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Actas : Notas Diciembre 15, 2017


¿Cuán real es lo real?
Nieves y Miro Fuenzalida

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“¿Qué es lo real? ¿Cómo lo defines? Si estas hablando acerca de lo que tú sientes, lo que hueles, lo que gustas y lo que ves, entonces lo real es simplemente un signo eléctrico interpretado por tu cerebro. Este es el mundo que tú conoces”. Esta es la respuesta que Morpheous le dio a Neo en la película “The Matrix”.
“¿Qué es lo real? ¿Cómo lo defines? Si estas hablando acerca de lo que tú sientes, lo que hueles, lo que gustas y lo que ves, entonces lo real es simplemente un signo eléctrico interpretado por tu cerebro. Este es el mundo que tú conoces”. Esta es la respuesta que Morpheous le dio a Neo en la película “The Matrix”.

La vuelta del principio “esse est percipe” de Berkeley, pero esta vez en versión digital. Los cautivos de “La Matriz”, una computadora generadora del sueño mundial, creen que están experimentando la vida en toda su riqueza y realidad. Pero, la verdad es que sus receptores sensoriales están enganchados a la Matriz de tal manera que el gusto, los olores, las visiones y los sonidos son estimulados o, para ser más precisos, simulados. En este mundo ser es ser percibido. No hay ser fuera de la experiencia. No hay objeto por un lado y percepción por otro. La percepción es el objeto. No hay nada más fuera de ella.
En el experimento mental del “cerebro en el frasco” de Hilary Putnam, que es la premisa que esta detrás de la película “The Matrix”, se te invita a imaginar la posibilidad de que en este instante tu cerebro está conectado a un programa computacional que simula perfectamente la realidad del mundo exterior. El cerebro descorporizado continúa teniendo experiencias conscientes normales sin que estas tengan relación con ningún objeto o evento exterior.

Lo que este experimento muestra es que si tu no puedes estar absolutamente seguro que no eres, en este momento, un cerebro en un frasco, entonces no puedes descartar la posibilidad de que tus creencias del mundo exterior sean falsas. El cerebro en el frasco recibe los mismos impulsos que el cerebro en el cráneo. Si pensamos que estos impulsos son la única manera de interactuar con el ambiente… ¿cómo sería posible distinguir, desde la perspectiva de este cerebro, si está en un frasco o en un cráneo?
Esto es, por supuesto, una pura especulación gratuita.

¿O no?… Por un momento, considera esto… en mecánica quántica el experimento de la doble rendija muestra que cuando, con un instrumento, observamos pasar un electrón por la doble rendija el electrón se comporta como una partícula. Cuando no lo observamos pasar por las rendijas se comporta como una onda… ¿Es esto una indicación de que la mente influye la energía? Algo aparece como materia cuando esta siendo observado. Cuando no, el Universo es solo energía. En mecánica cuántica, dice el físico, no se puede observar algo objetivamente sin cambiarlo en el proceso.
El electrón es un evento potencial antes que una entidad física. Lo que básicamente encontramos son varias potencialidades hasta el momento en que alguien mira y fuerza al universo a hacer una determinación acerca de cuál potencialidad va a actualizar. En otras palabras, la conciencia colapsa la onda en partículas actuales que existen en el espacio y en el tiempo. La conciencia es la energía que influye la energía. Luego, si todo es energía y la energía es mental… todo lo que existe, existe en la mente.

¿Necesitamos de algún criterio o evidencia de que existe un mundo más allá de la percepción, de la mente? ¿Un mundo independiente de nuestro conocimiento? ¿Un mundo objetivo? Solo si sostenemos la creencia en un mundo dualista.
Desde el comienzo de la modernidad el cuerpo y la mente se han pensado como dos cosas distintas. La mente como cosa pensante y los objetos materiales como sustancias extensas. Ambos funcionan con diferentes leyes y, a pesar de ello, interactúan, aunque nadie sabe exactamente cómo. Si seguimos esta línea de pensamiento un estado mental nunca puede ser idéntico a un estado cerebral porque la noción misma de estado mental es el paradigma de lo inmaterial, algo radicalmente diferente a la maquinaria de carne y hueso del cerebro. Luego, el concepto de identidad, por mucho que tratemos, no tiene cabida aquí. El intento de reducir uno al otro, como decía el biólogo Haldane, eventualmente encuentra su propio límite… “Si mis procesos mentales son determinados completamente por el movimiento de los átomos de mi cerebro, no tengo razón para suponer que mi cerebro está compuesto por átomos”.

