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Actas : Notas Junio 8, 2017


Nación y pre-modernismo
Nieves y Miro Fuenzalida

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Si alguien dice que es español es porque cree distinguirse del italiano, francés o alemán. Si uno cree ser chileno es porque cree ser diferente del argentino, peruano o brasileño ¿Pero… la cuestión es qué es ser español, chileno o argentino? ¿Cuál es el paradigma de la hispanidad o chilenidad?… En la imaginación del universo thatcheriano la encarnación del auténtico inglés ya no estaba representada por la nobleza de la tierra que preservaba las viejas tradiciones, sino por el hombre que se hace a si mismo a partir de los estratos sociales más bajos. ¿Quién es, entonces, total y auténticamente inglés?
La respuesta final pareciera ser… nadie. Cada inglés empírico contiene, por decirlo así, algo no-inglés. La noción misma de nacionalidad (hispanidad, chilenidad, o argentinidad) contiene un “límite interno”, un punto inalcanzable que previene al sujeto lograr identidad nacional completa. Imagen relacionada.

Es solo después de la revolución francesa y americana cuando el Nacionalismo Cívico se transforma en un poderoso ejemplo a seguir. La mayor parte de las naciones occidentales empiezan a definir la nacionalidad en términos de ciudadanía. Lo que mantiene la unión social, según el proyecto modernista, es una ley común y no una raíz común. Adhiriendo a un conjunto de procedimientos y valores democráticos los individuos pueden acomodar sus derechos y moldear sus propias vidas en concordancia con la comunidad. La pertenencia nacional se basa en lazos racionales y no en un conjunto de características heredadas biológica o culturalmente. Con cierto optimismo se imaginó que estábamos moviéndonos irrevocablemente más allá del tribalismo, del racismo y del provincialismo religioso y cultural hacia una cultura global capaz de integrar y respetar el pluralismo universal.

Lo que hoy hemos empezado a vivir, en cambio, es la vuelta de lo “reprimido” y su nombre es “nacionalismo”. El proyecto modernista se ve amenazado por el retorno del nacionalismo étnico en donde las ligazones entre los individuos se basan en una suerte de destino común definido por el lenguaje, la religión, la sangre, la tradición o las costumbres comunes y no en una elección libre y racional. Es la comunidad Nacional la que define al individuo y no el individuo quien define la comunidad. Muchos presumen que la cohesión Étnica posee mayor profundidad que el Nacionalismo Cívico, porque es capaz de generar emociones colectivas capaces de fundir al individuo en una identidad común. Pero, éste no siempre es el caso.

La etnicidad común por sí misma no crea cohesión social o comunidad y cuando ello ocurre los regímenes nacionalistas se ven impulsados a mantener la unidad por la fuerza más que por el consentimiento común, lo que los hace necesariamente más autoritarios. El autoritarismo le permite trasformar el gobierno en un instrumento orientado hacia los intereses de la mayoría étnica ignorando los derechos de las minorías y de aquellos que se definen diferentemente. La universalidad de los derechos termina donde termina la raza, el lenguaje, la religión o la creencia política. Su moral es ultra convencional y todo lo diferente es una amenaza y su suerte es el sometimiento o la extinción.

Algunos teóricos sociales han venido sosteniendo que el Nacionalismo Étnico autoritario solamente surge donde nunca ha habido tradición de Nacionalismo Cívico. Se da el ejemplo de los países de la Europa Oriental en donde por 40 años el gobierno exclusivo de los Partidos Comunistas eliminó toda posible cultura cívica que pudo haber existido previamente. Si este es el caso, el Nacionalismo Étnico no tendría cabida en sociedades con larga tradición cívica. La realidad, sin embargo, indica algo diferente. El racismo europeo, que sin lugar a dudas es una forma de Nacionalismo Étnico blanco es, en el fondo, una reacción en contra del Nacionalismo Cívico, en contra de la idea misma de una nación basada en la noción de ciudadanía. El ejemplo lo podemos ver en Italia, Alemania, Francia, Gran Bretaña o España, para nombrar solo algunos, todos países con diferentes grados de experiencia democrática.

La Nación moderna posee una naturaleza ambigua y contradictoria. Por un lado, designa una comunidad moderna libre de los lazos orgánicos tradicionales en las que las ataduras pre-modernas que mantenían al individuo sujeto a un estado particular (a la familia, al grupo religioso, a la tradición cultural…) son rotas. La comunidad corporativa tradicional es reemplazada por el Estado Nacional Moderno constituido por ciudadanos… pueblo compuesto por individuos abstractos.
Y por otro lado, la Nación no puede nunca ser reducida a una estructura definida por lazos puramente simbólicos… siempre hay atado a ella una especie de “plusvalía material”. Para definirse a sí misma la “identidad nacional” debe apelar a la contingencia empírica de “sangre y tierra”, de “raíces comunes”… En breve, la Nación designa doblemente aquella instancia que disuelve los lazos orgánicos tradicionales… y al sobrante pre-moderno, la forma en que la insistencia orgánica adquiere dentro del universo pos-tradicional que funciona como una condición interna, como un ímpetu inscrito en su propia movilidad del cual no podemos deshacernos.

Hoy nos encontramos con regiones del mundo en donde todas las formas estatales empiezan a desaparecer. Extensas áreas de África, Asia Occidental y Asia Central carecen prácticamente de estados funcionales, incluyendo parte de los Balcanes, Afganistán e Irak. El monopolio virtual del control del Estado sobre las fuerzas de coerción desaparece y los conflictos entre fracciones armadas deciden el poder. La desintegración de las instituciones estatales en estas regiones del mundo es el resultado del colapso del Imperio Colonial, similar a la caída del Imperio Romano en Europa en donde por largo tiempo no hubo estructuras estatales.

Hoy día, esta situación crea serias dificultades en relación con otras partes del globo en donde esto no ocurre, (como en Europa, las Américas y Asia Oriental) porque plantea el problema de la interacción entre un mundo donde el Estado existe y otro en donde no existe. Es imposible decir ahora, por esta razón, si el mundo será más difícil o, simplemente, imposible de gobernar.
La Globalización es un proceso que no puede ser aplicado fácilmente a la política. Podemos globalizar la economía, aspirar a una cultura globalizada y, ciertamente, a una tecnología y ciencia singular global. Pero, políticamente hablando, existimos en un mundo pluralista y dividido en estados territoriales. Aunque tenemos una variedad de instituciones globales, en la práctica no tenemos instituciones políticas globales. Las Naciones Unidas derivan su poder de los estados existentes. Lo que hay es la coexistencia de dos sistemas diferentes. Uno para la economía y otro para la política.

Es en este contexto en el que tenemos que preguntarnos cuál será el efecto del debilitamiento de la Nación-Estado. Hoy no lo sabemos. Pero, el Estado Nacional no puede ser ignorado y no podemos hablar del mundo como si ellos no tuvieran importancia. En política nada existe fuera de ellos. La posibilidad de una autoridad global única capaz de llevar a cabo el papel político y militar, que hoy es propio del Estado Nacional, es actualmente inexistente.

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