que debe enfrentar cada ser humano. Los peces que siguen al navío corresponderían a los llamados que lo atraen, estimulando la búsqueda de sentidos de su travesía; las provocaciones para manifestar ese gran canto cuya sed lo asedia.

Los actos poéticos de este canto concretan la apropiación del ser que los emite, ingresando en una zona reivindicada para sí mismo. Al lado de éste, el tiempo es un actante que también canta con un frenesí distinto al del control que ejerce la voz poética con el suyo. De allí, la noción de límite con que se autorrefiere en el tropo “caballo de las barrancas” (104), con ansiedad, pero manteniendo su inmovilidad. En ese momento, el atardecer surge anafóricamente por medio de la figura del pescador que regresa con satisfacción por la pesca realizada, riqueza que comparte el hablante.

El proceso poético implica el espacio de una soledad adquirida por el hablante. Es el estado en el cual acontece la introversión de la escritura. Los fenómenos cósmicos aparecen distanciados de esta subjetividad que los percibe mediatizados por el especial estado solitario de percepciones ajenas al acontecer de una realidad que lo llama sin respuesta. La figura anafórica del sonámbulo remite a otras menciones de este actante onírico que se abre al amanecer. La actante femenina reaparece desde aquellas lejanías en las cuales el sujeto de la enunciación busca los reencuentros que alaba la fidelidad con que ella mantiene su vinculación con él. La rememorización de la amada alcanzada por medio del lenguaje es, sin embargo, dolorosa y, por ello, él ansía que ella encienda las luciérnagas.

El fenómeno poético aparece bajo la forma de visiones que luego se transforman, variaciones sujetas a la imaginación de su E. Sus inclinaciones lo llevan a rodar en la cadena significante por las cuales se desliza y halla presencias o situaciones indeterminadas en el vuelo libre de su canto. Sus sentidos están abiertos a las percepciones de una fluidez de imágenes y sonidos que cobran distintas configuraciones. Es la ocasión favorable para que, desde aquella emisión lingüística disminuida en una instancia anterior, esta vez surja su “canto en alta voz” (105). La función conativa de su discurso aparece de modo imperativo ante sombras estelares a las cuales le asigna la adopción de una actitud frente a un actante viril que transporta a una actante femenina fantástica. El E pareciera llegar a un atisbo de certeza por medio del juicio categórico de que “todo está perdido las semanas están cerradas.” Su discurso recupera la capacidad contemplativa de la vida que sigue manifestándose por medio del viento, el cual lleva un “propósito seguro” (105).

La apertura otoñal que realiza el E abre paso a su contemplación de lo que ha naufragado. Desde las profundidades de lo celeste sería posible una escritura compuesta por las formas de los pájaros, expectativa fantástica del imaginario poético nerudiano. Lo diurno posee la condición llameante del fuego y se sostiene en los cromatismos que éste origina. Lo marítimo se identifica como actante que reconoce su identidad. Oxigenaciones y asfixias se entrecruzan. La armonía vocálica de la luna y de lo lúgubre se entrelazan. La sensación de hartazgo del E marca la exhaustiva marcha de su ser individual que pasa a fusionarse con los caminantes de semejante talante. Reconoce ser generador de alucinaciones que lo invaden. Se remarca un estado de indecisión con lo codificado que se ha vuelto extravío (106).

La invasión de caracolas que llenan las paredes (106) en las instancias postreras del poema, simboliza la generación inextinguible de los ciclos de vida y muerte, de generación y renacimiento; de euforia y de disforia anímicas; de apetencias sexuales y movimientos eróticos; de esperma fecundante y ámbito de gravidez; de evoluciones e involuciones; signos de lo ancestral y de sus fluctuaciones temporales: sus formas espirales connotan las aspiraciones hacia lo elevado. Hacia estas significaciones se aproxima el hablante por medio de una actitud reconcentrada propia de la creatividad poética.

La siga de un reloj implica el paso inevitable de los segundos y la rotación inacabable de los astros en su entorno. El E cobra una figuración zoomórfica de “yegua que sola galopa perdidamente a la siga del alba muy triste” (106). Los seres de las oquedades submarinas son sorprendidas por el oído del E que se apega a estas caracolas. En tanto, amanece en los puertos y el hablante canta en el ámbito imaginario de su poesía. La instancia se cierra con la compasión, en la cual se incluye el emisor del enunciado: “pobre hombre que aíslas temblando como una gota / un cuadrado de tiempo completamente inmóvil.” Tal enunciado sintetiza el drama humano inmerso en un espacio temporal cerrado.

