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Actas : Notas Diciembre 8, 2016


La edad del futuro
Nieves y Miro Fuenzalida

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El mensaje sutil de la época es que el pasado es una pérdida de tiempo y lo único que importa es llegar al futuro tan rápido como sea posible. La época del tecno-futurismo con largo alcance ha llegado. Y es muchísimo mejor que el patético presente.

La posesión del conocimiento, que una vez significó la comprensión del pasado, ahora es la habilidad de hacer predicciones. Conocer o predecir el futuro es mucho más productivo y rentable que estudiar el pasado. Y para ello, en lugar de leer las hojas de té, mirar la bola de cristal o tirar el I Chi, podemos usar el instrumento científico apropiado, es decir… “Big Data”, la aplicación de las matemáticas a enormes cantidades de datos para inferir probabilidades. En el 2011 el Foro Económico Mundial anuncio que “Big Data” debe ser considerado como una nueva clase de activo económico, algo que uno puede poseer y gozar de sus beneficios. Es la energía que lleva al futuro. “Big Data” es la primera aplicación tecnológica del siglo XXI cuyo único propósito es conocer lo que viene. Starbucks, Walmart, Amazon, Google, Target, Adidas, etc. ahora pueden saber quién, que, cuándo, cómo y dónde pueden vender exactamente sus productos. El jefe ejecutivo de la firma FICO, por ejemplo, con todo atrevimiento ahora puede anunciar… “nosotros sabemos dónde tu vas a estar mañana”. Hay múltiples maneras de coleccionar datos… cuando clicleamos el internet, cuando compramos, cuando hablamos por teléfono, cuando vamos al banco, cuando estamos en el trabajo, etc. etc. Cada acción que emprendemos es aprovechada para generar probabilidades acerca de que acción vamos a tomar. Las grandes Corporaciones invierten billones de dólares en esquemas para convertir el mundo en datos. Lentamente van mejorando más y más la habilidad para influir y darle forma al porvenir.

¿De dónde viene este afán por el futuro? Si consideramos los datos antropológicos encontramos que desde el Homo erectus hasta el comienzo de la civilización mesopotámica el humano no vivió en el flujo segmentado que caracteriza nuestro tiempo. En aquellos tiempos no había pasado ni futuro. Solo el gran presente. Las sociedades tradicionales lograban la predictibilidad “transformando el tiempo cíclico en círculos”. La seguridad se encontraba en seguir haciendo lo que siempre se había hecho. La noción de medir las épocas en décadas y centurias solo ocurrió en 1890. La revolución industrial trajo el fin del orden tribal y con ello la seguridad que el conocimiento de nuestro origen y destino nos daba.
¿No será entonces, si consideramos esto, que la obsesión contemporánea por adueñarse del futuro es el intento de recuperar la seguridad por otros medios? Según el filósofo español Innerarity hoy operamos, no con el conocimiento del futuro, sino con la ignorancia estructural del porvenir que se cierne sobre todo lo que la era industrial y digital ha traído, llenándonos con ansiedad y presentimientos de colapso. Llegar rápidamente al futuro con la ayuda de los medios científicos es el intento cada vez más elaborado de compensar por nuestra falta de certidumbre social. El surgimiento de “Big data” y la iniciativa tecnológica empresarial encuentran su raíz en este deseo inconsciente de volver al tiempo en que no teníamos que saber qué viene después porque, simplemente, no había después… solo el eterno presente.
El impulso al futuro, que siempre encontramos presente en los procesos cognitivos humanos, es bien diferente de la retorica futurística del complejo tecno industrial. La búsqueda del futuro ha sido, primariamente, saber qué es lo que va a pasar para evitar cambios peligrosos y desestabilizantes. La idea es ver el peligro, esquivar el escollo y mantener, tanto como sea posible, nuestra forma de ser. El discurso futurista corporativo que hoy encontramos, en cambio, tiene como objetivo interrumpir, alterar e inventar todo y cualquier cosa tan pronto como sea posible.

Donde mejor se ve esto es en el intento de un influyente sector tecnológico de lograr “La Singularidad”, de vivir lo suficiente para ser integrado en la conciencia virtual o cerebro global conectado a la máquina digital que, al extenderse a todo el universo, culminará con el alumbramiento sublime, un estado libre de toda limitación temporal, física y mental. Un eterno presente.
¿Es del todo claro que todo este transhumanismo va en dirección del mejor interés del ser humano? ¿No será que todo este proceso tiene más que ver con creencias que con ingeniería y ciencia? Según el consenso de la comunidad científica estamos a miles de años de una inteligencia no-biológica. En la edad del “Big data”, dice el crítico cultural Hal Niedzviecki, en lugar de un conocimiento significativo del futuro, lo que tenemos es la promesa de ese conocimiento. Creemos que el mapear todos los aspectos del mundo físico y mental tiene el potencial de crear un mundo virtual paralelo de maleabilidad infinita capaz de llevarnos a un estado de absoluta certidumbre e inteligencia sin límite, a pesar de que la evidencia muestra que el precio de esta certidumbre es la pérdida de las libertades cívicas y del derecho a no ser vigilado por las Corporaciones y el Estado.

El punto no es si realmente podemos conocer el futuro. El punto es la historia que nos contamos acerca de él. Lo que importa más que su conocimiento, dice Niedzviecki, es el sentimiento de control que podamos lograr sobre el porvenir. Es creer que la cuantificación, alteración y ruptura es innovación y progreso.

