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Actas : Notas Julio 11, 2017


Un ejercicio en nihilismo
Nieves y Miro Fuenzalida

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¿Vale la pena tener conciencia? ¿Saber qué sabemos? ¿Que la muerte nos persigue? ¿Que nuestro fin es inevitable? Para la mayoría esto no constituye una gran obsesión, a diferencia de los sicólogos, filósofos de la mente o neurocientíficos, cuya preocupación es preguntar ¿qué es, como funciona y porque otros animales no tienen conciencia? A pesar de los cientos de libros e investigaciones llevadas a cabo hasta ahora todavía no hay sólidas respuestas a estas preguntas.
Pero, algo sabemos por cierto… los humanos somos la única especie que tiene conciencia de estar viva y que sabe que eventualmente morirá. Entremedio habrán momentos en que sufriremos inevitablemente y sabemos que nuestro próximo fin será lento o rápido y con dolor. Este es el precio que pagamos por ser la especie que sabe demasiado. Y, a pesar de este precio, decimos que es bueno vivir, especialmente si consideramos la alternativa. Lo cierto es que preferimos permanecer tan ignorante como sea posible acerca de esta situación… “Hoy estamos vivos, mañana muertos. Que le vamos hacer… pásame la tortilla de papas, por favor, antes que se acabe”.
Vivir es bueno si tejemos una red de ilusiones que nos haga creer que somos lo que no somos. Para ello tenemos que suprimir la conciencia e ignorar el hecho de que vivimos en un universo sin dirección, sentido o fundamento. Sin este doble compromiso la vida seria una farsa patética en lugar del magnífico libreto del que creemos ser parte. Cualquiera creencia sin base o entretención barata es mejor que la cruda realidad. La conciencia permanente de la brutalidad de la vida haría insostenible la existencia ¿No es por eso que necesitamos las fábulas de la religión y las utopías políticas? Valores basados en arenas movedizas no son buenos, pero sin ellos no hay valores.
Pocos filósofos se han atrevido a mirar directamente en el abismo de la vida, en lugar de instalarse en creencias más confortables. Y uno que otro ha promovido el suicidio colectivo. En la práctica, sin embargo, la mayoría termina solo disparándose en el pie. En todo caso los pesimistas son rechazados, no por esta inconsecuencia, sino porque sus lamentos no resuelven el sufrimiento humano. No ofrecen una solución realista que supere todas las otras soluciones. Según el pesimista, lo que no existe nunca ha herido a nadie. Es solo la existencia de la conciencia lo que hiere a cada uno. Un error que lleva a la humanidad al agujero negro de la lógica. Para escapar a este error lo mejor sería dejar de procrear. La idea no es tan descabellada si consideramos que no sería la primera vez que una especie termina en la papelera del reciclaje. Hasta el universo tiene fecha de caducidad… ¿no será un error, en todo caso, calificar de error a nuestra existencia? Si pensamos nuevamente, la naturaleza no comete errores. Solo crea lo que crea.
La voluntad de vivir es una idea bien popular. La ironía es que por miles de años los humanos se han unido y sacrificado para crear comunidades, naciones e imperios al servicio del bien común, para luego, sin pérdida de tiempo, dar paso a la sanguinaria voluntad de destrucción. Incontables seres humanos asesinados en una historia rotativa de horror… el hombre persiguiendo al hombre. El poderoso sometiendo al débil hasta que el débil se hace mas fuerte y hace papillas al poderoso. Para mantener el juego, el poderoso tiene que seguir luchando para hacerse más poderoso. Lo curioso es que no usamos el poder para hacer nuestras vidas fantásticamente mejor, sino fantásticamente peor. Creamos un mundo de dolor para producir más dolor…¿cuál es el objetivo? No es sorprendente que el filósofo austriaco Wittgenstein en alguna ocasión dijera… “Yo no se porque estamos aquí, pero estoy seguro que no es para disfrutar”.
Para mantener la ilusión optimista necesitamos un cierto grado de hipocresía. Si queremos tolerar a nuestros semejantes o usarlos en nuestro beneficio tenemos que tragarnos gran parte de sus fantasías para que ellos se traguen las nuestras. La hipocresía ecuménica, sin lugar a dudas, juega un importante papel en nuestra cultura y es lo que nos ayuda a abrirnos camino en el mundo cultural, laboral o político. Imaginemos solo que nos ocurriría si un día decidiéramos contarles a todos los que nos rodean lo que realmente pensamos. Muy luego perderíamos a nuestros amigos, nuestro trabajo y nuestro lugar en la comunidad. Y mucho peor sería actuar nuestros sentimientos. Terminaríamos muertos o en la cárcel como el Unabomber.
La mentira y la hipocresía es la materia de la que esta hecha la sociedad. Una tremenda armazón de sueños febriles que persiste por miles de años y que continuaremos alimentando hasta el fin de nuestros días… ¿no destruimos una sociedad para luego reconstruirla con una diferente mentira? Por cientos de años hemos admirado las pirámides ¿pero, que son, sino un gigantesco monumento a nuestra estupidez? Según la ilusión colectiva, el futuro, que esta sometido a una permanente reconstrucción, será mejor que el presente. Esta es la “audacia de la esperanza”. Pero, otra vez, si miramos el pasado… ¿qué razón tendríamos para creer que será diferente?
