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Crónicas
y… a propósito de Cuba, joyitas, leyendas y digresiones
Gabriela Etcheverry

Buscando un lugar donde esconderme por unos días de los crueles fríos de Ottawa, llegué a la encantadora Trinidad en Cuba, ciudad colonial designada por la UNESCO como patrimonio de la humanidad. A la hora del almuerzo buscaba lugares con grupos musicales, la mayoría fantásticos. Había un buen conjunto ese día en La Bodeguita del Medio y yo era la única cliente porque todavía era temprano, así que pude escuchar mis canciones preferidas: “Chan Chan…el cariño que te tengo yo no lo puedo negar”, “Ay Candela, Candela, Candela me quemo aé” y tantas otras. Quizás porque me vieron cantar bajito a la par con ellos “la entrañable transparencia de tu querida presencia Comandante Che Guevara”, a la hora del descanso y después de una ronda de mojitos, se me acercó a conversar el violinista, que también resultó ser compositor. Era de Las Tunas pero el trabajo estaba en Trinidad. Me contó las historias que circulan del Che, que no solo demuestran su profundo sentido de equidad, sino que contribuyen a mantener viva la leyenda. “Fue la primera y única vez que vi llorar a mis tíos, ya hombres grandes”, dijo. La mente, que puede hacer el truco mágico de llevarla a uno simultáneamente a varias partes, congela mi imagen sentada a la mesa con el cantante de pie frente a mí, los dos tratando inútilmente de retener las lágrimas mientras me hago cargo del impacto que le debe haber causado a ese muchachito que era él en ese entonces, el ver llorar a esos hombres que consideraba de hierro. También veo a una mujer joven de pelo largo, sentada en el peldaño que daba al patio de su casa en Santiago de Chile, mirando acercarse al poeta revolucionario que pronto será su marido. Viene desarticulado de la cabeza a los pies: “Mataron al Che”. “Se han equivocado otras veces…”, le digo, “quizás no sea verdad”. Pero él se mira las manos, que a diferencias de las del Che están intactas, y se las lleva a la cara contraída por el dolor.

A los tres días ya se me había terminado el material de lectura que llevé para la semana. No parecía haber nada de interés en la librería en la que me metí casi por confirmar que no encontraría nada. Curada de espanto como quedé con la historia de mi padre que pasó (desperdició) la vida buscando tesoros, no doy un paso para encontrarlos, pero a veces me salen al encuentro. Ya en la puerta con las manos vacías me devolví a preguntarle a la mujer que atendía si tenía algo novedoso. Me indicó que la siguiera y ahí, en el fondo del recinto, sacó una bolsa escondida por una mesita y me fue pasando libros de los famosos escritores cubanos, la mayoría de segunda (o tercera) mano mientras hablaba de los méritos de cada uno. El único título que yo no conocía y que me llamó la atención por la fecha de publicación fue El retrato ovalado, de Soleida Ríos + 34, Ediciones UNIÓN, 2015. La primera ojeada no me dejó más que el reflejo de mi ignorancia sobre la antóloga, pero eso de + 34 gatilló las alertas de misterio y lo compré.

Bien acomodada con mi precioso hallazgo en mi camita del hostal, abrí el libro en la primera página, “Para leer en soledad”, y al darme cuenta que se trataba de una introducción, salté en seguida al primer texto. Siempre dejo para el final todo lo que huela a prólogo o introducción por temor a que me roben esa primera impresión que aprecio tanto o que me indiquen las huellas que debo seguir o las riquezas que debo encontrar. Cuando al terminar el libro leo esas páginas que descarté al comienzo, encuentro que enriquecen las impresiones que me dejó la lectura o me aportan nuevas perspectivas si pasé por alto cosas que debería haber visto.

