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Actas : Notas


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La Ley, la violencia y la guerra
Nieves y Miro Fuenzalida


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Cuando Colin Powell, en Febrero del 2003, se dirigió al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en busca de apoyo a la invasión de Irak la delegación que lo acompañaba pidió que la reproducción de “Guernica” de Picasso, ubicada en la muralla que queda detrás del podium del orador, fuera cubierta por un ornamento visual diferente. A pesar de que la explicación oficial de esta petición fue que “Guernica”no proporcionaba el trasfondo visual adecuado a la transmisión del discurso de Powel fue claro para todos  que la delegación norteamericana tuvo temor  a que la pintura, que delata el horror del bombardeo a la ciudad española durante la guerra civil, indujera a una asociación errada con el futuro bombardeo de las ciudades de Irak.

 

 ¿No es la primera guerra mundial la inauguración de la modernidad entendida como la edad de las masacres? La guerra, inesperadamente, mostró la ilusión en la que el europeo basaba su auto imagen de superioridad moral. Gente honorable que habían renunciado a la violencia, la injusticia y la barbarie (No importa que en otras partes del mundo sus gobiernos llevaran a cabo todo tipo de violaciones humanas, como en  África y Asia). La esperanza puesta en las Naciones herederas del Iluminismo que confrontadas con un conflicto bélico responderían con estándares racionales de justicia y respeto por los derechos humanos terminaron frente a la crueldad que la supuesta civilización superior fue capaz de causar. No diferente a la desilusión que la democracia liberal norteamericana hoy experimenta al descubrir la vaciedad de su superioridad moral frente al resto del mundo por la tragedia que causan con sus campos de tortura, los “daños colaterales” y el abandono de los acuerdos internacionales.

 

¿No nos encontramos aquí, nuevamente, con la profunda contradicción entre los requerimientos del Estado que llama al individuo a obedecer  a los más altos estándares morales y la depravación que se permite a sí mismo tan pronto como la guerra estalla? El Estado, más que ninguna otra cosa, indicaba  Freud después de la guerra, es responsable por la regresión de sus ciudadanos y el retorno a la barbarie.  El Estado prohíbe al individuo la práctica de la violencia, no porque quiera abolirla, sino, porque quiere monopolizarla. Exige la máxima obediencia y sacrificio a los ciudadanos, pero, al mismo tiempo, los trata como niños con su censura de información y opinión y el excesivo uso del secreto de Estado. Se absuelve a sí mismo de las garantías y tratados que contrae con otros Estados y confiesa sin vergüenza su propia rapacidad y ambición por el poder  que el individuo se ve obligado a sancionar en nombre del patriotismo. Si los supuestos guardianes de la moralidad tan fácilmente violan los valores de la ley y la justicia no es sorprendente que el individuo haga lo mismo. El Estado no puede ser el ejemplo moral porque en sí mismo es inmoral. Cuando la comunidad traiciona sus estándares previos, el individuo ya no se siente obligado a los ideales de justicia e igualdad  y empieza a disfrutar el narcisismo sádico que contradice el nivel de civilización que se había creído obtener. 

 

La desilusión no es del todo  lamentable. Ella solo es posible porque previamente había una ilusión. La creencia común afirma que bajo la influencia de la educación y el ambiente civilizado el mal sería erradicado. El problema, dice Freud, es que el mal no puede ser erradicado y la ilusión es el mecanismo que usamos para encubrir esta realidad, para seguir creyendo que el hombre es mejor de lo que actualmente es. Preferimos la auto decepción a admitir que la condición humana está muy lejos de ser moralmente satisfactoria. Los impulsos humanos son imposibles de suprimir y la crueldad y el egoísmo son los más primitivos. En sí mismos ellos no son buenos ni malos y, en cualquier caso, son enteramente indispensables. Recordemos que los amigos de la humanidad y los protectores de los animales surgieron de pequeños sadistas y torturadores de animales.

