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Actas : Notas Marzo 25, 2017


Cuarenta años de Cordillera
Ramón Sepúlveda San martín

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A partir del año 1976 y hasta 1981, más o menos, me tocó presidir la Asociación de Chilenos de Ottawa. Este mérito no habla tanto de mis dotes de dirigente sino más bien de el haber sido uno de los pocos chilenos que se podía desenvolver bien en inglés, algo fundamental, cuando esta asociación, definía como una de sus metas alcanzar al público canadiense e informarlo de la horrenda situación que se vivía en Chile bajo la dictadura militar de esos tiempos.

Materia de otra discusión: tanto la Asociación de Chilenos de Ottawa, como las equivalentes a través de Canadá, lograron crear una “cadena” de organismos e individuos canadienses, que fueron mucho más allá de la mera información generando muchas actividades y representaciones de orden político que resultaron, entre muchas otras cosas, en el logro de que Canadá votará consistentemente en las Naciones Unidas, a favor de las críticas al gobierno militar de Chile por su atropello a los derechos humanos en ese país.

Dentro de las comités de trabajo que conformaban la Asociación, destacaba la Comisión de Cultura, y fue en este subgrupo, por así llamarlo, donde surgió la idea de crear actividades relacionadas con la literatura; no por nada, decíamos, tenemos dos premios nobeles en esta materia. Fue así que surgieron talleres literarios, lecturas de poesía y ciertamente la creación de una editorial.

Los primeros integrantes de este grupo fueron: Gonzalo Millán, José Leandro Urbina, Jorge Etcheverry, Ramón Sepúlveda, desde Toronto Naín Nómez, más tarde y desde Kingston, Eric Martínez. Así fue que se decidió llamar a esta editorial, Ediciones Cordillera, nombre que por razones obvias, identifica a muchos chilenos.

Cordillera, como ya todos la llamábamos, se dio un ambicioso plan, publicar libros en español, en un país donde no se hablaba esta lengua, y donde, aparte de las comunidades chilenas en Canadá, no teníamos a ciencia cierta una idea de cual era la población hispana en este país, Aun así, se decidió publicar el primer libro de esta editorial, y que sin temor a equivocarme, era además uno de los primeros libros publicados en español en Canadá por una asociación hispanohablante.

Este libro fue Las Malas Juntas, de José Leandro Urbina. Pensábamos que ya era el momento de que los relatos que contendría ese libro, fueran conocidos ampliamente por la comunidad chilena, además de otras comunidades de habla hispana, con el sueño de que eventualmente fuera traducido al inglés y al francés. No creo que nos hayamos equivocado en esta elección. Hoy se cuentan más de cinco ediciones de este libro, por distintas editoriales y en por lo menos tres lenguas.

Me voy a dar el lujo de narrarles el cuento de este libro que más cobertura ha tenido:

Mientras el sargento interrogaba a su madre y a su hermana, el capitán se llevó al niño, de una mano, a la otra pieza.

—¿Dónde está tu padre? —preguntó.
—Está en el cielo —susurró él.
—¿Cómo? ¿Ha muerto? —preguntó asombrado el capitán.
—No —dijo el niño—. Todas las noches baja del cielo a comer con nosotros.

El capitán alzó la vista y descubrió la puertecilla que daba al entretecho.

Este relato se llama Padre Nuestro que estás en los cielos.


Pero también me gustaría decirles que, tal como cuando nos referimos a una canción popular en que todos podemos cantar una o dos estrofas de ella; en los cuentos de este libro, hay frases, y a aquí me gustaría citar una, que por lo menos en mi casa se ha transformados en cierto código para continuar una conversación o un dialogo que se había suspendido:

“—¿En qué estábamos, señorita Jiménez?”

Esta es la situación en que ocurre:

A la luz del amanecer, filtrándose tímida por la ventana, se compuso con esmero el vestido. Una de sus uñas limpió a las otras. Untó la yema de los dedos con saliva y alisó sus cejas. Cuando terminaba de ordenarse el cabello escuchó a los carceleros venir por el pasillo.

