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Actas : Notas Diciembre 28, 2016


Irreverencia y metanovela en “El caso Neruda” de Roberto Ampuero (La otra orilla, España. Mayo 2009, 326 páginas)
Jorge Etcheverry

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En términos muy escuetos, en esta novela, el vate Pablo Neruda le encarga al personaje principal, Cayetano Brulé, un detective privado que vive un poco a “salto de mata”, como es habitual en el oficio, una investigación que lo hace recorrer varios países, con un presupuesto proveniente de los fondos del laureado premio Nobel y con el recurso de diversos contactos de círculos y esferas políticas chilenos y extranjeros. Se trata de autentificar el hecho de una presunta hija de Neruda, para lo cual debe encontrarse con la madre y de ser posible con la hija.

Aunque se usa el nombre del vate en el título de una novela policial, puede que el término irreverencia que usamos en el título de esta nota no sea adecuado, porque la novela de Ampuero nos presenta más bien a un Pablo Neruda humano, o humanizado, ya que para los panegiristas de las figuras geniales, sobre todo cuando se han vuelto emblemáticas, toda mácula o debilidad humana les parecerá irreverencia, aún peor y para estar acordes a los tiempos que corren, una blasfemia. El elemento que da unidad a esta representación del vate es su relación con las mujeres, sus compañeras, que marcarían las distintas etapas de su vida, lo que se refuerza en la novela con capítulos en cursiva en la voz de un narrador en primera persona, el poeta, dedicados a Josie Bliss, María Antonieta Hagenaar Volgelzang, Delia del Carril y Matilde Urrutia. Esta novela podría calificarse como de suspenso político y es creemos, el inicio de las peripecias del detective cubano residente en Chile Cayetano Brulé, a quien “Un título de detective, otorgado por un oscuro instituto de estudios a distancia de Miami, le salvaría más tarde, pues atraería a gente que deseaba encargarle investigaciones de poca monta” (P17). Este personaje principal se presenta como medio indolente, gastrónomo en la medida de sus posibilidades, sin compromisos políticos, preocupado básicamente de subsistir, mujeriego si se presenta la ocasión, relativamente frecuente, y con una mirada aguda y hasta cierto punto desencantada sobre los procesos sociales y sus protagonistas. Sin embargo posee una integridad básica, pese a su ocasional oportunismo, lo que queda de manifiesto en sus opiniones, o su observación, de los hechos sociales y políticos que contextualizar esta novela que culmina en el golpe del 73. La narración es el cuerpo de un racconto, en que el personaje principal sostiene una entrevista con figuras acomodadas del período del “retorno a la democracia”, antes en trincheras políticas opuestas, pero ahora unidos en una sociedad anónima floreciente. Esta visión es ambigua no por partidismo ni pesimismo escéptico, sino por su imparcialidad respecto a las circunstancias por las que atraviesa el país “Además, no tengo nada que ver con la política”, manifiesta Brulé en la página 207.

La relativa ajenidad y marginalidad del protagonista en la sociedad en que vive y los conflictos que la aquejan no es algo nuevo en el género novelesco y se remonta a sus orígenes. La posibilidad de presentar una perspectiva crítica o irónica creíble, distanciada, aumenta si se echa mano a un personaje principal de alguna ajeno a la sociedad de que se trate, pero que vive en su seno. Así, las ambigüedades y contradicciones, tan propias del mundo real, aparecen muy verosímiles desde la perspectiva de este antihéroe, lo que no hubiera sido posible si el narrador personaje se hubiera por así decir abanderizado con alguno de los bandos en que se dividía—y se divide—la sociedad chilena, y acaso mundial. Esto se convierte en un hábil instrumento en Ampuero a través de la perspectiva de Brulé, que “Debió ocultarse de los izquierdistas, que lo despreciaban como gusano de Miami, y de los derechistas, que lo desdeñaban como un infiltrado castrista” (P.17) .

La figura de Neruda se nos representa como la de un hombre de gran talento que dedica su vida a su obra poética, dotado de gran sensualidad y agobiado un poco por la culpa de los sacrificios de que ha hecho objeto a sus sucesivas compañeras en pos de esta vocación. Difícil tarea y lograda, ya que el lector primero se asombra del desparpajo de que alguien pueda incluso titular “El caso Neruda” a una novela, sobre todo de este género, después va aceptando esa figura ambivalente, que va entregando Cayetano Brulé, él mismo oscilando entre la absolución y la condena, pero al fin reconociendo la totalidad humana del ser del vate al que esta humanización creemos que en lugar de disminuir, más bien ha enriquecido.

En la novela, Neruda se revela como quien orienta a Brulé por el camino del detectivismo privado, ya que lo incita a la lectura de las novelas de Georges Simenon y la familiaridad con Jules Maigret, el maduro y corpulento héroe belga, sedentario, casado por décadas, enemigo del cambio, que opera en un país europeo occidental. El reverso de lo que es Brulé. Las alusiones al género policial y su contraste tanto con las circunstancias de la vida diaria como con las condiciones reales de la investigación en la América Latina—aún y a pesar de todo— tercermundista, es otra versión de la metanovela o metanarrativa ya presentes desde el Quijote. Un poco la distancia entre Amadís de Gaula y Alonso de Quijano es la que existe entre Brulé y Maigret, entre el detective del mundo desarrollado en un entorno racional, organizado, y este otro que opera, mal que bien, en Chile: “tuvo la sensación de que se iba convirtiendo en un Maigret caribeño” (P.280); “—Desde luego que no. Ya te lo dije hace tiempo. Él es parisino, Cayetano, como Monsieur Dupin, no un latinoamericano de tomo y lomo como tú. Tú eres diferente, auténtico, nuestro, un detective con sabor a empanadas y vino tinto, como diría Salvador, o a tacos y tequila, o a congrí y ron”, le dice Neruda a Cayetano Brulé en la página 240.” . Esta es una manifestación más de la distancia entre los patrones rectores de los géneros literarios y sus personajes arquetípicos o canónicos metropolitanos y las variantes del nuevo mundo, o en general, la realidad. “Los detectives de la ficción se convertían en héroes con facilidad, pero los de carne y hueso no pasaban nunca de su condición de proletarios de la investigación”, (P.202). Esa distancia está presente en la manera cómo se vive en relación a modelos que se nos enfrentan desde el mundo alternativo de la representación, que pese a no existir concretamente puede tener más significado que la realidad de todos los días: “..mirando la torre de Televisión que descollaba al final de Unter den Linden esbelta e iluminada, como la Torre Eiffel en las novelas de Simenón por encima de los techos de París” (p.200). Esta distancia o diferencia entre la versión metropolitana (desarrollada) y la periférica (en desarrollo) no se nos presenta en esta novela desde la reflexión o la indagación en la subjetividad, el yo y la identidad patentes por ejemplo magistralmente en el Obsceno pájaro de la noche, de José Donoso, o en la distancia insalvable entre el paradigma de cultura pop norteamericana y su recepción mitificada y atrasada en la periferia argentina de Manuel Puig en su Traición de Rita Hayworth. Aparece entreverada como un elemento más en esta novela que no se quiere seria y sin embargo es profunda. Lectura fácil y rápida, con personajes que tienden ocasionalmente al estereotipo o al personaje esquemático, funcional para la trama—el lector no se espera las angustias y disquisiciones de un Karamanzov o un Roquentin—porque sus expectativas son otras en esta novela que se enmarca en su género a la postre policial, subgénero o paraliteratura para algunos, y que, sin embargo, entrega esa visión ambivalente y compleja de otros, por ejemplo del personaje ficticio, que lo es a pesar de todo, del vate.





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