Me he cambiado de ropa y de ciudad y ya no camino por la calle a las mismas horas ni duermo todas las noches. He cambiado desde mis hábitos alimenticios hasta el diámetro de mi cintura. Ya no persigo ningún tipo de pájaro fantástico con los ojos enrojecidos, el cerebro achicharrándonos adentro del cráneo (grueso) mientras la fiebre cubre nuestra frente de un agua caliente y salada. Enhorabuena. Enhorabuena. Esas son las voces de los más sensatos que sin necesidad de comunicarse, de recibir ningún mensaje ahora salen a la puerta de sus casas modestas pero bien cuidadas a saludar mi paso de réprobo arrepentido
en algún lugar de estas vastedades, unos batracios, al menos eso parece en medio de las sombras que los cobijan aún de día, ya que evitan el comercio con la luz y hurtan la cara
aún deciden entregarse a veces a urdir y desurdir negros ovillos de lana sucia en la vana esperanza de que sus maquinaciones inmundas, de dedos sarmentosas y moquientas narices, tosiendo todas las toses, tengan el poder de volar hasta mi con sus blandas alas pesadas, purulentas.
hemos de esperar su aniquilamiento súbito, quizás cuando todo el globo perezca aniquilado por el fuego, aunque sea mental y la vieja cáscara se separe del limpio y liso hueso, que brillara como de mármol incandescente anunciando a los nuevos hijos de los hombres el nacimiento de al fin definitiva pureza.
una solución así de extrema sería la única que podría aventarlos de la tierra
entretanto cavémonos más blandas y seguras cavernas en la Madre Tierra para evitar sus ojos
perdámonos en el laberinto de las modernas megápolis, contribuyamos a su complicación (por ejemplo con estas palabras)
vistámonos como los demás y salgamos a sus horas
así no sabrán a quien seguir
sólo sus turbios pensamientos nos inquietarán levemente cuando nos entregamos a buenos sueños, poblados de jóvenes mujeres desnudas, de cielos abiertos y animales dóciles.