Frente a la sala de interrogatorios, recordando el dolor, le temblaron los muslos. Después la encapucharon y cruzó la puerta. Allí dentro estaba la misma voz del día anterior. Los mismos pasos del día anterior se aproximaron a la silla trayendo la voz, húmeda, hasta pegarla a su oído.

—¿En qué estábamos ayer, señorita Jiménez?

— En que usted debe recordar que está tratando con una dama, dijo ella.

Un golpe le cruzó la cara. Sintió que se desgarraba la mandíbula.

—¿En qué estábamos, señorita Jiménez?

En que usted debería recordar que está tratando con una dama, dijo ella.

Este cuento se titula Retrato de una dama.


Años más tarde, ya Cordillera contaba con una colección de libros y cuadernos que pasaban la media docena. En 1981 Cordillera publica el libro de Naín Nómez, Historias del Reino Vigilado ya en edición español e inglés. De este libro quisiera destacar el poema Anti-Apología, escrito antes de 1967, que tiene un extraordinario valor premonitorio de lo que de alguna manera vino a transformarse en cierta realidad en las calles de Santiago a partir del golpe de estado, realidad que afectó a muchos de los que vinieron a vivir su exilio en Canadá. Voy a ofrecer un corto fragmento del final de este poema:


Y yo

Tal vez me atrapen hoy a mediodía
Y tajeen mi importante piel de individuo
Por si acaso,
Me guardaré una garra hasta el siglo venidero
Y mientras tanto
Me dejaré crecer
Algunas bellas odas color rosa
Con un estricto logaritmo social.

Eso puede engañarlos.


Creo importante citar la contraportada de Las Malas Juntas:

"La Asociación de Chilenos de Ottawa, con el esfuerzo de todos sus miembros, entrega a la comunidad chilena e hispanohablante, el primer libro de la serie que constituirá sus Ediciones Cordillera. Son varias las razones que nos llevan a impulsar este ambicioso proyecto: Primero, la creencia de que la lucha contra la dictadura militar chilena es un compromiso que debe realizarse en todos los frentes posibles. Que el arte y la cultura son un vehiculo eficaz de comunicación y acercamiento solidario entre la comunidad chilena y también un punto de encuentro con los pueblos que nos han acogido, en tanto muestra sensiblemente, lo que somos y lo que queremos. Que la comunidad chilena debe darle a sus artistas la oportunidad de expresarse y expresarla. Que la producción de estos, no debe ser relegada a los cajones, sino mostrada al mundo y a nuestro pueblo como el signo de una lucha inacabada, en la que todos tenemos un rol que cumplir. Por último, demostrar, que los enemigos del facismo, somos muchos y somos mejores".

La comunidad chilena a que alude este texto es obviamente la de los chilenos exiliados que empezaron a llegar a Canadá cuatro años antes de la publicación de Las Malas Juntas, el primer libro de Ediciones Cordillera. Esta comunidad estaba formada por aquellos que apoyaron al gobierno de Salvador Allende, y que a partir del golpe de estado de 1973, se había transformado en los enemigos de la dictadura militar instaurada por este golpe. Cabe señalar que esta comunidad, a pesar de coincidir grandemente en el apoyo a Salvador Allende, provenía de 18, si 18, partidos y movimientos de izquierda. Para ilustrar esta diversidad, que de algún modo se mantuvo en el exilio, y naturalmente, también en Ottawa quisiera citar la dedicatoria que me hizo Jorge Etcheverry en su libro El Evasionista publicado por Ediciones Cordillera también en 1981 : “Pal Moncho. Compañero y adversario de cinco años de literatura y poltica.”

Y para concluir voy citar un Fragmento de un Fragmento (el número 6) de El Evasionista:

"Un Pentecostal de negro vocifera a voz en cuello, enarbolando la biblia. Me mira con ojos llameantes y camino por las calles festoneades de cafés y bares, orladas de bazares pequeñísimos, en busca de un callejón para ocultarme de su mirada".

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