Cuando termines de leer esto yo habré desaparecido de la memoria, no tan sólo tuya, que lees esta hoja que acabo de meter en este libro elegido al azar, pero suponiendo cierto interés literario de parte tuya, ojalá que en la poesía. Seguro que te vas a preguntar quién es este fulano. Pero después vas a decir “ahhh, se trata de ese joven poeta de Luisiana, seguramente que el tipo se equivocó al escribir el nombre”. Es corriente que haya errores cuando se escriben nombres incluso en los mejores periódicos y no se puede esperar otra cosa en una nota como ésta, a mano y a la ligera.
Lo más probable es que al leer por segunda vez te saltes el nombre. Pero todavía yo soy yo, es decir que todavía no me he muerto, o no he desaparecido para adquirir de golpe y porrazo (esa expresión la usaban mucho en mi país, cuando yo era niño) una nueva historia, una nueva encarnación por así decir. Lo paradójico es la manera cómo esta inminente transformación mía va a generar una cierta historia ‘desde el presente hacia atrás’ y como estoy escribiendo con lápiz pasta (o rotulador como dicen los españoles) no puedo usar itálicas para recalcar esto que acabo de decir, así es que pongo la frase entre comillas simples. Con los años pareciera que mi estilo se resintiera de una cierta morosidad. Es curioso que cuando menos vida nos queda, o menos hilo en la cañuela, para recordar otra expresión ya perdida en el tiempo, en lugar de multiplicar los preciosos instantes que nos quedan mediante la rapidez, nos hacemos más lentos. Pero vamos al grano. Yo he ejercitado por décadas una poesía—o algo que entonces llamaba poesía —que desde que empecé a escribir era bastante rara, y que tan sólo en la última década me he atrevido a calificar como ‘parapoesía’. Eso me ha tocado hacerlo en el peor medio posible para una empresa de esa naturaleza, y definitivamente a contrapelo de mis tendencias políticas de izquierda, que se espera tendrían que hacerme producir en cambio unos poemas en la vena de lo que en general se ha dado en llamar ‘realismo socialista’.
A esos problemas me vi enfrentado desde mis ya lejanos inicios en la poesía, en una década del siglo pasado en que los poetas de mi país trataban justamente de superar anfractuosidades y hacerse tan universales como accesibles, y la vanguardia estaba reducida a otros pocos despistados como yo, exactamente los dedos de una mano y otros cuantos jóvenes juguetones que a las finales terminaron en Europa. Obligado por circunstancias históricas en mi país de origen que son de todos conocidas, vine a dar a este país (que omito), quizás la peor ubicación en el planeta para una empresa poética como la mía. Hasta que junto con el recrudecimiento de mis achaques y la resignación a que mi trabajo sólo le gustara a unas cuantas almas gemelas repartidas por los cuatro puntos cardinales, asistí a un evento que omito en una ciudad que no voy a nombrar, a unas cuatro horas en bus de donde vivo ahora. En uno de los actos, una pareja hindú cantó la arrebatadora versión clásica de un poema de Tagore, contra el fondo sincopado de un timbal de aire comprimido y mientras en una pantalla al costado del escenario se desplegaba la traducción al inglés de ese poema que era a la vez como un cuadro. El intérprete, un joven poeta bengalí que vive en Montreal, me dijo que en general los poemas de Tagore eran como pinturas. Esa noche la Vaca del Cielo me miró en sueños teniendo como fondo la ciudad nocturna y yo levanté la vista, alentado por un sabio pájaro que me prevenía de las distracciones banales. Entonces la vaca me ofreció esta manvantara, este avatar. No soy experto en la religión hindú ni estoy seguro que tenga origen terrestre como las pedestres religiones del Libro. Tuve un segundo sueño en que escuché que alguien me decía que en la Luisiana había un plato típico que se llamaba Echeverri con patas. Al despertar urgido por la necesidad de orinar, una voz tronante que se perdía en la distancia me dijo que mi próximo ciclo me redimiría en esa región del sur de Estados Unidos que siempre me ha intrigado y donde estuvo viviendo hasta hace poco uno de mis más cercanos colaboradores. Se empezaba a configurar el perfil de Georges D’Etcheverry, joven poeta experimental de la Luisiana que ya algunos críticos definen básicamente como una fortuita encrucijada de lenguas y culturas, acaso de hemisferios, mientras yo a mi vez me disuelvo en la nada, no sé si contento.