 

En realidad, hoy día no hemos caído tan bajo como algunos dicen, porque nunca habíamos llegado a la altura moral que creíamos  haber alcanzado. No hay un progreso teleológico que inexorablemente nos lleve a una madurez instintiva, a un estado superior de desarrollo. Siempre es posible retornar a estados primitivos que nunca hemos superado o abandonado definitivamente. Y si el hombre es peor que las bestias es porque su violencia es planificada, organizada y mecanizada. La violencia emocional, por su mayor parte, es deficiente y limitada. La violencia racional, en cambio, es constante, intensa y medida

 

La especie humana no tuvo que esperar el surgimiento del Estado para practicar la crueldad y el crimen. El hombre prehistórico mataba a sus semejantes rutinariamente. El instinto que reprime a los otros animales a matar y devorar a su propia especie no podemos atribuírselo a nuestros ancestros primitivos. Los estudios paleontológicos sugieren la posibilidad de que el hombre de Neandertal haya sido exterminado por el Homo Sapiens y el que el canibalismo fue una práctica que ya no es posible negar. La primera y más importante prohibición que surge con el despertar de la conciencia (con el reconocimiento de la ambivalencia de los sentimientos de amor y odio, de violencia y paz) fue el mandamiento “no matarás”. Su solo énfasis nos indica que surge como respuesta a una serie interminable de generaciones de asesinos que tenían la sed de matar ¿La humanidad contemporánea ha logrado distanciarse de esta inclinación asesina? Cuando contemplamos las guerras y masacres del siglo XX y comienzos del XXI se hace bien difícil rechazar la  conclusión  Freudiana de que no somos más que “una banda de criminales”. 

 

Ley y violencia podrían aparecer contradictorias, pero, es posible mostrar que una se desarrolla de la otra. El origen de la Ley siempre se encuentra en la violencia. Esta solo se rompe con la unión de los individuos. Es esta unión la que inaugura el momento en que la Ley se convierte en la fuerza que mantiene la comunidad.  Pero, todavía es violencia dirigida en contra de cualquiera que la resista. La violencia sostiene la Ley y este es un hecho inherente a toda cultura. La explicación estándar dice que la comunidad se funda cuando los individuos renuncian a la libertad individual y se someten a las instituciones sociales en beneficio de la paz y protección. El problema, sin embargo, es que si la comunidad, desde su origen mismo, carece de igualdad de poderes (entre el rico y el pobre, el hombre y la mujer, los padres y los hijos, el amo y el esclavo, el maestro y el estudiante, el sacerdote y el feligrés), entonces, la expresión y distribución de la justicia diferirá según el grado de poder que uno tenga.  La Ley está hecha por y para la clase dirigente y los que quedan afuera tienen bien poco espacio dentro de ella.  El Estado, lejos de eliminar la violencia, la transforma en una comodidad administrada soberanamente.  Su triunfo continúa la violencia en la forma de desigualdad económica y social y de instituciones de dominación.

 

¿Es posible prevenir las guerras con la creación de una autoridad central, de una institución supra nacional que tuviera el derecho de emitir juicios en la resolución de conflictos bélicos?  Podría ser, pero, para ello los Estados individuales tendrían que renunciar, en gran medida, a su soberanía, al monopolio de la violencia, lo que hoy día  es una pura ilusión, la misma ilusión que trata de eliminar las inclinaciones agresivas del ser humano.  Si la  agresividad es constitutiva de la psique humana, ¿cuál sería el valor de eliminarla si el sentido de culpa y nuestra frágil coexistencia se basan en la agresividad dirigida hacia nuestro interior? La crueldad puede que no tenga fin, pero no existe sin su opuesto, la solidaridad. Toda identificación es una unión libidinal cuya meta ha sido inhibida y la estructura de la sociedad humana depende, en gran medida, de ello.

 

Si el Estado es opresión, su otro extremo, su abolición total, es la regresión a la violencia sicótica autodestructiva del libre flujo de los deseos. Es por ello que, para evitar la auto destrucción directa, la abolición revolucionaria total del Estado existente retorna bajo la forma de un nuevo Orden, incluso, mucho más opresivo que el anterior para aprisionar nuevamente las fuerzas creativas de la revolución.  La solución social demócrata es la de evitar los extremos de la  total libertad de mercado o la excesiva intervención estatal. Se trata de encontrar el balance justo entre ambos extremos. Reich es el ejemplo más reciente de esta búsqueda de equilibrio con su llamado a regular el impulso predatorio del Súper Capitalismo…¿No será que la verdadera revolución consistiría en transformar el balance mismo del edificio social e imponer un nuevo principio estructural de la vida social que haga a la oposición entre mercado y Estado, obsoleta? Desgraciadamente, aún no hemos sido capaces de imaginar este nuevo principio estructural.

 

Love=Amor=Amour !!! 

Ottawa,Ontario, Junio 18, 2008.






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La cita Trunca. ed. Jorge EtcheverryOttawa: Editorial Poetas Antiimperialistas de América. Jun 21, 2008
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