Elaborar una propuesta para el siglo XXI, en especial cuando nos referimos a un dispositivo teórico que ha marcado la realidad hispanoamericana, como es el ensayo, resultaría presuntuoso.
De hecho, su estructura discursiva ostenta una serie de definiciones y en beneficio de la exposición, usaré la elaborada por un antiguo alumno de la Escuela Normal Superior de Francia, Gerard Genette, quién desde el paradigma de la intertextualidad, desarrolla el concepto de archigénero para referirse al ensayo, o sea, lo entiende como una forma de elaboración teórica abierta a múltiples géneros, cuyas particularidades motivan un actuar práctico.
Una de las características esenciales del ensayo, es el acento o sello propio del escritor, desarrollado su subjetividad y su correspondiente modo de tratamiento de los temas, ya sea propiamente literarios, académicos u de otro corte.
El ensayo tiene un énfasis filosófico-cultural del discurso, provocado por la vocación de búsqueda, de propuesta más que imposición, abriendo innumerables cauces al pensamiento creador.
Proponer entonces una reflexión sobre el ensayo para el siglo XXI, implica necesariamente, una reconstrucción de su propio pasado, sobre todo cuando el dispositivo teórico del que hablamos, pasó a ser el aparato discursivo por excelencia en la construcción de los conceptos de nación, estado, identidad, modernización etc.
Mencionar textos como “Facundo o Civilización y Barbarie” de Sarmiento o “nuestra América” de José Martí, “La noción de Estado en Chile” de Mario Góngora o más reciente “Chile Actual anatomía de un mito” de Tomás Moulian y en el plano opuesto “Cartografías de la modernidad” de José Joaquín Brunner, son la muestra palpable de la función del género, en el espacio público -sobre este punto quisiera extenderme- un primer momento del género tiene sus raíces en el diálogo entre pares, así pueden entenderse, los textos más representativos de la ilustración, cartas entre amigos, pares.
La revolución francesa trae consigo el concepto de ciudadano, como sujeto histórico vinculado a la naciente burguesía, sumado a la imprenta cumplen una función de divulgación, al alero del deseo emancipador y de participación, de quienes por siglos estuvieron excluidos de las grandes decisiones.
Este proceso se repite, con sus particularidades en la causa independentista de América Latina, la circulación restringida de los maestros de la ilustración, la lenta divulgación de las ideas entre la propia elite criolla, para luego extenderla a goteras en un proceso que no termina en la medida que existen analfabetos, en el sentido duro de la palabra como en su versión posmoderna llamada analfabetos funcionales (Aquellas personas que aún sabiendo leer y escribir frases simples no poseen las habilidades necesarias para satisfacer las demandas del día-a-día y desenvolverse personal y profesionalmente. Asimismo, para la UNESCO el analfabetismo funcional también implica la incapacidad de llevar a cabo cualquier actividad para la cual es necesaria la habilidad continua de leer, escribir y hacer cálculos con el fin de que el grupo y la comunidad funcionen apropiadamente).
El siglo corto de Hozbawn, es el periodo del apogeo del ensayo, como mecanismo de divulgación y debate, dicho de manera más académica, lo que no es necesariamente la mejor manera. El ensayo cumple una función activa en el espacio público, como ‘intervención discursiva’ eficaz en el campo de batalla de la cultura, donde se deciden, analizan y replantean las identidades políticas y sociales (P. Bourdieu).
Las categorías de modernidad e identidad serán las que marcan el debate latinoamericano desde 1850 hasta nuestros días, hoy cobran mayor fuerza en América Latina, sobre todo con el despertar de las culturas originarias que no se restringen a los derechos ancestrales de la tierra, que en sí mismo son un tema, sino que abordan nuestra propia relación con la historia. Generando una tensión no excluyente, pero si fundante de nuevos discursos.
Desde los albores del siglo XXI, sin embargo, la dinámica del ensayo a mi juicio pierde fuerza, no se trata de la falta de creatividad o calidad en la elaboración de propuestas, se trata más bien de la extinción del sujeto histórico moderno conocido como ciudadano, que se expresaba en diversas formas como “clase dominante” “obrero o trabajador” etc.
Hoy, pesos más pesos menos, se confluye en un espacio público que no es la plaza, sino el mall, es decir desapareció la discusión pública, por la búsqueda de ofertas, por tanto el interlocutor brilla por su ausencia.
Desde esa perspectiva, el sentido público del género ha perdido efectividad, amparándose en pequeños círculos de discusión principalmente académicos. El tema no es la circulación, ni la producción, ni siquiera el acceso informativo, las nuevas tecnologías en ese sentido son un aporte innegable, insisto, lo que desaparece es el debate, para instalarse una especie de consumo de “bienes culturales” desechables como los celulares.
La sociedad literaria, que tenía al humanismo como carta de referencia, se ha extraviado para siempre; y la lectura modestamente sigue cumpliendo su función de núcleo fundante, mas la escritura y el escritor navegan por aguas profundas y desconocidas. Han sido expatriados hacia el archivo, como acumulación ordenada o no de papeles de diverso origen.
La sociedad y los lectores de la sociedad de consumo, no tienen tiempo de bucear en los mares de las bibliotecas, la memoria colectiva con ello, sino está en tela de juicio, a lo menos está jugando un papel de segundo o tercer orden.
Desde esa perspectiva, tal vez, una de las funciones nuevas de los ensayistas, es ser una especie de archiveros de las cuestiones esenciales, son ellos los que estarán dispuestos a bajar a los subterráneos, para rescatar discursos, historias que el libre mercado desecha y por tanto la academia desecha.
Omar Cid
Centro Estudios Francisco Bilbao