Ya por el segundo texto me encontré pensando ¿qué es esto? y al poco rato en voz alta, pero ¿qué diablos es esto? Me pasaba lo mismo que la primera vez que escuché tocar la cítara. Estaba convencida que no era solamente la melodía que escuchaba sino también una canción, incluso canciones, en el trasfondo. Después de escucharla una y otra vez, tuve que admitir que en la melodía misma se habían infiltrado raíces de canciones milenarias en forma de ecos fantasmagóricos. Algo similar me pasaba con estos textos que eran y no eran lo que decían ser. Me traían maravillada y las preguntas se me venían en tropel a la cabeza: ¿qué era ese trasfondo de voz o de voces que pugnaban por subir a la superficie? Cada una de las historias rompía el velo de la trivialidad cotidiana con sus historias de entretenimiento y me llevaba con asombro a profundidades insondables. Lo mejor de nuestros mejores escritores estaba ahí… y algo más. Obviamente no bastaba “leer en soledad” para entender ese “algo más”, así que agaché el moño y me fui a la introducción. Y claro, ahí estaba la clave: “En todo acto la primera intención de quien lo realiza es revelar su propia imagen” (Dante, citado por una de las autoras). Soleida Ríos le había pedido a treinta y cuatro mujeres un texto “de corte autobiográfico, escrito desde otra voz, es decir, encarnando en un personaje de la ficción literaria o artística de cualquier tiempo y lugar, o en un personaje real, recogido o no en las páginas de la Historia Universal” (p.10). No hay duda de que los resultados sobrepasaron sus expectativas, pero yo me hacía cargo de la disyuntiva que enfrentaron esas 34 mujeres, cómo y por qué elijo yo esa voz por la cual tengo que viajar hasta el encuentro final conmigo misma, encarnándome en lo profundo hasta desenterrar mi propia imagen escondida detrás de esa máscara. ¿Será ese desenterrar y acarrear voces y murmullos la escritura femenina por excelencia? ¿Cómo juzgar esos escritos desde los paradigmas con que nos hemos criado como consumidores de literatura? Disfruté también de tu “poesía infiel”, Soleida Ríos, pero siento que le falta la coda a ese magnífico proyecto tuyo del retrato ovalado. Cada una de las 34 autoras podría contar la vía crucis o la ruta florida por la que viajaron a través de tiempos, lenguas y culturas hasta encontrarse a sí mismas en el fondo de ese otro yo. ¡Chapeau!

Ya es hora de viajar a Santa Clara, la ciudad del Che, a tomar el avión que me traerá de vuelta a mis amados (y al frío). El taxi lo maneja un joven que a poco andar se detiene en otro hostal. Se da vuelta a preguntarme si me importa que lleve a otro pasajero pero es obvio que lo había arreglado de antemano y por qué no... Estamos en Cuba después de todo, bueno para el bolsillo del chofer y también para el medioambiente. Me entretengo mirando los verdes paisajes a la salida de la ciudad, pero ya no me interesan como al comienzo esos miradores elevados al cielo que decoran los campos. Ahora sé que los construyeron los dueños de plantaciones con el único fin de espiar a los esclavos. Una enorme bandera de los Estados Unidos, que en verdad es una toalla, cruza de lado a lado el espacio frente al parabrisas del taxi. El chofer me pregunta si vi el mausoleo del Che en Santa Clara. Me las he arreglado durante mi estadía para no tocar temas controvertidos y no sé más de la política cubana que lo que me dijo el músico de la Bodeguita: que a partir de abril entraba en vigencia una regulación que prohíbe a los mandatarios mantenerse en el poder por más de cuatro años. Por la manera en que el joven habla me doy cuenta que no es anti todo lo que pasó en Cuba desde Castro, que es lo que creía de las generaciones jóvenes. “¿Cómo puedes hablar así y ser pro Estados Unidos a la vez?”, le pregunto apuntando a la bandera. “¿Yo, pro Estados Unidos?... Ah, ¿eso?… es que el taxi me lo presta un amigo mío”. Y me cuenta que fue a Santiago de Cuba a ver pasar a Fidel en cenizas haciendo el camino inverso que hizo la “Caravana de Libertad” con los barbudos de Sierra Maestra en 1959. El otro pasajero es un suizo que sigue hasta Santa Clara y que no ha sacado los ojos del mapa en todo el trayecto. Ya en el aeropuerto el joven me ayuda con la maleta, se despide con un apretón de manos y con sus bellos ojos negros en los míos me dice “Yo soy fidelista hasta la muerte”.