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Actas : Crónicas Junio 20, 2015


20 de junio – Día de los refugiados
Gabriela Etcheverry

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Ser refugiado es mucho más que no tener hogar. Significa que alguien decidió tu destino en alguna oficina distante, frente a un mapa. En su mayor parte un gobierno extranjero, una transnacional, pero algunas veces tu propia gente, tu mismo gobierno. Un puñado de gente con armas y poder decidió que preservar tu vida, tu hogar, tu país, tu gente, tus costumbres, tu manera de vivir no valía más de lo que valía el petróleo bajo tus pies, los bosques que te alimentaron por generaciones, las tierras donde pastaban tus animales. Decidió que ser diferente no está permitido, que la religión cristiana es la mejor, que no hay nada mejor que la empresa privada y la democracia. Esas diferencias las usaron de pretexto para el pillaje a escala global, que se vale del poder y las guerras para ocupar pueblos, robar sus recursos y sembrar la muerte y el caos. Tuviste que huir para salvar el pellejo que es lo más preciado que tenemos o te echaron fuera a punta de bomba y metralla, de patadas, o te llegó al tuétano ese miedo ubicuo e indiferenciado que te amenazaba tanto o más que el zumbido de los drones. En el camino quedaron muchos de los tuyos, reventados de hambre y de sed, algunas mujeres que conocías violadas, algunos niños, algunos viejos, que simplemente no les dio el cuero para seguir corriendo o fueron alcanzados por las balas o las bombas. Y los que decidieron que tu modo de vida no valía la pena preservar están ahora jugando al golf en campos verdes recién regados mientras tú bebes agua contaminada, si es que eres de los suertudos y tienes algo para beber. ¿Trabajo? Todos los días crece el grupo de jóvenes impacientes por un empleo, mente y cuerpo desperdiciados mirando pasar los días de una vida adulta que nunca empieza, destituidos hasta de la posibilidad de amar y formar un hogar. Y los que te empujaron fuera de tu hogar y te tienen donde estás ahora, esperando la comida que te lleva la caridad, están ahora cenando en un restaurante lujoso donde una cena cuesta lo que tú ganarías en meses de arduo trabajo. Y después, cuando llega la noche y los comensales se han ido, las sobras del día de ese restaurante que van a la basura servirían para alimentar perfectamente a varias de las familias de tu campamento. Y los que decidieron que esa carpa de lona que un viento fuerte se la vuela era buena para ti y los tuyos viven en casas sólidas, protegidos del frío y del calor excesivo, donde cada hijo, cada hija, tiene un cuarto para él solo, para ella sola, con televisor y computador, con baño privado o semiprivado, duchas de agua caliente, mientras tú estás arrumado con toda tu familia, sin tener siquiera un lugar privado donde hacer tus necesidades. Y hasta tu campamento llegan los que te traen pan y agua, algo de comida que todos devoran con ansias, a sabiendas que esa generosidad, por suerte no toda, proviene de los mismos que causaron tu ruina, simplemente la otra cara de la misma moneda. Con una mano te quitan todo y con la otra te dan migajas para preservar ante el mundo su titulo de naciones justas, cristianas y democráticas.


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