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Actas : Crónicas Octubre 10, 2015


Revolución, alquimia y otras hierbas—una crónica del Abuelo
El Abuelo

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La vida social en este país, Canadá, ha venido experimentando una especie de mini Révolution tranquille, como se dice en Québec para referirse a un proceso que sacó a la provincia (o país) desde la ciénaga oscura del provincialismo extremo a la luz mediterránea de la modernidad. Me refiero a la proliferación en las dos últimas décadas, o una y media, de los cafés, ejemplo de lo cual son las cadenas BridgeHead, Starbucks, The Second Cup, que han venido a revitalizar el contacto entre la gente proporcionando espacio para mostrarse, flirtear, encontrarse con amigos y pasar un rato barato conversando sin que lo echen a uno o lo miren (muy) feo. Es un gran complemento de esa otra gran invención, el Mall, que en realidad es una versión contemporánea del mercado o la plaza de los días pasados, para qué decir nada de la feria. Y así dicen que los estadounidenses son bárbaros. El Mall es un medio invento, nos guste o no y existen hasta en la Meca. Pero a lo que iba, y a pesar de la preocupación de este vagabundeo mental que a esta edad no auspicia nada bueno. Toco madera. Existen idilios de café, revolucionarios de café como un amigo que no voy a nombrar y que ahora vive en otra ciudad—en realidad una gran parte de la planificación de su activismo se organizaba y discutía en un café alternativo en el barrio chino de la ciudad—y justamente uno de estos surgió el otro día de ese pasado mío, en que yo frecuentaba mesas de bares y la política se discutía en torno a botellas de tinto, y dada la relativa juventud a veces había uno que otro resultado en forma de manifestaciones a favor de esto o aquello, o en contra, beneficios por esto o lo otro etc. Y de esas brumas del pasado surgió esta llama de entusiasmo con que nos reunimos, unos cuantos más o menos coetáneos, de ambos sexos, a conversar de vez en cuando sobre política, ya sea en un mall en que se reúnen grupos de personas maduras, tipos que juegan ajedrez incluso, o que a veces hablan enérgicamente en sus idiomas originarios—este es un país multiétnico, multicultural y multilingüe, le guste o no a algunos—y los que han nacido aquí creen que están por irse a las manos, cosa que recuerdo me paso hace décadas en mi primera visita a España, al presenciar en un bar restaurante madrileño en que me comía precisamente unos callos a la madrileña a unos tipos parados, que se increpaban, las manos crispadas a pocos centímetros del oponente, los rostros congestionados, “Se van a matar”—le dije a uno de los amigos con el que viajábamos y que conocía al país, ya que era un gringo que enseñaba español en una universidad de aquí y viajaba frecuentemente a España. Él se encogió de hombros y me dijo que esa era su manera de argumentar, seguramente eran amigos y que iban a terminar tomando juntos, pero reconoció que la discusión o disputa era mucho incluso para los cánones madrileños y me dijo “es que a lo mejor son gallegos”. Pero otra vez me puse a divagar. A lo que iba, en estos tiempos el hecho de que unos cuantos (y cuantas) se reúnan en torno a una mesa a discutir de política es una rareza, por que los cafés y la mayor parte de las cafeterías—por ejemplo esas en que se ambientan muchos cuentos de Bashevis Singer, ese tremendo autor judío—yo no son lugares de reunión, y todos los tipos y fulanas, sobre todo los más jóvenes, van a no hablar sino a chequear sus pantallas portátiles y a mirarse de reojo, algo parecido a lo que pasó con la literatura, de repente se abre el mundo virtual, de alcance y acceso universal y todos se ponen homogéneos y se produce la reiteración infinita de los mismos tipos de escritura y temas, las revistas chicas que antes se destacaban por ser rebeldes e iconoclastas tratan de emular a las establecidas, pero a lo que iba, es que eso mismo se da en política, como dice Helga dice, mientras sorbe con furia su café “cuando Salió el internet se iba a revolucionar la vida social, la política, ahora resulta que por un lado se desató la llamada mayoría silenciosa, y llenó la net de clichés espantosos y por otro lado se uniformó la izquierda, que está repitiendo la misma ensalada, quizás con un poco de aliño distinto, desde Tombuktú a Buenos Aires, pasando por el Polo Norte” . Y mirando sus ojos azules centelleantes me acordé del Sturm und Drang, de los Baader-Meinhof y de esa señora alemana teósofa de bastante edad que conocí hace unas décadas que me había designado heredero y depositario de sus restos mortales una vez fallecida. Todo lo que decía Helga, muy bien conservada, ciclista empedernida, angulosa y dorada lo expresaba a medias en español a medias en inglés, pero en general sin dejar que uno—o los otros y otras alrededor de la mesa—metiera mucha baza. En general todos estábamos más o menos de acuerdo con ella, lo que había en la izquierda era una combinación de antiimperialismo, reivindicaciones étnicas, nacionales, idiomáticas y en un buen número de casos religiosas ultra, claro que con algunas reivindicaciones sociales locales por aquí y por allá, algunas nacionalizaciones de recursos, pero nada de la ya antigua y obsoleta lucha de clases. Algunas variantes presentaban versiones conspirativas del dominio del mundo por los Sabios de Sion o de la familia Rothschild, que si les fuéramos a creer estaba formada por superhombres, sobre todo en los países gringos y en algunos europeos— los gringos de izquierda se llaman radicals o liberals—les había bajado lo que llamábamos en mi tiempo, en mi país de origen, que no voy a nombrar, un tonto moral y sostenían que el occidente y ellos eran malos y que habían llevado la nefasta