Antes de pasar a describir según lo que yo puedo entender sobre las teorías de Oswaldo, tengo que aclarar algo que varias personas que corresponden con esta revista (virtual) me han preguntado, ¿porqué esa manía de los nombres?, y también, ¿se trata de casos verdaderos o son cosas que usted inventa?. Respecto a lo primero hay que darse cuenta de lo importante que es el nombre. Es lo que socialmente define a las personas. En mi país era más bien cierto tipo de apellido, que se tenía o no, el resto de los nombres y apellidos no importaba, y eso pasaba en todos los países de origen hispánico. Era tener un apellido vinoso lo que importaba. No es así aquí, en Norteamérica (porque después de todo Canadá también es Norteamérica, quizás un poco más cartucha, como se decía en mi país, pero al fin y al cabo América del Norte corriente y moliente). Y eso a pesar del seguro médico universal que con cada año que pasa me parece más y más maravilloso. En la América anglosajona no hay apellidos, no hay aristocracia, hay plutocracia y en general los apellidos no cuentan. No estamos hablando de igualdad o democracia. No se trata de que uno por ejemplo vaya a conseguirse una pega a las derechas, por su capacidad o su currículum, porque como en todas partes eso depende más de amigos, contactos, partidos políticos, camarillas, etc., pero hay otras maneras de selección que no se basan en los apellidos del padre o de la madre. No es que no tengan importancia. Siguen siendo lo que te distingue, lo que identifica. El nombre y el apellido, claro, pero no como marca social o económica, pertenencia a una clase, sino en su individualidad única. Claro que hay ciertos problemas a veces. No sé si los lectores conocen a ese joven Antonio Valencia, que llegó hace un tiempo de un país latinoamericano, sabiendo un buen inglés, porque estudió algunos años de la secundaria en Estados Unidos y hablando bastante francés, porque tomó unos cursos en una de las universidades locales. Siempre quiso trabajar en la administración pública, preferentemente en Inmigración, y como están las cosas, la corrección política y eso y porque cada vez más gente aquí sabe español, ahora se llama Valencia, aunque su apellido paterno original es Matamoros. Imagínense a algún extremista fundamentalistón hispanohablante de África del Norte poniéndole una bomba al susodicho en el auto, en la casa, o incluso al mismo Ministerio. No es tan tirado de los cabellos, incluso ahora en que Canadá tiene un papel cada vez más importante en la guerra de Afganistán, que correlativamente está cada vez peor y donde casi ningún otro país fuera de los que ya están metidos quiere meter mano. Pero ahora que los ingleses, los australianos y en una de estas hasta los yanquis se las empiezan a echar de las ‘zonas conflictivas’ de Medio Oriente, o lo están pensando seriamente, Canadá que se subió al tren a las finales es uno de los más firmes. Y no es un fenómeno nuevo, eso ya lo he visto innumerables veces en mi propio país (cuyo nombre omito), esas modas de todo tipo, desde calzones a ideologías, con las que mis coetáneos empiezan a entusiasmarse cuando en el Centro Pulento Gringo o Euro ya nadie les dá pelota.
Porque hace ya tiempo que me había dado cuenta de que Canadá también es una neocolonia, para resucitar mi vocabulario de mi juventud izquierdosa lectora de Gunther Frank y la Montly Review. Y por eso, en ese contexto, no me parece descabellada la idea de 039 (consultar mi crónica anterior), de Apocalipsis Rivera, del mismo Oswaldo y hasta de Guagua, esta última más bien por osmosis, de candidatear a Hugo Chávez para las próximas elecciones que tengan lugar en este país.