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Cyborgs, memes y la crisis del humanismo"
Nieves y Miro Fuenzalida


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¿Estamos ya entrando a un mundo pos-humanista? ...Desde que los filósofos del inicio del modernismo argumentaron que existían sorprendentes similitudes entre el hombre y el reloj el humanismo se encontró en dificultades. El conjunto de creencias que reemplazo a Dios por el hombre lo asemejan cada vez más a la máquina. No es por casualidad que la figura pos-humana más atractiva de la cultura popular sea hoy la del cyborg, un ser híbrido mitad humano, mitad máquina. El éxito de la película “Terminator” en 1984 lo colocó firmemente en la imaginación social al representar la fantasía familiar del macho y la ansiedad inherente en el concepto del cyborg  que, al combinar la modificación tecnológica  con la ausencia de emoción de la máquina, lo transforma en un instrumento invencible de destrucción. La ambivalencia que sentimos frente al cyborg se deba, probablemente, al hecho que evoca el miedo que sentimos de ser absorbidos enteramente en un futuro tecnológico en donde la máquina se transforme en el paradigma del funcionamiento del organismo.

No es necesario que nuestro cuerpo contenga  aparatos prostéticos o implantes de “silicon chips” para ser pos-humano. Los nuevos modelos de subjetividad que empiezan a surgir en el campo de las ciencias cognitivas y de la vida artificial sugieren que, incluso, un Homo sapiens sin alteración biológica puede considerarse pos-humano.  Lo que realmente cuenta no es tanto la introducción de la máquina en el cuerpo, sino, como conceptualizamos el funcionamiento de la mente y el cerebro.

El humanismo nunca rompió totalmente con la tradición de un hombre espiritualizado y la variedad de dualismos, de un tipo u otro, que de ella surgen han sido la norma filosófica. En el pos-humanismo el asunto es diferente. La conciencia humana deja de ser ese fenómeno misterioso de reflexividad infinita, que constituyo la preocupación central de la filosofía moderna, al reemplazar cuestiones de ontología y epistemología por cuestiones de funcionalidad. Los procesos cognitivos se transforman en operaciones sintácticas semejantes a las que realizan las computadoras y la conciencia, en medio de ellas, se reduce a un mero epifenómeno.  La subjetividad se dispersa en la compleja interrelación de sistemas y sub sistemas encargados de recibir e interpretar datos. Al perder su inefabilidad la mente se ve como algo que se ubica completamente dentro del alcance de la racionalidad científica. El cerebro se hace máquina y la mente, materia. El dualismo filosófico da paso al monismo.

 En su ensayo crítico (“Culture in the disk drive”, 2001) Stephen Dougherty dice que lo curioso de todo esto es que si extendemos el modelo computacional al estudio de la cultura y la ideología este empieza a revelar consecuencias no del todo científicas. Los proponentes de la teoría “memética” y las tecnologías cibernéticas intentan desmitificar la cultura y exteriorizar nuestra red nerviosa con el fin de ampliar las ondas de comunicación telepáticas.  Según la teoría computacional de la mente los estados mentales individuales tales como creencias y deseos son representaciones simbólicas poseedoras de propiedades semánticas y sintácticas. De acuerdo con esta premisa es posible explicar las ideologías y la transmisión cultural de creencias según los mismos principios causales que gobiernan los cuerpos físicos. Y, sin embargo, a pesar de su clara adherencia a los principios del materialismo científico, la teoría memética exhibe una paradójica afinidad con las creencias primitivas del animismo y la posesión espiritual. Un proyecto científico proyectando una sombra ocultista.

 A pesar de que desde el surgimiento mismo del empiricismo la metáfora de la máquina se ha empleado para apoyar la eficacia de la causalidad científica en la explicación de los procesos físicos y mentales su analogía mecánica no lo libera  automáticamente de la metafísica. En el siglo XIX, por ejemplo, fue popular la noción de que un organismo tenía que lograr una armonía trascendental entre sus partes para poder funcionar. Más tarde, el modelo biológico mecanicista se deshace de toda noción de armonía, totalidad o propósito al considerarlas mero juego de palabras. Durante el siglo XX la maquinaria industrial empieza a ser parte del paisaje físico y conceptual y proporciona una nueva plataforma para movilizar otro juego de palabras que empieza a servir como una instancia natural para un nuevo modelo trascendental.

¿Son las metáforas computacionales más apropiadas que las metáforas biológicas para disfrazar la metafísica subyacente?  Según Dawkins, el meme es una unidad de datos auto replicantes que se materializan a sí mismos como instrucciones mentales cada vez que un ser humano imita a otro. La  palabra meme, al evocar su contrapartida biológica, gene, contiene la presunción de que toda vida se desarrolla gracias a la sobrevivencia diferencial de entidades replicantes. Desde una perspectiva biológica el replicante más importante es el ADN que usa al ser humano, o cualquier otro ser vivo, como vehículo para su propia inmortalidad. El meme, que debe considerarse como una estructura viva, es un nuevo tipo de replicante que, aún moviéndose torpemente en la sopa primordial, ha empezado a evolucionar rápidamente. Incluye productos culturales tales como creencias religiosas, convicciones políticas, modas culturales o cualquier cosa que pueda imitarse. Y, al igual que el ADN, este nuevo replicante inicia otro proceso evolucionario, independiente del anterior. Si estos replicantes, que constituyen cadenas culturales, son entidades auto dirigidas es algo que aún no podemos decir. Lo que si es posible decir es que, al igual que los genes, los memes también son entidades fantasmales, concebidas como trozos de datos discretos capaces de existir fuera de su contexto corporal. Pero, a diferencia del gene, cuya presencia se conecta con la existencia verificable de la molécula ADN que le proporciona una pseudo materialidad, el meme es un fantasma absoluto.  Aquí no se puede decir, como el geneticista, “este es el cuerpo físico que garantiza la presencia del meme”.