Si preguntamos si se es feliz o no la mayoría responde que si, en contra de todo lo que puedan decir los filósofos. Lo contrario no es parte del programa. Incluso, la gente que uno espera que sea infeliz, no lo es, o no por mucho tiempo. Según las estadísticas un gran porcentaje de la población se cuenta entre la gente feliz. Son los que aun no han confrontado el dolor y la pena que eventualmente les espera. Una tragedia inesperada puede borrar para siempre todos los momentos de felicidad que uno pueda haber tenido. Por cierto, unos pocos continuaran viviendo el evangelio de la felicidad hasta el mismo instante en que la cortina se cierre. En hora buena. Necesitamos creer en la felicidad porque ella justifica nuestra vida.
No es suficiente vivir porque sí. Tenemos que, de alguna manera, vindicarla. No nos gusta la idea de que la vida simplemente se viva gratuitamente. No sería correcto. El sentido común dice que todo tiene su razón de ser. Desde un punto de vista cósmico, sin embargo, cualquier cosa que hagamos es inútil y sin justificación. Si la especie humana desapareciera mañana, aquí no habría pasado nada. Un pequeño chispazo en la obscuridad insondable del tiempo.
Cuando la intrincada red de fantasías que nos protege del patetismo que la conciencia revela deja de funcionar caemos en la depresión, ese estado emocional que nos pone en contacto directo con el drama existencial. Cualquiera sea su forma o nombre siquiátrico, lo común es que socava el complejo de emociones que nos identifica con un sí mismo. Es descubrir que el viejo yo y el resto de la realidad no es algo sustancial como creíamos. La depresión disuelve la laboriosa red de fantasías que sostiene nuestra vida y abre el espacio al suicidio. Un panorama bien deprimente y, obviamente, no queremos eso. Preferimos sentirnos bien antes que mal. Y cuando nos sentimos lo suficientemente bien imaginamos que algún día nos vamos a sentir bien todo el tiempo. Y si no, actuamos como si fuéramos felices. Si pretendemos sentirnos felices por bastante tiempo, llegaremos a sentirnos felices siempre.
Pensemos como la sociedad quiere que pensemos. El mundo fue creado para nosotros y nuestro país y nuestra religión y nuestro partido y nuestro trabajo son bienes que debemos amar. Gracias a ellos somos alguien. Si esto no es suficientemente bueno para nosotros, no hay muchos otros lugares donde ir. Uno de los más atractivos a través de la historia ha sido el escape de la realidad de la conciencia. Plantas y drogas han sido los medios más efectivos para alterar el balance químico cerebral, a pesar del horror que hoy suscita entre los puritanos y la gente normal que crea las reglas. Es lo más cercano a estar muerto sin estar realmente muerto. La atracción está en que satisfacen una necesidad mucho mejor que la industria del entretenimiento. El Nirvana es un espacio solitario, solo para uno a cada momento, sin lugar para familia, sociedad, amigos o industria. Aquí no hay peligro para el Estado. La guerra en contra de las drogas no se dirige a ellos. Se dirige a los que existen, a los que cuentan en la sociedad, a los que mantienen la máquina funcionando. Hay que evitar que los sicodélicos cambien los carriles “normales” de la mente .
Promulgamos el derecho a la diversidad y a diferentes visiones del mundo… siempre y cuando sean positivas. De que mantengan la fantasía de que somos mucho más que un montón de órganos dentro de una bolsa de piel… Por eso constantemente nos contamos historias de amor, de héroes, de magos, de reyes, de plebeyos, de revolucionarios, del bien en contra del mal. Ellas nunca pierden popularidad. Son la sustancia de nuestras prácticas cuotidianas y necesitamos mantenerlas vivas, por trágicas que sean, porque nos salvan el día del sin sentido. Los autores que califican de genios literarios son inmortalizados con el premio Nobel y sus obras llenan las librerías, bibliotecas y universidades. Ideas pesimistas o nihilistas no califican de la misma manera. Son políticamente incorrectas.
¿En que momento dejamos de ser la persona que creíamos ser?… Exactamente cuando el mundo ficticio se desgrana y deja de sostener las mentiras que le daban sentido. Como todo buen existencialista sabe, no tenemos más sustancia ni valor que la montaña, el arcoiris o el gato de la vecina. Lo que creemos ser, alma inmortal, espíritu, la cúspide de la naturaleza o lo que sea, es tan real solo en tanto imaginamos que es real. Si un extraño se parara en la esquina del mercado con un letrero que dijera… “El fin esta cerca. Nada podemos hacer”… ¿Quien le haría caso? Un loco más en la calle. Bien diferente es la historia cuando el sacerdote dice desde el púlpito… “Reza por tu alma. Estamos al final de nuestros días. Muy pronto estaremos para siempre en el Paraíso junto al Señor. Tenemos el espíritu en nosotros”… Podemos soportar muchas cosas, pero no que seamos nada.
¿Estamos más cerca de la realidad si vivimos con la conciencia de que desde el momento en que nacemos el reloj empieza a correr? ¿Que después de todo no hay sentido y todo nuestro drama es simplemente un ejercicio banal? Esta es la cosa… vivimos con el velo de la fantasía o con la conciencia del vacío de la vida… sea una o la otra… seguimos viviendo, porque la alternativa es letal.

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