Los tres últimos cambios tecnológicos más grandes de nuestra historia, comenzando en 1890, han sido la invención del motor a vapor, el dominio de la electricidad y el surgimiento de la computación. Todo lo que hoy hacemos se construye en base a estas tecnologías. Lo que hacemos en el siglo XXI es el legado del siglo XIX. Nuestra supuesta era de “ruptura”, comparada con estos tres cambios, es mucho menos innovadora de lo que parece… la televisión en el teléfono, el telegrama en el tweetter, el libro en la tableta digital. Lo curioso es que todas estas revoluciones masivas no han transformado en lo más mínimo nuestra inclinación al saqueo de los débiles, de las otras naciones o de la naturaleza. Lo que ha cambiado es que ahora el saqueo es mucho más grande y mucho más rápido, por lo que cada vez van quedando menos lugares para seguir con el pillaje. El precio de acelerar el consumo a través de la tecnología y consecuentemente organizar la vida alrededor de él puede, finalmente, destruir las condiciones ecológicas que sostienen la civilización y reclamar la existencia de toda la especie. Lo que la industria llama innovación es, en realidad, la inauguración de nuevas formas de consumo.

Todos los cambios tecnológicos han favorecido la replicación de nuestros genes. Más gente vive más tiempo. Progreso, desde el punto de vista de la evolución biológica, es la capacidad de sobrevivencia de la especie. El animal humano, no solo ha sobrevivido, sino que se ha ubicado en la cúspide de la cadena alimenticia… por ahora. La verdad es que con el tiempo nuestra conducta hace cada vez más problemática la sobrevivencia humana a largo plazo.

En la era de la revolución informática y la carrera al futuro todo fluye y la estabilidad es bien difícil de encontrar. La desigualdad económica aumenta, la clase media desaparece, la educación no garantiza trabajo y, mucho menos, uno significativo. Desempleo, subdesempleo, rebaja de salarios y pobreza son la norma ¿Por qué, a diferencia de la revolución industrial que no produjo pérdida de trabajo, la innovación informática ha creado un ejército de desempleados? La respuesta está en la interconectividad digital que ha sido posible gracias a más pequeños y baratos procesadores que permiten aumentar la producción sin la necesidad de emplear más gente o aumentar los salarios.

La cuestión, sin embargo, es esta: si la red tecnológica es tan buena para todos, ¿por qué, entonces, el mundo tiene que sufrir tanto con la expansión de la tecnología informática? Muy pronto tendremos camiones sin choferes, barcos sin tripulación, aviones comerciales sin pilotos, laboratorios sin técnicos, hospitales sin doctores, farmacias sin farmaceutas. Producción con menor costo. Pero, ¿qué va a pasar con estos millones de servidores? La computarización ha provocado la desaparición masiva de trabajos… desaparición que todavía no termina. No sería arriesgado decir que por primera vez en la historia humana los trabajos se pierden, no se crean, con la tecnología. Digamos, seres humanos reemplazados por un futuro más eficiente.

¿Qué se puede hacer con un sistema basado en la interrupción sistemática? La primera opción es… nada. El futuro viene y no podemos pararlo… “la innovación es una fuerza impersonal”, y la única manera de sobrevivirla es darle la bienvenida y adaptarse, dice la elite informática. La estabilidad es obsoleta. La ansiedad que plaga la época no es tanto el rechazo al cambio, como el miedo a fracasar en medio de él, de quedar atrás en la carrera del futuro. La segunda opción es la salida del futuro, el rechazo a la tecnotopía, el abandono de la ideología prevalente. Los que van a quedar atrás, según los survivalistas, son los que frenéticamente persiguen el futuro. Los survivalistas, por el contrario, se preparan para la catástrofe por venir, para la caída del sistema… guardan comida, agua, medicamentos y municiones para tres meses, suficiente para sobrevivir los primeros días. Al igual que muchos ecologistas, indigenistas y libertarios, no anhelan el futuro, anhelan el pasado, el retorno a un tiempo mítico cuando todo era simple, estable, con pequeñas ciudades, granjas y tiendas de abarrotes y la gente estaba en control de sus destinos en lugar de ser datos para el gobierno o las empresas privadas. Es el anhelo de la renovación de una vida tribal que surge de las ruinas del posmodernismo cibernético.

Nuestra alternativa entonces, según esto, estaría en la redención tecnológica o en la vuelta al pasado. ¿Cierto?… No, realmente. La carrera al futuro está saboteando el futuro y la vuelta a un pasado estable y armónico es imposible. Nunca ha existido.

Luego, ¿con qué nos quedamos? ¿No será hora de cancelar la esperanza y parar de creer que todo va a mejorar? Los que han venido luchando por un mundo diferente, según la opinión del escritor Paul Kingsnorth, están perdiendo y sería mejor reconocerlo, antes que seguir mintiendo. La economía de consumo no va a cambiar y no vamos a parar la emisión de carbón. Esta es una sociedad global que se está desmoronando y, a pesar de ello, es incapaz de cambiar de conducta. La cosa, dice Kingsnorth, no es prepararse para el apocalipsis, sino ajustar las expectativas para vivir a través de algo que ya está ocurriendo. No el fin del mundo, sino su deterioro y declinación inevitable, a veces imperceptible, de la que da cuenta la ciencia. Es el reconocimiento, dice el ecologista Robert Jensen: “cada sistema que regula la vida moderna no está a la altura de la tarea. Y no hay manera de reformar esto. La revolución no viene…”
¿Es esto la admisión de nuestro fracaso? ¿Y que, frente al fracaso, lo único que nos queda es tratar de mantener algún sentido humano en un mundo que se desploma?

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