La penúltima instancia, sin embargo, muestra al jinete que cruza esa “orilla”, que, anafóricamente, antes fue “borde”; escenificándose en los versos siguientes los espacios urbanos degradados y la velocidad temporal aconteciendo. El acto de comer del E ante este paisaje es propio de la vida que busca más vida. Este giro hace posible la celebración posterior de todo lo que contenga dinamismo vegetal, musical y humano. Tal celebración acontece “en un tren de satisfacciones”, que es otra forma del “navío” antes aparecido. El mundo pasional del hablante es el que sostiene su canto en la seriación: “árboles”, “caseríos” y “rieles” (106). El alborozo poético ante la creación impulsa esta celebración total que va emergiendo después de la morosa y compleja travesía de este proceso textual con “la alegría de los panaderos contentos”. Desde este afinamiento formal, Tentativa revela otra perspectiva, que es nueva; pero que debió transitar por las sombras y los terrores antes del advenimiento comprensivo del Ser y de su exaltación deliberadamente sencilla, el germen de su constitución como Arte Poética nerudiana de este período productivo.

La devolución que demanda la instancia final del poema implica la recuperación de la belleza y el triunfo del héroe en su aventura. La percepción igualitaria de las realidades reinstalan a esta consciencia asumida bajo la forma de otro actante: aquel “barcarolero de las largas aguas” (107) que canta cuando una gaviota crece en sus sienes. No hay término, en todo caso, del viaje incesante al cual el E desea volver a incorporarse. Lo diurno se impone sobre la nocturnidad persistente en las instancias previas y, de allí, que el gran canto pretendido por el aventurero se exponga por medio de este verso superior:

“estoy de pie en la luz como el mediodía en la tierra” (107).

La ternura ingresa en el discurso poético, junto al “centinela” y al “pescador intranquilo” que remite a lo infinito, al seguir echando las redes, sin descanso. Será la cena de peces, “la comida”, de nuevo enunciada como acto revitalizador que ha posibilitado la reintegración del E a la plenitud de una dicha sin límites, que equivale a una anamnesis que ha extraído sus tesoros del inconsciente. La Tentativa se configura así como una exploración espontánea y azarosa del lenguaje en búsqueda de sí mismo. Las diversas formas de actantes sumergidos en esta búsqueda participan de los logros de este sí mismo. Ellos contribuyeron a abrir las compuertas de las profundidades del sujeto de la enunciación, propiciando el acceso de sus riquezas a la superficie textual del poema.

Las redes echadas al mar de la intra-subjetividad emergen en la culminación de esta exploración por medio de formas simples y libres en el plano de la expresividad estética: se han clarificado las tormentas interiores del hablante y se han desatado los nudos que entrababan su espíritu. El umbral de su conciencia se ha expandido y puede contemplar la igualdad de las cosas creadas, sin jerarquizaciones engañosas. Las redes del pescador mantienen su intranquilidad por las virtualidades que seguirán latiendo en las tramas que continuará elaborando el lenguaje. Como la aparición de pájaros podía constituir un lenguaje en el cielo, los peces en las redes de los signos pueden también establecer otras formas virtuales. La concepción de la figura del poeta como la de un pescador armado de redes representa su poder de captación, su capacidad para reunir lo disperso y sintetizarlo por medio de sus procedimientos. La disponibilidad de estas redes es constante y puede manifestarse en cualquier momento, como la vocación de inclinarse sobre la escritura y extraer de ésta sus potencialidades poéticas.

Intertextualmente, este rasgo de vasta autoafirmación humana genera su sentido en otra obra primordial de Neruda. En efecto, en Alturas de Macchu Picchu, su enunciador sostendrá que: “el hombre es más vasto que el mar y que sus islas” (5). De hecho, el magno proyecto epopéyico de Canto General, las temporalidades seculares que abarca, las geografías que asume, los acontecimientos que expone; mucho de esto, sino ya no postula lo “infinito” por el marco histórico-cultural que se declara, de todos modos, la copiosa enunciación de hechos, actantes y espacios que allí se concentran y expanden, se basa en la poderosa disponibilidad de capacidades lingüístico-estéticas de su enunciador.

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS.

1 Pablo Neruda, Tentativa del hombre infinito, Santiago: Nascimento, 1925.
2 Alain Sicard, El pensamiento poético de Pablo Neruda, 1981.
3 Pablo Neruda, Santiago, Crepusculario, Nascimento, 1923. Veinte poemas y una canción desesperada, Santiago: Nascimento, 1924.
4 Pablo Neruda, Residencia en la tierra I, Santiago: Nascimento, 1933. Residencia en la tierra II, Madrid: Cruz y Raya, 1935.
5 Pablo Neruda: “Alturas de Macchu Picchu”, en Canto General, 1950.

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Notas
Secciones

El mentiroso
Rogelio Pizzi: “Pablo Neruda: una voluntad de palabra llevada al límite del origen” Entrevista realizada por Rolando Revagliatti
Recordando a Luis Lama
Tentativa del, de Hombre Infinito, de Pablo Neruda (1)
La bomba
Carahue y Alonso de Ercilla. El reclamo de la historia
El anti academismo y las humanidades
Entrega Premio a la Trayectoria Poética a Astrid Fugellie
Declaración de Rayén Araya Cavieres (La poesucia)
Del azar y otras nimiedades, de Alberto Quero (Art and Literature Mapalé & Publishing Inc (2018)