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Actas : Crónicas Agosto 30, 2014


Ávila y Camila
Gabriela Etcheverry

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¿Cómo es eso de que ayudaste a Camila a “cazar la luna escondida detrás de las montañas de Ávila”? preguntó uno de los escritores del grupo en la reunión de ayer mientras planificábamos el lanzamiento de la publicación De conventos, cárceles y castillos. No respondí porque se me ocurrió que no me iban a creer que no había nada de metafórico en la dedicatoria del libro porque la caza había sido real. Fue el mismo día de la visita al museo. Camila se quedó más tiempo frente a la vitrina. Yo traté de abrirme paso entre un hervidero de gente que compraba reliquias para curar males presentes y futuros y salir a tomar aire. Mi estómago había sufrido un vuelco imprevisto al ver esa esquirla de charqui humano que al parecer había sido el meñique de la Santa Teresa, no muy diferente de las que me salían en el plato cuando mi mamá hacía charquicán. Camila me alcanzó en la puerta del museo:
—Gaby, el dedo ahí en la vitrina no es “incorrupto” como dice aquí. —Sus ojos pardos se veían límpidos y agrandados por la inocencia mientras su índice apuntaba la página de la guía turística donde se describía el suceso.
—¿Qué esperabas? Ese dedo tiene más de 400 años. —Pero a Camila nadie la iba a despojar de su “milagro”, sobre todo considerando la enorme distancia que habíamos recorrido para llegar hasta allí.
—Voy a reclamar…
—Estás loca, Camila, qué vergüenza, yo me arranco.
—No, si no voy a reclamar, voy a preguntar no más.
—Igual me arranco, Camila, qué plancha.

Al atardecer fuimos a un restaurante que ella había elegido porque ofrecía “yemas de Santa Teresa” de postre. La cena fue opípara y bien regada. El clásico flan fue mi postre. La sola mención de las yemitas me llevaba de vuelta al dedo en el museo.
La noche estaba magnífica, de esas que parecen darse a menudo en esa región de España, ideal para nuestro último paseo en las alturas de Ávila. Había árboles altos y medianos, de esos que nunca se cansan de mirar a los jóvenes haciendo el amor allá abajo entre los matorrales y hacen lo posible por no escuchar por enésima vez a los viejos sentados en los bancos haciendo el recuento de sus achaques. La luna se paseaba a zancadas por el cielo contagiándome con su juego de asomar y esconder su cara gorda y luminosa como la de la abuela de Jorge que me la apropié porque era abuelita milagros. Aprovechando que parecía haberse quedado dormida detrás de las montañas le dije a Camila:
—Lo único que falta en este paraje de sueño es la luna. —Ella elevó la mirada inquisidora al cielo.
—Juraría que estaba ahí.
Y se largó a buscarla con la misma pasión que le había puesto a los milagros de la Santa. Mientras escudriñábamos el cielo todo iba muy bien pero Camila, que seguía jurando haber visto la luna, empezó a mirar a su alrededor y vio a una pareja ya entradita en años sentada en uno de los bancos.
—Les voy a preguntar.
—¿Qué les vas a preguntar, Camila? ¿Me pueden decir dónde está la luna?
Pero anda tú a decirle a un Aries que no se lance con todo su ímpetu a la batalla aunque le tiemblen los cuernos. Fue la mujer la que se paró a hablar con ella. Y eso sí que fue un milagro porque era una pareja de chilenos que se habían casado en Ávila y habían venido a celebrar sus bodas de oro. Después de unos minutos de charla el marido le hizo a su mujer un gesto para nosotros imperceptible que ella entendió a cabalidad y nos mandó al otro extremo del parque a buscar la luna. Claro, él quería seguir con sus reminiscencias, abonando el terreno para la noche. Había preparado minuciosamente cada detalle de la celebración. Al igual que la primera vez, una demi-botella de champaña Veuve Clicquot los esperaba en el cuarto para el brindis de los inicios, una delicada cajita de chocolates para reponer las energías al final. Aunque los placeres se habían distanciado desde que él había cumplido los 70, ella recordaba con ternura la última vez que hicieron el amor, poco más de un mes atrás. La luminosidad risueña de los ojos de su amado fijos en los de ella mientras se movía a cadencia lenta encima de ella era la misma de siempre, aunque no le quedaba una hebra de pelo en la cabeza. Se quedó dormido antes de haber terminado y ella lo cubrió con el edredón, no sea que se le enfríen los pies y se agarre otro resfrío o ni Dios lo quiera una pulmonía. “Uno solo”, pensó al tomar la cajita de chocolates para guardarla en el velador antes de apagar la luz.

Gabriela Etcheverry
Septiembre de 2014

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