“The Matrix” contiene una metafísica dualista, la creencia de que la última naturaleza del mundo contiene dos tipos de cosas incompatibles. La apariencia, el mundo irreal de “La Matriz”, y el mundo del “Desierto de lo Real”. Ambos ontológicamente diferentes sin ninguna posibilidad de reconciliar uno con el otro. Históricamente la preocupación de la ontología ha sido, en gran parte, el intento de reconciliar la apariencia con la realidad, lo ideal con lo material, lo temporal con lo eterno, lo contingente con lo necesario, lo mortal con lo inmortal… ¿Hay alguna otra forma de ver el mundo?

Desde tiempos antiguos ha existido una filosofía que busca alinearse con un principio singular que es causa y al mismo tiempo efecto. Para Deleuze, que se ubica al final de esta línea, el ser es unívoco. No hay dos sustancias ontológicamente diferentes, como en “The Matrix”. Todo lo que hay lo hay en la misma forma. Una ontología unívoca es la que afirma que todos los seres expresan su ser con una misma voz porque todos ellos son aspectos de una misma fuerza o energía productiva.

Pensamientos y cosas, organismos e ideas, máquinas y sensaciones, todas ellas contribuyen a una y la misma actividad y articulación del ser. Un solo ser que es infinitamente creativo, que se modifica, que se expresa y que se inventa a sí mismo en una infinita variedad de formas. Ser es todo lo que hay. Nada puede existir más allá de él. Ser fuera del ser es una contradicción.

La consecuencia de esto es que si lo que existe existe en la misma forma, entonces solo puede haber una sola creación física, un solo orden, una sola materia que es energía. En breve, una sola producción de lo real. Parménides fue el primer filósofo en afirmar el principio de que “pensar y ser son uno y lo mismo” . Según Deleuze pensamiento y naturaleza coexisten como expresiones de un “plano singular de consistencia o línea singular de variación”.

¿Qué implicación tiene una ontología unívoca en el conocimiento de los seres, del ser de los seres, de cómo ellos realmente son?

Kant rechaza estas preguntas y le da una nueva dirección a la filosofía. El único conocimiento seguro que tenemos, dice, es de como los objetos se nos aparecen. La única realidad que podemos conocer es aquella que se adecúa a la forma en que nuestra mente funciona. No tenemos acceso intelectual a ningún dominio más allá de la apariencia. El ser en sí mismo es incognoscible. A partir de aquí, toda la filosofía moderna adoptó una posición crítica, un rechazo a las pretensiones de la metafísica tradicional. Es solo con Heidegger que la pregunta por el ser vuelve a plantearse. En contra de la tradición kantiana Deleuze reafirma la inteligibilidad del ser. El ser no se ubica mas allá del mundo en el que quedamos condenados a preguntarnos infinitamente por el misterio de su trascendencia. El ser, al ser unívoco, habla a través de nosotros.

La univocidad es la base y el medio de una diferenciación ilimitada. Ser y diferir son una y la misma cosa. No hay una identidad primordial detrás de la diferencia. La producción o creación de diferencias es lo que es. La fuerza creadora es la multiplicación de lo singular. La roca, el canario, los ojos que te miran, Cien Años de Soledad, la tormenta nocturna, el Internet, Drácula, el Pentágono, el petróleo en la máquina, la sombra en el baúl, el agujero negro, la guerra de Vietnam, la mente y el cráneo, el café, el gene, el amor de la vida y todo lo que actualmente existe, existe como aspecto de una sola energía creadora. La diferencia esta detrás de todo, pero detrás de la diferencia no hay nada.

Descartes al concebir la naturaleza en términos estrictamente matemáticos y mecánicos le niega a la naturaleza cualquier virtualidad o potencialidad, cualquier poder inmanente. Coloca todas sus cartas fuera de la naturaleza, en un sujeto que la piensa, pero que se mantiene fuera de ella. La separación de la mente y la naturaleza, que Kant hereda, es el problema al que la filosofía modernista le ha venido dando vueltas hasta hoy.

Si, por el contrario, afirmamos un poder que difiere, que crea y que se piensa a sí mismo el problema de la separación de la mente y el cuerpo desaparece. Aquí no hay separación, sino diferencia. Si miramos así las cosas no necesitamos reducir uno al otro, la mente al cerebro o el cerebro a la mente. Un poder puramente inmanente produce la diferencia y ambos, poder y diferencia, pertenecen al mismo orden. No hay nada fuera del ser, fuera de la realidad. No “más allá”, no diferencia ontológica entre ser y pensar. “Todo se divide, pero dentro de sí mismo”.



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