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Actas : Notas Diciembre 8, 2017


Nota sobre Habana dura (Ottawa, 2016) de Jocy Medina
Gabriela Etcheverry Larson

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El huracán caribeño que Jocy Medina trajo a la “pacífica” Ottawa ha remecido de cuerpo entero al puñado de escritores latinocanadienses que han leído sus novelas. Como un chorro de vitalidad, Habana dura nos cae encima dejando a su paso un reguero de risas aunado a un reguero de lágrimas. Y como si eso fuera poco, todo ello envuelto en ritmos afrocubanos, salpicado de santería y hechos inverosímiles, con muertos que se las arreglan para ayudar a los buenos y castigar a los malos.

Jocy Medina es una narradora excepcional. Los personajes los entrega bien trazados en una prosa que fluye ágil, con una frescura inusitada. No hay mucha diferencia entre los caminos enfermizos de la ciudad y los vericuetos más recónditos del cuerpo y del alma de sus moradores. La escritora va guiando sabiamente al lector para que vaya conociendo las vicisitudes de María Mariposa, el personaje central de su novela Habana dura, casi al momento en que María se conoce o desconoce a sí misma. Las historias nos llegan en un lenguaje crudo, incluso brutal y cuando es sutil, el contraste mismo hace aun más patentes las carencias de cosas materiales y de humanidad.

En ese peculiar y atractivo lenguaje cubano de giros y matices, Jocy nos da la Cuba entera tal como ella la conoce, incluso con su racismo y sexismo no siempre velados. Hay un enorme desequilibrio entre mujeres y hombres. Son ellas las que esconden tragedias detrás de sus risas y la voluptuosidad de su entrega. Con pocas excepciones, pareciera que el principal interés que mueve a los hombres es encontrar un hueco en el cuerpo de la mujer donde introducir su pene por las buenas o por las malas. Unas lindas nalgas son la mejor mercancía que le asegura la supervivencia a la mujer. El sexo corre rampante por las páginas como un modo de vida a la cubana que oscila entre la sordidez de la necesidad y los éxtasis de placer. El título de la novela juega con la dureza de la vida y la del sexo masculino.

Después de un breve recorrido por el campo, más alusivo que descriptivo, la novela nos lleva a presenciar los estertores de la ciudad vieja, una Habana que se resiste a claudicar y que a cada paso se reinventa a sí misma y reinventa de mil maneras su historia y su futuro, perfilando en ese proceso la identidad de los que la habitan: “La vida te rompe en pedazos para que armes la versión mejorada de lo que eras antes” (179), ¿paraíso bajo las estrellas, “charco de paraíso” o los dos? La versión mejorada no viene con plazo de vencimiento y las circunstancias obligan a repetir una y otra vez el proceso de armarse de nuevo sin que eso garantice un buen fin.

El nacional y el extranjero es otra categoría con la que se juega en la novela contrastando la moneda nacional que no compra nada porque no hay nada que comprar y el dólar ante el cual se rinden cosas y personas vedadas a la moneda nacional. Las divisas que el turismo trae a Cuba son esenciales y lo fueron aún más durante el llamado “período especial”. Quizás eso explique el trato deferente que se le da a los yumas (extranjeros) que vienen en busca de vida y alegría entendida como sexo. No hay ambivalencias en la condena en palabras y hechos que recibe el tío de María por haberla violado, pero no hay reproche a lo que podría ser un tipo diferente de violación cuando el inglés del que María se ha enamorado la “castiga” por una percibida traición con juguetes sexuales, sin tocarla cuando ella más lo desea: “olvidé decirte que yo no soy cubano” (172). Hay un marcado contraste entre el aplomo y confianza en sí mismo del extranjero bien situado en su mundo sin hambre ni necesidades apremiantes, y la precariedad de la vida del cubano. María, que siempre tiene la sartén por el mango en su trato con los cubanos y les dice exactamente lo que quiere o necesita de ellos, acepta el paternalismo del inglés como algo dado, preguntándole a él lo que espera de ella. María salió de su casa buscando aprender a ser mujer, a criar alas como una verdadera mariposa y al final las alas de ella se confunden con las del avión que la lleva fuera de su país.

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