Desde que el meme es una unidad discreta de datos no hay razón  para que el memeticista tenga que usar metáforas biológicas para conjurarlo. Quienes se inclinan por las ciencias informáticas el modelo computacional ofrece una  simpleza elegante. J. M. Balkin (“Cultural Software”, 1998), por ejemplo, sostiene que es posible comparar ciertas características culturales, y la forma en que la cultura opera, con el disco blando que se instala en una computadora para procesar información. Las teorías pertenecientes a la tradición moderna, dice Balkin, no pudieron responder a cuestiones ontológicas (¿Qué tipo de entidad es la cultura?) o causales (¿Cómo la comprensión común se hace común?) y son modelos inferiores. La cultura no es un Espíritu Colectivo, no es la expresión de un agente súper natural o un agente Kantiano trascendental. Y tampoco es reducible a convenciones comunes o conductas sociales. Al asemejar la cultura con los datos inscritos en el disco blando el problema de la ontología se resuelve con la movilización de la metáfora computacional. Ya no necesitamos continuar con la pregunta que ha preocupado al modernismo. Cultura es disco blando. La metáfora, obviamente, tiene una enorme atracción para los amantes de la cibernética.  La teoría computacional de la mente  ha desmitificado, finalmente, los términos mentales y ya no necesitamos del espíritu o de las fuerzas ocultas para su comprensión. La mente es lo que el cerebro hace y lo que el cerebro hace es procesar información. Las creencias son inscripciones en la memoria, los deseos son inscripciones de fines, las percepciones son inscripciones causadas por censores y pensar es computar. La teoría computacional de la mente nos permite mantener las creencias y los deseos como explicación de nuestras conductas y enraizarlas, al mismo tiempo, en el universo físico.  Las creencias son fragmentos de materia, al igual que los datos digitalmente inscritos en la mente, encarnados en símbolos y transportados a otras mentes gracias al disco blando cultural.  La cultura o cualquier subcultura es, en realidad, una vasta población de memes compitiendo por su sobrevivencia en el medio ambiente de la mente humana. Lo que caracteriza a una tradición dada es una población relativamente estable de memes que constituyen al individuo que vive en ella.

 En la tradición judía, por ejemplo, lo que permite a los individuos pensarse a sí mismos como judíos tradicionales no es la creencia de que ellos están repitiendo exactamente lo que la gente hacía hace 3000 años atrás en el antiguo Israel. Según Balkin debemos ver a la tradición judía como una línea de descendencia memética en la que los memes compartidos por una comunidad  actual son los replicantes de los memes compartidos por los miembros de la comunidad original. Los memes de una cierta restricción dietética se perpetúan a sí mismos al replicarse a través de miles de años en el ambiente propicio de la mente cerebral. En otras palabras, la tradición es una función de la agencia memética. En su versión mas extrema, Susan Blackmore (“The Meme Machine”, 1999) dice que no tenemos que pensar que los productos de la cultura son nuestra creación. En su lugar, tenemos que pensarlos como la acción de memes egoístas cuyo fin es replicarse a sí mismos. No hay “yo”. Solo memes. Si todavía tenemos conciencia de un “yo” que piensa nuestros pensamientos  es porque  los memes no nos dejan en paz. Día a día, millones de ellos están constantemente compitiendo por nuestro espacio cerebral. 

El ser humano, con toda su complejidad social, histórica y moral, pareciera reducirse a sus memes que se transforman ahora en el equivalente secular del alma cristiana. Independiente del cuerpo y la historia el meme aparece como un elemento inmortal y  fundamental en la constitución de la identidad.  En esta nueva narrativa cultural uno queda con la impresión de que el ser del individuo y el orden social fueran la expresión directa de esta poderosa, fantástica y mágica entidad.

 

Si el estudio de la sociedad y el ser humano quiere verse libre de la asociación con la tradición filosófica, entonces, los computacionalistas y memeticistas tienen solo una manera de lograr legitimidad…sus disciplinas deben transformarse en ciencias físicas. El materialismo científico insiste en que la causalidad científica define los límites de todo fenómeno y es esta insistencia la que hace desaparecer al cuerpo como un objeto legitimo de conocimiento. En las ciencias de la vida el organismo se transforma en una estructura de datos configurados por el gene. En la memética y en el modelo computacional la mente humana se transforma en un procesador de información y los agentes culturales empiezan a asemejarse cada vez más a espíritus desencarnados. Según Dougherty, el rechazo a admitir la eficacia de las instituciones, tecnologías y prácticas humanas en la transmisión de creencias y afirmar, en su lugar, el fantasma del meme como ladrillo constructor de la cultura podría explicarse por la ansiedad que provoca el escaso control que tenemos sobre el poder transformativo de las nuevas tecnologías de comunicación. Ellas cambian la forma en que nos relacionamos, como vemos el mundo y como entendemos la naturaleza de nuestro ser.   El problema es que si nos vemos como productos de información que nos transciende, como meras correas de transmisión de datos cuyo origen mistificamos podemos terminar en lugares a los que no queremos ir. Una visión post humana que insiste en que el ser humano no es nada más que una máquina nos condena a ser recipientes pasivos de información mercantilizada.

 

Love !!!

Ottawa, Ontario, 24 de Agosto, 2008.

 






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La cita Trunca. ed. Jorge EtcheverryOttawa: Editorial Poetas Antiimperialistas de América. Aug 25, 2008
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