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Actas : Notas Mayo 26, 2017


Vegetarianismo y política ambiental
Nieves y Miro Fuenzalida

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“Come las criaturas que se matan para el mercado, pero nunca le tires la cola a un gato. Come la carne del cerdo, pero nunca seas cruel con el perro. Crece con doble pensamiento. Besa a la ardilla, descuera al mink. No pienses en el matadero. Para eso están los animales aquí. Así que come tu carne y no preguntes por qué…” Lo que este poema de Jane Legge pone al descubierto es una cierta inconsistencia y confusión mezclada con hipocresía que caracteriza nuestra forma común de pensar acerca de los animales y que luego traspasamos a nuestros hijos. Uno podría preguntarse… ¿No es esta confusión la que configura el doble estándar de nuestros sentimientos hacia el mundo animal?

Un número creciente de individuos ven la práctica del vegetarianismo como una manera diferente de auto relación que puede conducir a nuevas formas de oposición política y a una redefinición de la estrategia de la política ambiental.

El movimiento por los derechos del animal, que comenzó hace ya más de treinta años, desafía el excepcionalismo humanista que restringe las consideraciones morales solamente a la especie humana. Teóricos como Singer y Regan reinterpretan las inconsistencias que plagan sus obras. La igualdad, dicen, es una idea moral y no una cuestión de hechos. No hay necesidad lógica para afirmar que una diferencia o ausencia de habilidad entre dos sujetos (razón, lenguaje, conciencia, alma) pueda justificar una diferencia en la consideración que le damos a sus necesidades o intereses. Según ellos el principio de la igualdad humana no es la descripción de una igualdad actual, sino una prescripción de cómo debemos tratar a los seres humanos. El principio de igualdad no se basa en la posesión de aptitudes o habilidades actuales, sino en la capacidad de sentir. La sensibilidad, dicen siguiendo a Bentham, es el prerrequisito, la línea moral divisoria. Si un ser es capaz de sentir no hay razón para no considerar sus necesidades y sufrimientos. La tradición moral del occidente deja al animal no humano arbitrariamente fuera de cualquier cálculo moral.

El problema con esta aproximación al vegetarianismo es que está cargada de suposiciones metafísicas y especulaciones científicas, de las que genera principios abstractos obligatorios independientes de contextos económicos o sociales y sólo se concentra en el animal individual en desmedro de una aproximación ambiental holística, por lo que no es raro que el encuentro entre los derechos del animal y el movimiento ambientalista esté marcado por continuas dificultades. Los teóricos éticos ambientalistas piensan en términos de ecosistemas, y su preocupación es la de mantener la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótica y muchos de ellos ven el proyecto de la liberación animal como irrelevante e, incluso, peligroso para el balance ecológico. Para Kathryn P. George, por ejemplo, la obligación normativa de una dieta vegetariana, veladamente lleva a la creación de una jerarquía moral. Cualquier aproximación normativa al vegetarianismo, dice, impone injustamente una obligación moral universal que no considera diferencias nutricionales o económicas y condena a un estatus moral inferior a los que no adoptan la actitud correcta, a una clase inferior que es justamente lo que el vegetarianismo busca eliminar… ¿Deberíamos abandonar, entonces, la ética vegetariana y reconocer que algunos animales son más permitidos que otros?

Joseph J. Tanke (The Care Of The Self And Environmental Politics, 2007), dice que es posible enmarcar una ética vegetariana reemplazando los principios normativos abstractos o una moral jerárquica por prácticas que promuevan nuevas subjetividades y comunidades. Foucault ha hecho notar la diferencia que existe entre el código moral Occidental, es decir las reglas que gobiernan lo prohibido y lo permitido, que son relativamente permanentes, y el tipo de relación que uno debiera tener consigo mismo. Lo que somos, dice, debemos entenderlo como producto de una red de prácticas ligadas a relaciones de poder y obligaciones. No somos sujetos ahistóricos, independientes del mundo al que luego se le agrega una ética. Somos de partida sujetos éticos y políticos en el sentido de que existimos como un conjunto de hábitos y relaciones con otros. El descubrimiento de nuestra época es que nuestro ser es producto de tecnologías históricas y nuestro problema, si queremos hacer surgir un ser diferente, es cambiar estas tecnologías. El reconocimiento de que diferentes prácticas resultan en diferentes formas de subjetividad, abre la posibilidad de interrumpir nuestras conductas y hábitos mentales para explorar otros.

El vegetarianismo puede darle al individuo esta posibilidad de interrupción y acceso a una variedad de discursos ambientales. Los hábitos vegetarianos pueden capacitar a los ambientalistas a tener un impacto global positivo y les permitiría abandonar el doble estándar. No sólo habría una armonía entre la vida vivida y el discurso ambientalista, sino que el ejercicio de la practica vegetariana mostraría que las cosas pueden ser distintas, que pueden haber diferentes formas de vida porque nuestro ser es maleable. La mera existencia vegetariana abre nuevas posibilidades de existencia humana, de preservación de los recursos naturales y de estabilidad de los sistemas ecológicos hasta donde humanamente esto sea posible. Esta es una de las formas en que la auto estilización de la existencia vegetariana puede resultar en una acción política directa, en una acción que contiene un boicot implícito a una de las formas ambientales más dañinas de producción de alimento.

El cuerpo vegetariano esta cercanamente ligado al cuerpo social y la dieta que uno elija no es neutral. Debiéramos entender al vegetarianismo no como un conjunto de reglas que debiéramos obedecer, sino como un ejercicio que puede configurar otras subjetividades.

[Nieves y Miro Fuenzalida, profesores de filosofía, Ottawa, ON]


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