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Oswaldo, que pese a ese nombre es argentino, se mosquéo bastante cuando llegó el poeta borracho y sin más ni más comenzó a besuquear a esa niña que viene a veces los viernes en la tarde con otras amigas también europeas, que están estudiando en la Universidad local y que se creen que aquí pueden hacer vida nocturna como en Europa. Ella estaba molesta pero no se atrevía a hacer nada, total al poeta lo conocen los habitués, yo entre ellos, y sabemos que en el fondo es bastante inofensivo. Lo que pasa es que Oswaldo salió en defensa de la Fukuyama, como le dice a esa híbrida ruso-noruega el estudiante de filosofía chileno que llega a veces con Guagua L’Amore y se sienta a mi mesa, porque dice que en esta ciudad no tiene a nadie con quién conversar. Entreparéntesis, me costó un poco preguntarle porqué ese alias. Me daba cosa, como se dice en la región de mi país en donde nací, pero insistí porque quería saber por qué le decía así a ese coso escultural, como dicen los de La Otra Banda, es decir los argentinos-- si el que habla es chileno--, además de que no quería pasar por ignorante. Pero al fin me decidí a preguntarle. Me dijo que era por Francis Fukuyama, ese filósofo nipón charlatán que sostiene que con el neoliberalismo se acaba la historia en un ensayo justamente titulado ¿El fin de la historia?. Ante mi expresión asombrada me dijo que esa mina era el acabóse, que después de ella ya no podía haber nada, o sea, que se acabó la historia. Y un poco tenía razón. Al mirarla me acordaba de mis lecturas de juventud, de Fortunato Hauberrisser, ese ingeniero holandés sated, blasé, con spleen que en Ámsterdam se mete en un café cosmopolita, high end y medio decadentón de la post primera guerra y describe a princesas rusas de perfiles bellísimos, con todas las fibras vibrantes de sobreexcitación y postración que entraban del brazo de grotescos especuladores con hocico de chancho. O algo más o menos así. Dicho sea de paso, la novela es El Rostro Verde del inimitable Gustav Meyrink, autor exhaustivamente traducido del alemán al español como medio siglo antes que al inglés.
El poeta había llegado tambaleándose con el 039*, un galán colombiano al que le dicen así porque se las lleva a todas. En los últimos tiempos andaban enyuntados. Inmediatamente se le acercaron a la rubia, que miró fugazmente al colombiano, acusando el impacto de su perfil, su pelo negro ensortijado con un tinte gris en las sienes, sus hombros cuadrados, los ojos negros y penetrantes, pero que se encogió asqueada ante la regordeta mano del poeta que se depositaba con naturalidad sobre su hombro derecho. Y luego como dije, comenzó a besuquearla. Entonces fue que saltó Oswaldo y trató de apartar a la Fuku del poeta, cosa difícil porque ella estaba sentada, y al fin lo logró, pero al correr la silla, con la beldad todavía sentada encima, le faltó el punto de apoyo al poeta que se fue de bruces al suelo e inmediatamente comenzó a sangrar abundantemente por la nariz. El guatón Oswaldo (no sé porqué lo de la doble v, pero así se escribe. Seguramente que debe tener ascendencia europea, como la inmensa mayoría de los argentinos), no atinó a nada, mientras estaba a gatas, recuperándose de la pérdida de equilibrio y mirando como hipnotizado el vértice de las piernas abiertas de la europea, cuyas faldas ya de por sí magras se le habían arremangado. No atinó a levantarse sino hasta unos cinco o diez segundos después, lo que para este tipo de situaciones es mucho, cuando la rubia ya había cruzado las piernas y buscaba los cigarrillos en la cartera, colorada como tomate y el poeta se incorporaba del brazo de 039 para encaminarse dócilmente a la puerta.
En la mesa traté una y otra vez de que Oswaldo me elaborara esa teoría suya de la bohemia, la poesía, el arte en general, porqué las mujeres se ponen coquetas en los aeropuertos, hospitales, universidades y frentes de guerra, pero estaba como ido, y al cabo de unos minutos pidió la cuenta, se levantó a pagar y me dijo
Sabés loco, las europeas no usan calzones
*CERO 39 CERO 39
(estribillo) |
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