manzana del mal en su boca serpentina a todos los pueblos de lo que se llama el Hemisferio Sur, que antes eran santos y buenos, y en general vivían adornados con flores, en armonía perfecta con la naturaleza. Culpa traumática que entiendo que sufran, dado la tremenda embarrada de muertos, genocidios (casi) etc. que hicieron con las conquistas y las colonias y neo o post colonias, pero con lo que no se puede hacer política seria, aparte de picar cebolla, sobre todo si se trata de cambiar el mundo y el—pareciera imbatible y omnimutable sistema capitalista--. Claro que por otro lado la raza y la cultura en general siempre habían sido la materia prima para la política y las guerras, y no se puede negar que había llevado a la mayor guerra conocida hasta ahora, vale decir lo que habían hecho los compatriotas de Helga hacía más de 70 años, pero que esas dos cosas, repetimos, raza y la cultura —que por otra parte nadie está tratando de menoscabar—definitivamente no servían por sí solas cuando se trataba de instaurar un sistema socialista mundial, única salvación para el género humano, creemos, y uso la primera persona del plural para darle seriedad a esta última afirmación.
Y claro, a esas alturas estábamos en el tercer o cuarto café, aunque a mí me gusta ya sea el Decaf o el Dark Roast, porque tengo la idea de que provocan menos palpitaciones, y en lugar de preocuparnos de las inminentes elecciones que se avecinan en este país, nos habíamos ido por los cerros de Úbeda como dicen los peninsulares—que en mi país de origen les decían “coños” —, pero esto lo puedo poner aquí en este borrador y después lo saco, y si se me pasa, le ruego a mi amigo Jorge que lo borre, aunque a veces creo que llega y pone mis cosas sin siquiera darles una leída. Y de repente alguien llega a sentarse con nosotros y falta una silla, se la pedimos a un joven mal agestado de una mesa vecina que lee enfrascado en su minipantalla y ocupa una silla vacía con su portadocumentos y el respaldo de otra cuelga su chaqueta. Nos mira desde detrás de sus antojos con una diminuta mirada azul y acerada y hace un gesto con mano regordeta hacia una tercera silla vacía que rodea su mesa, de la que saca una copia del Metro—un diario gratuito bastante pasable de la ciudad. Bueno, pero el que viene a sentarse es un judío bajito, jubilado hace poco creo, que ha enseñado filosofía en varias universidades importantes y que parece que es más viejo que yo, aunque se le nota menos, porque es seco, cetrino, no tiene arrugas y anda con una boina azul, siempre aparece en cualquier parte con los bolsillos de la chaqueta deformados por libros, si el tiempo permite andar con chaqueta y no pide ni las mangas lo más cortas posibles en los húmedos agobiantes veranos o los abrigos más espesos y blindados contra las locas y casi inconcebibles temperaturas bajo cero que destacan a nuestros inviernos. El profesor siempre me ha recordado al doctor Sefardi, ese personaje de la más importante novela de Gustav Meyrink, el autor austriaco creador del mito del Golem, que últimamente se ha pasado a convertir en una figura de Pokemon. Pero ya me estoy yendo por las ramas otra vez. Pero otra vez estábamos hablando de política y yo estoy repitiendo otra vez para un auditorio similar o el mismo de otras veces, o quizás equivalente, eso del socialismo cibernético, que en el fondo es medio un chiste—para evitar las tentaciones de la naturaleza humana, los candidatos a formar parte del Comité Central del Partido Socialista Universal que regirá el planeta, el desarrollo económico y el crecimiento demográfico, deberán ser inteligencias artificiales o probar que son por lo menos un 45% artificiales, es decir ciborgs—él me interrumpe antes que los otros contertulios, ya bastante cansados de hablar y con el high del café disminuyendo, lo puedan detener y se lanza a decir gesticulando que justamente el socialismo tiene que tener la finalidad de rescatar y salvaguardar lo humano, eso porque él es en general una persona muy seria y no me capta que estoy hablando un poco en broma, pero básicamente en serio, y entonces es que entra a comparar a la revolución con la alquimia, y no está nada de tan perdido, puedo agregar por mi parte, ya que los textos y discursos más famosos y reproducidos, de Marx, el Pelao Lenin, el Barbas de Chivo (Trotzky), Mao, el Ché, etc. hablan del hombre nuevo, por otro lado el equivalente de cientos de concepciones parecidas en quizás miles de religiones, tradiciones herméticas, grupos y sectas. “Entonces”, preguntó “¿Me están siguiendo?”. Porque hasta a Helga ya se le habían medio agotado las pilas, estábamos dándole a la sin hueso como dos horas, y a nuestra edad (por lo menos mía), ya estábamos un poco cansados, pero él seguía gesticulando y se excitaba diciendo que el Partido Revolucionario era la Piedra Filosofal que trasmutaría el hierro del hombre viejo en el oro del Hombre Nuevo. Tengo que confesar que si no hubiera tenido que ir al baño de urgencia, cuestiones de la próstata, hubiera comentado favorablemente esa ocurrencia tan ingeniosa pero en el fondo no falsa de la cercanía, o casi paralelismo de esas dos mitologías que de algún modo se unían, a pesar de la enorme distancia que separa a esa concepciones, una materialista y la otra escatológica, tan opuestas como el agua y el aceite, pero que se hermanaban en su deseo de cambiar para mejor esa cosa en que estamos metidos y que llamamos el hombre, pero cuando llegué de vuelta del baño el profe se había ido porque había recibido una llamada urgente por el celular, Helga me dijo que había quedado de ir a buscar a sus nietas a la guardería y lo estaban llamando desde ahí, porque con la cháchara no se había dado cuenta cómo pasaba el tiempo.

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