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Actas : Crónicas


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Crónica navideña de El Abuelo
El Abuelo


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Después de una prolongada ausencia de estas páginas y gracias a la generosidad sin límites de este espacio virtual dedicado principalmente a la literatura y temas contemporáneos, vuelvo a hacerme presente en esta ocasión tan especial para la cristiandad.

No hace muchos días se aparecieron por ese nuevo café-restaurante, La Clandestina, donde atiendo ahora, en una mesa junto a la ventana, y con el objetivo expreso de compartir conmigo un Shiraz chileno, los hermanos Rivera, Apocalipsis y Deuteronomio, acompañados de un hombre bajito, de mediana edad y (se me ocurre) prematuramente canoso. Recorrieron el local con la mirada y al reconocerme los hermanos se aproximaron a mi mesa. Su acompañante, cuyo nombre me reservo por petición expresa de los interesados, me contó en breves y elocuentes frases su historia y sus descubrimientos o teorías. Que no eran nada tan espectacular en estos tiempos de desplazamientos, exilios, luchas interétnicas o interreligiosas, en que todos parecen haberle perdido el respeto a la tecnología, incluyendo a esta nueva tecnología de información y comunicaciones (TIC), que ahora usan para sus propósitos particulares, que son más o menos una inversión del conocido lema think globally, act locally, que no pienso traducir porque pienso que toda persona culta (más o menos) entiende inglés. Pero no nos vayamos por las ramas

El hombre me dijo que después de estudiar en un seminario luego de una breve estadía en la uiversidad, y siendo vástago de una familia de larga tradición católica en un país de Latinoamérica que omitimos, un traspié amoroso y poco después un violento rechazo de parte de su idolatrada lo lanzó en brazos de la bebida, las drogas y los delitos conexos que se practican para satisfacer estos hábitos. Un periplo ya clásico lo hizo despertarse un día renacido en Cristo. Predicó en una esquina del centro por varios años. Muchos de ustedes puede que lo hayan visto.

Un día se explayaba una vez más ante un grupo ralo sobre cómo Cristo le había mostrado la iniquidad de su vida anterior y cómo por amor a Él ahora dedicaba su vida a difundir Su mensaje, para así contribuir eventualmente a la salvación de todos cuando ese mensaje fuera repartido por los cuatro puntos cardinales y así conocido por toda la humanidad. Entonces—me dijo— se le había acercado un hombre de edad imprecisa, pero con un cuerpo ágil y juvenil bajo su chaqueta de cuero y su tenida de camisa y bluyines negros. El tipo le había preguntado si esa preocupación por el bienestar espiritual y físico de sus semejantes sería la misma si por ejemplo, no existieran ni Dios ni si Hijo. Si para preocuparse del bienestar (espiritual y físico) de los rebaños humanos era necesario que hubiera un Dios que amar, para de manera indirecta y como de rebote y por amor a ese Dios fijarse entonces en los pobrecitos humanos, o si éstos, en su opinión, merecían atención por sí mismos, en tanto tales, como esa niña de falda cortita (que están otra vez de moda) que acababa de pasar y a la cual él mismo había mirado de esa manera que no había usado para mirar a una mujer desde hacía años, es decir desde su conversión o renacimiento. Cuando levantó la vista, el hombre se perdía entre la multitud que salía del Centro Comercial.

Los argumentos de sus correligionarios, que la mayor muestra de amor por el prójimo era indicarle el camino de la vida eterna, la salvación espiritual, etc. no lo dejaron tranquilo: ¿por qué él había necesitado a Dios para poder preocuparse de los seres humanos?. Pero podía reconocer que sí, que en realidad no le importaban mucho sus semejantes. Claro que le interesaban de una manera u otra, como esa niña que había visto frecuentemente pasar con su faldita frente al Centro Comercial (ahora se acordaba). Se acordó de sus dos años de estudios de filosofía en la Universidad Católica, antes del seminario. De Sócrates, en fin de esos griegos que profesaban cierta estima del hombre por sí mismo. De lo que proclamaban los mismos comunistas, que pretendían redimir a toda humanidad, corriente y moliente. De la colosal prueba, no desprovista de humor que Dios quizás le proponía a los hombres y del destino infernal de aquellos, sus fervorosos creyentes, que descuidando a Su Creación y a su obra maestra, el Hombre (mejor el Ser Humano, en estos tiempos políticamente correctos), le dirigían a la Divinidad su mayor atención y amor, pero que se preocupaban de sus semejantes sólo como al pasar, por obligación, para cumplir con un mandamiento divino y no por un movimiento interno de una natural solidaridad humana. Y tuvo una visión, una epifanía, que como un friso se desplegaba frente a sus ojos. Estaba ese Dios humorístico, que por ejemplo habría creado al hipopótamo, enorme animal de piel delicada, que había instalado en climas super cálidos para que tuviera que estar casi todo el tiempo sumergido en el barro. Vio la sonrisa de ese Dios que si existía, estaría entonces mandando a sus más devotos seguidores al infierno, fuera lo que fuera, ya que en realidad no le gustaba mucho que por amor a Él estos animales de dos patas se lanzaran a matar a los no convertidos, o a convertirlos a sangre y hierro. Entonces el hombre sentado frente a mí había tenido que llamar a los hermanos Rivera que a su vez me lo habían encajado a mí. Pero habiendo salido de mi modorra tuve la suficiente presencia de ánimo para prestar atención a esa pequeña figura gesticulante, con gestos y ademanes que todavía recordaban al predicador callejero. Le pagué dos cervezas y quedamos de juntarnos otro día los dos solos para hablar más largo y tendido, y por qué no decirlo, más sobrios.






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La cita Trunca. ed. Jorge EtcheverryOttawa: Editorial Poetas Antiimperialistas de América. Dec 25, 2009
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