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Actas : Crónicas Febrero 2, 2018


Hitler en la Cloud
Jorge Etcheverry

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Una crónica de El Abuelo

Ahora se está poniendo de moda otra vez Hitler, lo que por otro lado pasa cada cierto tiempo y en una variedad de países. Hace unos días me enteré que en los así llamados medios de comunicación social apareció la noticia de que en realidad él y la Evita Braun se habían ido a las Islas Canarias. Bueno, supe de eso porque al Second Cup donde me voy a tomar café y ver mi iPod (no se crean, me estoy modernizando. Y a estos años), todavía llega gente a conversar conmigo, parece que se pasan el dato, soy un easy mark, como le dicen por aquí a uno cuando es material, es decir que en general está disponible o accesible para algunas cosas, en este caso para la conversa con alguna gente que la otra gente trata de evitar.

Aunque yo me considero un poco al margen en esas playas de los cafés ipodianos, concurridos entre otros por fulanos y fulanas de tercera edad que se cuentan entre los habitués más empedernidos de estas instancias de la sociabilidad contemporánea, de este archipiélago, esta magna revolución interpersonal y social de la vida cotidiana en las urbes, basada en el consumo de café, en todas las ciudades, desarrolladas o no. Pareciera que con el colapso de las izquierdas, que todavía no termina, todas las innovaciones, incluso algunas que podrían ser por así decir “progresistas” son fruto del capital. Pero no nos desviemos demasiado del tema.

A lo que iba, parece que me estoy dando más vueltas que de costumbre, entre esta gente hay algunas personas que saben que yo escucho y, si me los permiten páginas electrónicas amigas, como esta del Jorge, difundo a veces el meollo de algunas conversaciones, las que más me interesan, sin tomar partido, como buen equal opportunity guy que soy. Yo me definiría en realidad más bien como una especie de micro facilitador de micromedios, en tiempos en que lo que más aparece en los medios virtuales, o medios de comunicación social, son cosas que parecen en realidad versiones fotocopiadas de unos cuantos temas—aunque ya no se utilices las fotocopiadoras, uso esto solo a manera de metáfora, de comparación—que se reiteran y atiborran en el mundo virtual, y que a la postre reflejan la triste realidad de que la gente se aglutina en torno a esas pocas cuantas cosas que le interesan y que tienen cierta vigencia, y punto, lo que pasa es que antes no nos dábamos cuenta. Es decir, que en realidad seríamos animales bastante simples, si rascamos un poco esa vistosa pátina de matices y diseños que cubre a este meollo básico (¿cómo estamos?).

Así es que por una cierta inclinación hacia lo excéntrico, producto de nuestra biografía muy personal, ya que siempre he estado cerca y adentro de posiciones minoritarias e incluso perdedoras en todos los ámbitos, es que, como decía, se corre la voz y me viene a ver un tipo al que de repente veo parado junto a mí—yo estaba leyendo el Metro, un diario gratuito, tan bueno como el mejor del centro—. El tipo, otro flaco—a mí me dicen El flaco—en cuestión, era oriundo del Cono Sur, más precisamente de uno de los países costeros del Plata—y hasta ahí no más llegamos por cuestiones de privacidad muy entendibles— y más o menos cincuentón. Empezó hablándome de sus experiencias en la Ciudad Luz, sus lecturas e intereses, moviendo sus largas manos flacas de coyunturas un poco abultadas, quizás producto de una artritis incipiente—yo tengo el mismo problema—hasta que comenzamos a hablar del cambio de algunos puntos de la cosmología de las izquierdas en estos últimos 30 años, desde que él se había visto obligado—como tantos, como uno—a dejar sus feraces y paradisíacos lares, que lo son al menos en la memoria, por eso nos decepcionamos tanto cuando volvemos de visita a los países natales. Pero otra vez me estoy yendo por las ramas.

De ahí pasamos a examinar el rebrote del antisemitismo a nivel mundial, ayudado por la permanente tragedia palestina, y otras cosas como las actuales teorías de alguna gente de izquierda, al menos como aparecen en los medios y que parece que han abandonado toda pretensión de materialismo dialéctico—si eran marxistas—y tienen una visión de mundo medio mítica y medio conspirativa, en que la riqueza y el poder del mundo se encuentra en las manos del señor Rotschild, que en algunas interpretaciones trabaja al servicio de los Iliminati, y que por supuesto es judío. Y la revolución social se les fue de las manos a las izquierdas, sobre todo en los países desarrollados, para ser reemplazada por eso a que nos referíamos, la raza, la religión, etc. Todo cosa conocida pero no mencionada entre la gente más o menos marxista. “Pero no es tan sólo eso viejo”, me dijo,” ¿me entendés, ahora lo más importante resulta que otra vez es la identidad étnica, vulgo raza, ché, como en los tiempos del alemán con bigotito, al carajo la conciencia como definitoria de todos los hombres, del Hombre Universal, ché, entendéme, a la sartreana, todos, o la razón cartesiana, ahora esas cosas son eurocentrismos blancos, viste”.

Bueno, a decir verdad nada de esto es nuevo, el fulano estaba descubriendo la pólvora y el paraguas, e incluso se estaba poniendo bastante en evidencia, incluso para este café particular, donde viene gente más o menos alternativa, y gente de “minorías étnicas” como les dicen los gringos—¿ Ven cómo estoy cayendo en lo mismo? —, freaks and weirdos, como les dicen a ese grupo de gente medio alterna que mencionaba primero. El cuyano—como en Chile le decimos a los de la Otra Banda, es decir a los argentinos, este tipo sí que estaba llamando la atención. Las niñas de la caja miraban con los tremendos ojos. Le hice un ademán para que se callara, y entonces pareció darse cuenta de que se había parado y estaba gesticulando y moviendo los brazos. Se puso colorado, tomó su Ipod y salió apresuradamente.



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